El lado negro del corazón
Plantadas las lanzas de la guerra, los criterios más disímiles han entrado en escena. Anunciadas las nuevas disposiciones del Gobierno que lidera el magnate-presidente Donald Trump, de tratar a Cuba como una emergencia nacional para Estados Unidos, las diversas opiniones han hecho aparición en los más variados espacios.
La disposición, en sí misma, no resulta nueva; pues ella apareció cuando el derribo de las avionetas de la organización Hermanos al Rescate en la década del 90 del siglo pasado pero se mantuvo dormida por los sucesivos mandatarios de Estados Unidos hasta que ahora la despertaron para tener a mano un pretexto político de palabras mayores hacia Cuba.
Solo que ahora la intención se va hacia la asfixia económica y a lo grande. Por consiguiente, las acciones se dirigen a cerrar toda entrada de petróleo a Cuba y subir en una escalada que llevaría a cerrar todo envío de remesas, medicinas, alimentos y hasta de vuelos a la Isla.
Y es aquí, en este punto, donde comienzan a surgir opiniones que, a pesar de sus diferencias, tienen algo en común, al juzgar lo que se ve en las redes sociales. Unos piden o creen que Estados Unidos debería castigar al Gobierno de Cuba, pero nunca al pueblo. Otros piensan que las medidas, en última instancia, serían la vía necesaria, aunque dolorosa, para mejorar la vida de las personas de a pie. Otros, por último, van por lo llano y consideran que las acciones nunca dañarían a la población y sí a los dirigentes.
Quienes manejan cualquiera de las tres variantes, pero, sobre todo, las dos últimas, no toman en cuenta que las acciones que ya se adoptan son de una magnitud tal, que prácticamente todos los vestigios del país quedarían golpeados por ella. En otras palabras, los cubanos de aquí nos veríamos ante un cerco de muerte, cuyos efectos no distinguirían de ideologías, ni familias al otro lado del mar, ni grupos vulnerables que siempre debieran tener el derecho a la misericordia.
En consecuencia, las madres o padres enfermos no podrían ver a sus hijos porque los vuelos estarían suspendidos o porque estos serían presionados para que no viajen a Cuba, como ya ocurre con los que son llevados a una oficina de Inmigración para ser interrogados y sin que proteste ningún flamante congresista de La Florida o un florido influencer de redes sociales.
Las fábricas, por demás, cerrarían; los pocos viajes entre provincias se cancelarían y las familias estarían limitadas para verse.
Al no haber electricidad ni tampoco medicinas, entre tantas desgracias dignas para rescribir los pasajes de la Biblia, los pacientes necesitados de tratamientos para sus enfermedades crónicas verían alejadas las posibilidades de recuperación.
Sin embargo, tal vez lo más difícil estaría en las salas de recién nacidos, donde los ventiladores pulmonares no podrían funcionar y las risas de los padres serían sustituidas por el llanto, víctimas de unos políticos que desde sus oficinas en Washington o en La Florida enmascaran sus cobardías bajo los aires miserables de la arrogancia.
Ese sería el cuadro que se quiere para el país: el de mostrar el lado más negro del corazón, precisamente por parte de personas incapaces de darles el pecho a las balas, o de compartir el mínimo sufrimiento bajo un elemental sentido de ejemplo o decencia personal. Pero lo peor de todo sería una de las intenciones más oscuras: la de convertir a esta Isla en un protectorado yanqui, que diga adiós al orgullo nacional.
Por eso, ante esas intenciones que Adolfo Hitler miraría con beneplácito, es que se debe ir a sus antídotos. Y esa solución, la única que respetan los cobardes, se encuentra en el ejemplo más firme y completo de los mambises cubanos.