La revisión del TMEC: más que un tratado, la columna vertebral de la integración Norteamericana
Experto en Fusiones, Adquisiciones y Asesoría Corporativa, Socio de Santamarina y Steta.
Julio de 2026 marcará el inicio de un proceso clave para México, Canadá y Estados Unidos: la revisión del tratado comercial que hoy conocemos como T-MEC. No se trata de una renegociación en sentido estricto, sino de un mecanismo previsto desde su diseño: cada seis años las partes evalúan el acuerdo y, si hay consenso, lo prorrogan por otros 16 años. Encaso contrario, se abre un periodo de hasta 10 años en el que los países deben reunirse anualmente para intentar alcanzar un nuevo entendimiento. Aun en el escenario más adverso —poco probable— el tratado no se cancela de forma automática. Este marco institucional es fundamental para dimensionar lo que está en juego.
El contexto político reciente ha tensado el ambiente. Desde Estados Unidos se han escuchado voces que aseguran que el país “podría vivir sin el tratado”, mientras que desde Canadá se habla de buscar alternativas de contrapeso frente a posturas más duras. Estas declaraciones generan incertidumbre, pero conviene separar el ruido político de la realidad económica. La integración productiva de Norteamérica no depende de discursos coyunturales, sino de décadas de interdependencia construida a través de cadenas de valor profundamente entrelazadas.
En este escenario, los empresarios se convierten en actores centrales. Son ellos quienes mejor entienden el costo real de desarticular una región integrada: pérdida de competitividad, encarecimiento de insumos y disrupción de empleos. En particular, los empresarios estadounidenses han hecho un esfuerzo constante por explicar a su propio gobierno la relevancia estratégica del tratado. A esta presión se suman gobernadores y legisladores de Estados Unidos, conscientes de que el comercio regional es un motor directo de desarrollo para sus estados.
Existe, además, un actor silencioso pero determinante: China. Tras la última revisión del tratado, los flujos comerciales de México se transformaron de manera significativa. La participación de Estados Unidos en las importaciones mexicanas cayó con fuerza, mientras que la de China creció de forma acelerada; al mismo tiempo, otros países ganaron peso. Esta diversificación modifica el equilibrio regional y explica parte de la presión para fortalecer a Norteamérica como bloque frente a otras potencias económicas.
El ruido político, especialmente desde Washington, probablemente continuará. Es parte del estilo. Pero la sustancia es otra: una región que lleva décadas operando de manera integrada y que no puede deshacerse por decisión unilateral ni por un solo periodo presidencial. La experiencia pasada lo demuestra. Durante la revisión anterior, bajo la administración de Donald Trump, el proceso fue tenso, pero el resultado fue un tratado renovado que impulsó aún más el comercio trilateral.
México debe llegar a esta revisión con prioridades claras. El sector automotriz es una de ellas, por su peso económico y por su papel estratégico en la integración regional. Al mismo tiempo, el país debe enviar señales firmes de institucionalidad y certidumbre a los inversionistas. La negociación externa no puede desligarse del mensaje interno: sin confianza, México perdería la oportunidad de capitalizar la reconfiguración de las cadenas de valor globales.
La revisión del tratado en 2026 no es solo un trámite técnico. Es una oportunidad para consolidar a Norteamérica como una región competitiva frente al resto del mundo. El ruido será inevitable, pero la realidad económica pesa más. México puede salir fortalecido si defiende sus intereses con claridad, mantiene la prudencia política y entiende que la integración norteamericana es uno de sus activos más valiosos.