Merz oscila entre Washington y el derecho internacional ante la guerra contra Irán
La guerra contra Irán ha colocado al canciller alemán, Friedrich Merz, ante uno de los primeros grandes dilemas de política exterior de su mandato y ha puesto de manifiesto hasta qué punto Berlín intenta navegar entre dos presiones contradictorias: la necesidad de preservar la alianza con Estados Unidos y la obligación política y jurídica de defender el orden internacional basado en normas que Alemania ha reivindicado durante décadas.
En apenas unos días, la posición del Gobierno alemán ha pasado de un silencio casi incómodo ante los ataques de Estados Unidos e Israel a un tono más crítico respecto a la falta de una estrategia clara para el final del conflicto. Desde el inicio de la ofensiva, el canciller optó por una prudencia que muchos en Alemania interpretaron como un intento deliberado de no confrontar con Washington.
El dilema de Berlín
Algo que se vio durante su visita a la Casa Blanca a comienzos de marzo, cuando Merz evitó cuestionar públicamente la intervención militar y se limitó a subrayar que las décadas de sanciones, condenas diplomáticas y negociaciones con el régimen iraní habían tenido un efecto limitado. En ese contexto, sostuvo que "no era el momento de dar lecciones a nuestros aliados", una frase que reflejaba el dilema de Berlín de reconocer las dudas jurídicas sobre la intervención sin deteriorar la relación con el gobierno estadounidense.
La escena en el Despacho Oval ilustró con claridad ese equilibrio precario. Mientras el presidente estadounidense Donald Trump amenazaba abiertamente con sanciones comerciales a varios aliados europeos y criticaba a países como España por su gasto en defensa, Merz evitó un choque directo y optó por responder en términos técnicos sobre los compromisos dentro de la OTAN. El gesto fue interpretado en Alemania como un signo de debilidad política y alimentó la percepción de que el canciller estaba dispuesto a evitar cualquier confrontación pública con Trump para preservar la cooperación estratégica.
La cautela inicial de Berlín también se reflejó en el terreno práctico. A diferencia de España, que rechazó el uso de sus bases militares para la operación contra Irán, Alemania no puso obstáculos a la utilización de instalaciones estadounidenses en su territorio, entre ellas la base aérea de Ramstein, uno de los principales centros logísticos de Estados Unidos fuera de su propio país. Formalmente, ese uso se ampara en los acuerdos que regulan la presencia militar estadounidense en Alemania desde la Guerra Fría, pero el debate jurídico es más complejo. Según el derecho internacional y el propio artículo 26 de la Constitución alemana, el Estado no puede colaborar con una guerra de agresión, lo que ha reabierto en Alemania una discusión sobre hasta qué punto el Gobierno debería haber impuesto límites al apoyo logístico.
Merz reconoce su preocupación
Sin embargo, a medida que el conflicto se prolongaba, el tono del canciller comenzó a cambiar. En los últimos días, Merz ha reconocido públicamente su preocupación por la ausencia de una estrategia política clara para el final de la guerra. En una comparecencia en Berlín advirtió de que ni Estados Unidos ni Israel han presentado hasta ahora un plan convincente para la fase posterior al conflicto y alertó del riesgo de repetir escenarios como los de Irak o Libia, donde la caída de los regímenes existentes fue seguida por largos periodos de caos y guerra civil.
Ese temor no responde únicamente a consideraciones geopolíticas. El Gobierno alemán considera que una desestabilización prolongada de Irán podría tener consecuencias directas para Europa en ámbitos como la seguridad energética, los flujos migratorios o la estabilidad de Oriente Próximo. Por ello, Berlín ha empezado a insistir en la necesidad de trabajar con sus socios europeos en una estrategia diplomática que permita abrir una perspectiva política para el país una vez termine el conflicto.
La evolución del discurso del canciller refleja también las tensiones internas dentro de su propia coalición de gobierno. Sectores del Partido Socialdemócrata, su socio en el Ejecutivo, han reclamado una postura más clara en la defensa del derecho internacional y han advertido del riesgo de que Alemania incurra en un doble rasero si condena con firmeza la invasión rusa de Ucrania pero evita criticar acciones militares de sus aliados occidentales.
En el trasfondo de este debate se encuentra asimismo un cambio más profundo en el entorno estratégico de Alemania. El propio Merz ha descrito en varias ocasiones el actual escenario internacional como una "nueva era de competencia entre grandes potencias", dominada por Estados Unidos y China, en la que Europa dispone de un margen de influencia mucho más limitado y esa percepción explica en parte su cautela frente a Washington: Berlín teme que una confrontación directa con la Administración Trump debilite la cooperación transatlántica en un momento en que Europa sigue dependiendo del respaldo militar estadounidense frente a Rusia.