Fernando Esteso, de alta cuna y de baja cama
Fernando Esteso tenía todo eso que la cultura oficial detesta: gustaba al público de su tiempo, que de alguna manera se sentía identificado con sus estrafalarios personajes, llenaba los cines y hacía reír. A veces llevó boina, como David Uclés, pero nunca fue capaz, afortunadamente, de hilar un discurso a lo Oliver Laxe. Transmitía más con «La Ramona es la más gorda de las mozas de mi pueblo», un canto a lo que hoy se denomina «cuerpo no normativo» que los retrógrados confunden con un ataque machista al cuerpo femenino.
Junto a Mariano Ozores, palabras mayores, y Andrés Pajares dio al cine una excelencia surrealista y desprejuiciada que tanto echamos de menos. Hoy todo está lleno de coordinadores de intimidad, de censores eruditos que le quitan la grasilla chistosa, no vaya a ser que alguien se enfade. Esteso era auténtico. Feo, bajito, con su tripilla en bañador, el envés de Jacob Elordi, un retrato de los españoles del Seiscientos que querían pasarlo bien, no formar un cine club después de tragarse una de Bergman o de Godard. Se puede ver «Los bingueros», esa cima del celuloide infravalorado, en cualquier momento, y volver a pasarlo bien como si fuera la primera vez, no así «Los comulgantes».
La caspa cultural no viene de los Estesos, como vomitan sus detractores, sino de los que creen que hacen arte cuando lo que tienen entre manos es un truño estratosférico que hay que vender con manual de instrucciones. Si un truño hay que explicarlo entramos en el terreno de lo ridículo. Fernando Esteso se explica solo porque Esteso era media España. El destape fue circunstancial, algo que pasaba por allí porque era el momento de salir sin sujetador y con las bragas en la mano sin pasarse. El hombre no se había convertido todavía en objeto, hoy ningún actor se prestaría a salir en calzoncillos si no tiene un six pack definido o un filtro de instagram. Los Estesos hacían el mamarracho, que ha resultado la única manera en que un cómico de verdad se hace incorpóreo y flota porque ya no tiene que pedir permiso para molestar.
La comedia española de alta cuna debe a los Estesos y Ozores que alguien les abriera la puerta para despotricar contra lo políticamente correcto. De ahí a Santiago Segura, que los admira tanto que los ridiculiza; es lo que hubieran hecho ellos. La escena de la báscula de «Yo hice a Roque III», cuando intentan sin éxito convertir libras en kilos, se nos muestra, así, como un ejemplo genial de una travesura cañí a lo Woody Allen, solo que Ozores no leyó (o sí) a McLuhan. Enmiendan la plana al Umberto Eco de «Apocalípticos e integrados» cuando el italiano aseguraba que «la cultura de masas es la anticultura». No. He aquí la cultura misma. La risa, como bien sabía Eco por «El nombre de la rosa», tiene un poder subversivo, porque «la risa mata el miedo». Claro que hoy no se harían esas películas. Tampoco «Lo que el viento se llevó» y no por eso es una pieza cancelable. Esteso se nos fue y es de justicia reconocernos en el espejo de lo que fuimos. Era un cómico triste agazapado en el drama de su vida.