Entre borrascas
Antes de salir de una ya está aquí otra. Trece borrascas colosales llevamos este año nuevo y triste. Porque no se puede vivir sin sol. Y no sé cómo lo consiguen aquellos habitantes de lugares eternamente lluviosos.
Durante unos meses viví en Donostia, ciudad bella donde las haya, pero con un clima apesadumbrado, al menos para los de secano. Vivía en una pequeña buhardilla desde la que se veía la playa de la Zurriola, en la que se daba un fenómeno curioso. Con el cielo encapotado o lloroso se encontraba lógicamente vacía, pero de pronto salía el sol y, como por arte de magia, se llenaba de gente. Era inexplicable cómo en tan pocos minutos podían haber llegado hasta la arena húmeda. Supongo que los más cercanos tenían preparada la bolsa con el bañador en el vestíbulo de su casa para salir corriendo al más mínimo destello. Lo mejor es que muchas veces el sol solo pasaba por allí y, rápidamente, se marchaba. Entonces, la gente desaparecía de la arena con la misma facilidad con la que llegaba.
A pesar de todo, los donostiarras son gente bastante animada. No era mi caso de madrileña secana, que no pude con la depresión que me provocaba esa lluvia insistente. Mi madre, leonesa, me contaba que los asturianos y gallegos bajaban a su tierra con el propósito de secarse. Y no me extraña: el hambre de sol es como el de pan. Cuando la lluvia se prolonga, como está ocurriendo, y seguramente fruto de la insensatez climática provocada por los humanos, es normal tener mayor cansancio, desmotivación e incluso desconsuelo. Sin la luz solar nuestro reloj biológico se desregula y el equilibrio emocional, de por sí poco equilibrado, nos deprime. Sin hablar de esos damnificados desalojados de sus casas.
Que salga el sol, por favor, que ya tenemos bastante con la locura de los que desregulan el mundo.