Crítica de 'Tebanas': La tragedia a ritmo de concierto ★★★★☆
Autoría: Álvaro Tato. Dirección: Yayo Cáceres. Interpretación: Cira Ascanio, Marta Estal, Mario García, Fran Garzía, Daniel Migueláñez y Mario Salas de Rueda. T. de la Abadía (Sala Juan de la Cruz), Madrid. Hasta el 15 de febrero.
Complicada empresa, y bien resuelta, la que han acometido el director Yayo Cáceres y el dramaturgo Álvaro Tato llevando a escena tres tragediones griegos bajo el particular estilo, vivaz y juguetón, que vienen desarrollando en las dos compañías de las que forman parte: Ay Teatro -responsable de este montaje- y Ron Lalá. Las tres obras en cuestión a partir de las cuales se ha construido este espectáculo titulado ‘Tebanas’ son ‘Edipo rey’ (Sófocles), ‘Los siete contra Tebas’ (Esquilo) y ‘Antígona’ (Sófocles), a las que se suma una especie de entremés carnavalesco, escrito por Tato, que rompe, en el tono y en el argumento, con el recorrido por los funestos destinos de los protagonistas, aportando una mirada irónica, gamberra y muy contemporánea sobre los desastres de toda guerra.
Ciertamente, el meollo conceptual y dramático de los textos originales no puede estar mejor acendrado y estructurado en esta obra, que Tato ha reescrito en verso de cabo a rabo -exceptuando el breve fragmento que ha mantenido de la ‘Antígona’ de María Zambrano–, para dar orden y claridad a los hechos que van determinando la existencia de todos los personajes descendientes o próximos a Edipo.
La idea de coralidad, ya implícita en el texto, se multiplica en la puesta en escena de Cáceres, que busca una vez más uniformar total de la acción -y los personajes- en la composición de las escenas y en la manera de hacer que se sucedan para que la función se perciba, desde el patio de butacas, como un todo artístico del que resultaría casi imposible desgranar una sola parte. Las interpretaciones, el papel de la música -compuesta por el propio Cáceres-, la iluminación de Miguel Ángel Camacho o el vestuario de Tatiana de Sarabia son elementos que tienen su razón de ser únicamente en lo colectivo, en la estrecha relación que mantienen entre sí. Pocos directores trabajan en esta línea con tanta perseverancia y originalidad como él. En este sentido, uno tiene la sensación a veces de estar viendo, más que a un grupo de actores (destacan Cira Ascanio y Daniel Migueláñez en lo estrictamente dramático), a una "troupe" de circo en la que unos se sacrifican por los otros y donde todo ha de estar técnicamente muy bien estudiado para que obre el asombro en lugar del desastre. Ese afán suyo por crear un espectáculo uniforme, colectivo, ágil, fingidamente espontáneo o impredecible, y que capte la atención como si fuera una fugaz eclosión de principio a fin, lleva al director a imponer un ritmo tan marcado, con un tempo tan rápido -pareciera que trabajase con un metrónomo-, que no hay casi posibilidad para el disfrute de lo emocional, de la carga lírica que late en algunos versos y en algunas situaciones, las cuales piden ser recreadas en el escenario con el sosiego y la hondura que solo sería capaz de transmitir el actor desde su propia individualidad.
- Lo mejor: La obra está muy bien estructurada, hay estupendas a la hora de construir las escenas y cuenta con un elenco tan versátil como la propia propuesta requiere.
- Lo peor: El ritmo es tan trepidante que en algunos momentos cuesta interiorizar y reflexionar sobre lo que está pasando en escena.