La clave es la Asamblea Legislativa
En un régimen presidencialista como el nuestro, es natural que las elecciones presidenciales acaparen los focos. Y razón hay, pues quién gana esos comicios tiene bajo su férula la conducción política y administrativa de (casi) todo el aparato público. De manera directa o indirecta, el presidente de la República controla o, cuando menos influye de manera significativa, las prioridades y ejecución del 98% del presupuesto consolidado del sector público.
Cualquiera diría, entonces, que quien gane el Ejecutivo puede hacer lo que quiera. Pues no, vieran que no. Nuestra Constitución Política da poderes decisivos a la Asamblea Legislativa y sus órganos auxiliares (especialmente la Contraloría) en la aprobación de las leyes y el presupuesto, la fiscalización de los actos públicos y el control político del Ejecutivo. Y, aunque el presidente Chaves trató de pasarse por el forro al Poder Legislativo, la verdad es que no pudo, para su gran enojo.
Y ahí está la clave de esta elección, el Legislativo, cosa que el oficialismo entendió desde muy temprano. De ahí su petición al pueblo para que lo premien con una cosecha abrumadora de votos que permita elegir a 40 diputados jaguares. Recientemente, la meta se rebajó, pues es poco probable lograr tal mesa gallega, pero, igual, el objetivo es una bancada grande, no necesariamente mayoritaria, que sirva como imán para atraerse a diputados de otros partidos mediante lo que el premio Nóbel de Economía Mancur Olson denominó “incentivos especiales”. Sí… ese tipo de incentivos es lo que ustedes pueden imaginarse: ofrecimiento de embajadas, obras para las comunidades que representa, tráfico de influencias. Una coalición funcional.
Si obtuviesen ese resultado, habría una gran concentración de poder en una nueva élite política. Que eso ocurra no es nuevo en la Costa Rica moderna (Liberación tuvo control simultáneo del Ejecutivo y el Legislativo varias veces entre 1953 y 1990). Lo diferente esta vez es que esta nueva élite no se distingue por su talante democrático o su respeto a las reglas constitucionales. Quiere todo el poder para sí, a codazo limpio, luego veremos para qué. Por eso, más allá de ese poco aprecio por la democracia y su fascinación por el autoritarismo, poca idea tenemos sobre su proyecto de país. Así que, “jaibos” llegarán al Congreso, ni modo, pero es central elegir a una masa crítica de personas de alta calidad.
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Jorge Vargas Cullell es sociólogo.