Matriz decolonial
Los movimientos filosóficos, las ideas o las corrientes no nacen en un momento exacto de la historia. Tienen un periodo de incubación más o menos largo y es posible detectar ascendencias insospechadas y orígenes también más o menos remotos.
Sospecho que en el futuro próximo llegará a nuestras latitudes el radicalismo decolonial. Se trata de una ola que empezó a formarse allá por los sesenta, gracias a la obra de Frantz Fanon, pero que ha tomado fuerza en Estados Unidos en las últimas décadas.
Entiéndase bien: ciertamente, el decolonialismo posee un viejo arraigo en el ámbito académico. Pero desde hace menos tiempo está echando raíces en la opinión pública y no es descabellado afirmar que seguirá tomando fuerza en entornos más divulgativos.
“La decolonialidad no es lo mismo que la descolonización, pero constituye una secuela de esta última mezclada con los sueños redentores del marxismo y ese maniqueísmo que solo ve el blanco y el negro, sin distinguir matices”
Tenemos todas las papeletas para que aquí la tendencia se convierta en una de esas modas con que nos martillean las convicciones, como en su momento el multiculturalismo, la transición de género o el feminismo fundamentalista. Y es comprensible que así sea si tenemos en cuenta que el identitarismo no tiene límites: siempre hallaremos víctimas y victimarios que inopinadamente las pisan.
La decolonialidad no es lo mismo que la descolonización, pero constituye una secuela de esta última mezclada con los sueños redentores del marxismo y ese maniqueísmo que solo ve el blanco y el negro, sin distinguir matices. A juicio de los que se mueven en su órbita, el problema de los países soberanos que fueron colonias no terminó cuando la metrópoli dejó de explotarlos. Ni siquiera el expolio determinante fue el económico.
Y es que el virus colonialista emponzoña la cultura, los símbolos, las identidades recientes y, como lava ardiente, consume los valores y formas de vida originarias, carbonizándolas y marcando su desaparición. Para Anibal Quijano, uno de los pioneros, peruano de origen, era menester desprenderse de todo rastro de la condición colonial, incluso lo positivo.
“La bestia negra de estos autores no es España, ni los imperios. Es la civilización occidental, especialmente, la moderna y todo lo que representa: la ciencia, la democracia, el capitalismo o los derechos”
Los partidarios de la decolonialidad hablan de matriz colonial. Esta ideología no se embarra; su fin es emancipar la mente. En su opinión, el colonialismo más que explotar los recursos naturales, ejerce su hegemonía en el campo de las concepciones axiológicas; es una postura epistémica, una forma de ver el mundo de la que es difícil sustraerse. Por eso, la decolonialidad no es reformista, sino revolucionaria.
El decolonialismo reprueba, por ejemplo, la herencia académica de los españoles en Hispanoamérica o la de los británicos en la India. Asume, asimismo, que la evolución económica hacia el mercado ha desbancado los beneficios del trueque o que la familia heterosexual y la fidelidad son rémoras frente a las ventajas de la organización tribal.
No solo desea, en efecto, que quienes viven en la Amazonia sigan sin contacto con la ciudad, sino que busca por todos los medios destruir esta última y volver a vestir con taparrabos y en la penumbra de las cabañas.
Quijano continuó la senda marcada por Said, el famoso intelectual de origen palestino que, en Orientalismo, con una lógica posestructuralista, advirtió cómo las nociones culturales e identitarias constituyen invenciones y formas de imposición. Said entendió que la dualidad Oriente-Occidente, la distinción entre el bien y el mal, arrancaba en la tragedia griega.
Como corriente posmoderna, la decolonialidad es uno de los tentáculos que ha tomado la filosofía de la sospecha. Supone erróneamente que el juego de la cultura consiste en luchas antagónicas y que los pueblos eligen entre ellos o los otros, sin admitir la vía media, el provecho del mestizaje y los enriquecimientos recíprocos.
La bestia negra de estos autores no es España, ni los imperios. Es la civilización occidental, especialmente, la moderna y todo lo que representa: la ciencia, la democracia, el capitalismo, los derechos, etc. No son conservadores, puesto que su intención no es “conservar” la cultura, sino remontarse hasta una edad dorada precristiana que jamás existió.
Como todo lo posmoderno, no están exentos de paradojas. Es sintomático que los pensadores decoloniales hayan frecuentado los campus americanos y que, ataviados con sus formas de pensar, acudan en rescate de sus compatriotas humillados. ¿Hay mayor paternalismo? ¿Acaso no supone eso una colonización cultural realmente obscena, una radical y menos solidaria matriz decolonial?