Noticias de la guerra
Parecía que aquel domingo sería como cualquier domingo. La gente bajaba por O’Reilly y subía por Obispo para ver y para que la vieran, mataba el tiempo en la Acera del Louvre, departía con amigos en El Anón del Prado o disfrutaba de una merienda o de un café en el Cosmopolitan. Mientras que otros se quedaban en casa para repasar de punta a cabo la edición del día de La Discusión, un periódico concebido especialmente para ser leído en la calma del domingo, con materiales extensos, atractivos y muy bien escritos. El que más y el que menos esperaba la hora del desfile del carnaval, pues a las cinco de la tarde de aquel domingo 24 de febrero comenzaría el primer paseo del año.
Desde las sillas que alquilaron en la acera del Campo de Marte, el cronista Federico Villoch y su esposa se aseguraban una posición de privilegio para el disfrute del desfile, que haría sus evoluciones frente a dicha plaza antes de desplazarse hacia la Calzada de Reina. Todo parecía ir bien hasta que los gritos de los voceadores de periódicos se impusieron sobre el sonido estridente de pitos y matracas.
—¡Últimas hora! ¡Última hora! ¡Revolución en Santiago de Cuba! —voceaban los periodiqueros de La Lucha.
—¡Última hora! ¡Última hora! ¡Partidas en Baire! —pregonaban los de La Discusión.
Muchos de los que seguían el desfile apenas dieron crédito a esos anuncios. Pero los suplementos que cada 15 minutos hacían circular dichos diarios terminaron de convencerlos de lo contrario. Se supo así de las severas disposiciones que tomaría el capitán general Emilio Calleja y se develaron nombres de patriotas supuestamente vinculados con los alzamientos, lo que no siempre era verdad, pero la falta de información precisa llevaba a la prensa a adjudicárselos a las figuras relevantes de la guerra del 68. Una información inquietante aparecía en uno de aquellos suplementos: no demorarían las autoridades en proceder a la detención de los cubanos contrarios a España.
Con todo aquello —escribía Federico Villoch— el desfile del primer domingo de carnaval se fue diluyendo como un terrón de azúcar en un vaso de agua. A las siete de la tarde no quedaba un alma en el paseo. Era solo el comienzo. Esa misma noche los que acudían a los bailes en el Gran Teatro Tacón, en el teatro Irijoa o en las numerosas sociedades de recreo que los programaban, se encontraron con un cartel que anunciaba que, por orden de la autoridad, el espectáculo quedaba suspendido.
Al dia siguiente se hacía pública la disposición del Gobierno que establecía que nadie podía acudir con careta a las fiestas del carnaval, lo que no evitó —recordaba Villoch— que algunos se la pusieran de más españolistas que nadie, con lo que empezó a funcionar la cofradía de los chotas, que no demorarían en ser conocidos como apapipios, término que antecedió al más reciente de chivato. Cuando alguien, en un grupo, no ocultaba sus simpatías por la Revolución, y había, sin que el sujeto lo supiera, un soplón presente, alguno, con disimulo, tocaba con los dedos el trozo de madera que le quedaba más cerca, con lo que indicaba a quien hablaba de más que debía callarse.
A partir de ahí, y con el transcurrir de los días, corrieron las bolas. Pero sí era cierta y fácilmente comprobable la detención, en la misma noche del día 24, del mayor general Julio Sanguily, que permanecía preso en la fortaleza de La Cabaña.
Seguían los periódicos con su carga de noticias. Ausencia de Juan Gualberto Gómez de sus lugares habituales en La Habana y su detención en Ibarra; muerte de Manuel García en Ceiba Mocha; extraña ausencia de los jóvenes más connotados de la Acera del Louvre… Desembarco de Maceo en Duaba, y de Martí y Máximo Gómez en Playitas. Registros en las residencias de Alfredo Zayas, González Lanuza y Méndez Capote… y la remisión, en calidad de prisioneros, de no pocos patriotas a Ceuta, Fernando Po y Chafarinas, nombres que se hicieron tristemente familiares para los cubanos.
Giros aceptados
La orden, firmada el 29 de enero, en Nueva York, por Martí, delegado del Partido Revolucionario Cubano, Enrique Collazo y Mayía Rodríguez y dirigida a Juan Gualberto Gómez, en La Habana, disponía que el alzamiento que daría inicio a la «guerra necesaria», se efectuaría con la mayor simultaneidad posible en toda la Isla y tendría lugar en la segunda quincena de febrero y no antes.
Fue Juan Gualberto quien escogió el 24, por ser el último domingo del mes y el del primer paseo de carnaval. De esa manera, decía el patriota, sus emisarios tendrían tiempo de trasladarse al interior del país, ponerse de acuerdo con los cabecillas de los grupos que debían alzarse y volver a La Habana con las respuestas que se remitirían a Nueva York, y, por otra parte, por tratarse de un día de fiesta, las reuniones y el movimiento de los patriotas no despertarían sospecha alguna.
Los conjurados de Las Villas y Oriente aceptaron la fecha, y se supo que los camagüeyanos no podrían sumarse ese día, pero que secundarían el alzamiento a poco de producirse. Fue entonces que Juan Gualberto telegrafió a Nueva York un escueto mensaje: «Giros aceptados».
El mayor general Sanguily sería el jefe de la insurrección en La Habana, pero «por razones de dejadez o falta de previsión», escribe el historiador Oscar Loyola, fue detenido, como ya se apuntó. En Ibarra, Matanzas, Juan Gualberto debió presentarse a los españoles. El grupo de Martín Marrero fue derrotado en La Yuca, Jagüey Grande. La partida de Joaquín Pedroso fue rápidamente sofocada en Aguada de Pasajeros…
Las Villas no tuvo un destaque especial aquel 24 de febrero. Los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff se hallaban en el exilio, y el general Francisco Carrillo, muy popular y con hondo arraigo en la zona de Remedios, no se alzó al suponer, confundido, que su jefe y amigo Máximo Gómez no encabezaba la lucha. Fue hecho prisionero y salió de la Isla al quedar en libertad, pero patriota sincero, no demoró en volver para incorporarse a la lucha.
La provincia de Oriente hizo que el alzamiento del 24 de febrero tuviera una realidad palpable. Fueron numerosos los grupos que en dicho territorio se dieron cita para iniciar el movimiento nacional liberador. Fue masivo y espontáneo, expresa el historiador Jorge Ibarra. Allí se alzan Guillermo Moncada, en La Lombriz, y Bartolomé Masó, en Bayate. Quintín Bandera, en San Luis. Alfonso Houlet, en El Cobre. Victoriano Garzón en El Caney. Pedro (Periquito) Pérez en La Confianza, Guantánamo. Enrique Tudela en Hatibonico, José Reyes en Jiguaní. Amador Guerra en Calicito, y otros patriotas en Holguin.
Bendita sea la tea
Apunta Ibarra que la detención de Sanguily y del coronel José María Aguirre impidió que la revolución tomara mayores proporciones en Occidente y a ello se unió la ausencia en la zona de oficiales veteranos y de una base social en el campo tan fuerte como la de Oriente, donde tras los colonos y pequeños propietarios agrícolas y oficiales mambises veteranos que constituían el núcleo dirigente del movimiento, se agruparon rápidamente miles de campesinos pobres y trabajadores agrícolas.
Los pequeños colonos cubanos, ante cuya miseria había exclamado conmovido Máximo Gómez: «Bendita sea la tea», pasaban a ser la fuerza social dirigente de la revolución del 95. La mayoría de los oficiales subalternos que se habían alzado en los distintos puntos de la Isla, eran pequeños propietarios, explotados por dueños de ingenios y comerciantes españoles y de otras nacionalidades.