Es innegable que, si existe en la cultura local toledana una palabra profundamente arraigada que ha logrado con el paso del tiempo extrapolarse para denominar sin connotaciones negativas a los naturales de la ciudad , esa es la de «bolo». Y más o menos habitualmente quiénes habitamos la ciudad de Toledo, seamos naturales o no de la misma, la incluimos como algo normal en algún momento en nuestras conversaciones domésticas. «¡Sí, bolo!», «¡Anda, bolo!» o el tan socorrido «¡Pero qué bolo eres!» son expresiones que así lo demuestran. Pero hete aquí que resulta que dicha palabra, también, va unida a la historia aeronáutica al denominar a un tipo de avión que existió durante las décadas de los años 30 y 40 del pasado siglo. Se trata del norteamericano Douglas B18 «Bolo», nada más y nada menos. ¿Quién nos lo iba decir?, existió un «toledano» volador. Y su historia, aunque ciertamente breve en el tiempo, es curiosa pues solamente la mera casualidad hizo posible su desarrollo como tal. Se la voy a contar. Resulta que, allá por el año 1934, el por entonces Cuerpo Aéreo del Ejército de los Estados Unidos (USAAC) necesitaba un avión que pudiera soportar mayor carga que el bombardero estándar que por entonces tenía en servicio (el Martin B 10). Eran ya aviones enteramente metálicos, monoplanos y generalmente bimotores. Al concurso para la adjudicación se presentaron tres importantes Compañías constructoras de la época: Martin, con el prototipo «Martin 146»; Boeing, con el prototipo «Boeing 299» y la Douglas, con el B 18 «Bolo». Todo parecía indicar que el elegido sería el de la Compañía Boeing pues contaba con cuatro motores, mayor envergadura y más capacidad de carga y alcance que los otros dos prototipos competidores que eran, además, bimotores. Sin embargo, un accidente sufrido por el aparato presentado por Boeing el 30 de octubre de 1935, debido, según la conclusión técnica oficial de la época, « al bloqueo de los controles del timón de dirección y del elevador (principalmente este último), lo que imposibilitó al piloto controlar el avión », dio al traste con las ilusiones de Boeing, dando paso a la elección del B 18 «Bolo» como avión definitivamente ganador pues había demostrado su buena fiabilidad y firmeza durante distintos vuelos efectuados el mes de abril de ese mismo año. Curiosamente, el modelo accidentado se convertiría, años después, en el determinante Boeing B-17 Flying Fortress (Fortaleza Volante) de la Segunda Guerra Mundial. El B 18 «Bolo» de la Compañía Douglas se diseñó y construyó a partir del avión de uso civil «Douglas DC 2» en lo que se refiere a la estructura de su fuselaje, alas y cola, añadiéndose en la parte delantera una extensión para su uso como bombardero y un cristal que se incrustó en la parte trasera para uso del artillero. Los aviadores que volaron en aquella época el recién construido B 18 «Bolo» lo apodaron, en un principio, como «morro de tiburón» por la extraña forma que tenía el avión. La Fuerza Aérea de los Estados Unidos encargó, de entrada, la producción de 133 aparatos que, posteriormente, amplió hasta los 350, surgiendo así hasta 4 versiones: la «A» con 217 unidades con las características originales, la «B» con 122 unidades que iban equipadas con un radar antisubmarino, la «C» con 2 unidades, experimentales en realidad, dotadas con ametralladoras del calibre 50 y que nunca entraron en servicio y la «D» con 1 unidad dedicada al transporte. Sus características técnicas principales eran que contaba con una tripulación de 6 personas, tenía una longitud de 17,6 metros, una envergadura de 27,3 metros y una altura de 4,6 metros. Portaba 2 motores radiales refrigerados por aire «Wright R-1820-53 Cyclone» con una potencia media cada uno de 750 kW. Su velocidad de crucero estaba sobre los 270 km/h y su alcance en los 1400 km. Su techo de vuelo alcanzaba los 7300 metros y tenía como armamento estándar 3 ametralladoras de 7,62 mm y una carga máxima de 2000 kg de bombas. En 1941, al iniciarse la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, el B 18 «Bolo» era el modelo de bombardero más numeroso que los Estados Unidos tenían desplegados fuera de su territorio continental, esperándose de él pudiera desempeñar un papel provisional hasta que modelos de aviones más idóneos y avanzados estuvieran disponibles en cantidad suficiente, pues se encontraban en plena producción. El mayor número de B 18 «Bolo» en sus versiones A y B se encontraban basados en Hawái y en Filipinas, resultando destruidos o gravemente dañados en su mayor parte durante los ataques iniciales y sorpresivos realizados por la Fuerza Aérea japonesa. Como consecuencia del enorme número de bajas sufridas, los bombarderos B-18 «Bolo» que se habían salvado se utilizaron para múltiples funciones. Tanto en Hawái como en Alaska, se utilizaron para patrullas de reconocimiento armado y en mayo de 1942, se unieron a la Armada de los Estados Unidos para tratar de localizar a la flota japonesa en su aproximación a la isla de Midway. Sin embargo, volvió a tomar cierta relevancia en su uso como avión antisubmarino - fundamentalmente en su versión «B»- para la defensa de las costas de Estados Unidos, pues se venía observando que demasiados submarinos alemanes se escabullían y amenazaban la navegación frente a las costas estadounidenses. Se les dotó entonces de un potente Radar ASV y un Detector de Anomalías Magnéticas (MAD) y se cambiaron las bombas por cargas de profundidad. Entre 1942 y 1943, los B-18B «Bolos» realizaron patrullas regulares de guerra antisubmarina (ASW) sobre el océano Atlántico y el mar Caribe, realizando las tripulaciones (tanto estadounidenses como canadienses, que lo utilizaron con el sobrenombre de «Digby») múltiples contactos, atribuyéndoseles el hundimiento de cuatro submarinos: el U-512, el U-520, el U-615 y el U-654. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, continuaron utilizándose durante un tiempo como aviones de transporte y entrenamiento para ir progresivamente quedando en desuso y utilizándose para diversas tareas, como fumigación de cultivos y extinción de incendios. Actualmente, solamente cinco B18 «Bolo» han sobrevivido en el tiempo y pueden contemplarse en diferentes Museos de los Estados Unidos. Es curioso comprobar que, en el lenguaje aeronáutico, «BOLO» no es una palabra o código estándar de la OACI (Organización de Aviación Civil Internacional), sino que se usa más bien en la jerga anglosajona como acrónimo de «Be On the Look Out» (¡Alerta!), indicando que se debe prestar atención a algo o alguien. Nunca se ha podido determinar por qué la Compañía Douglas denominó para siempre al B18 como: «Bolo». Y esta y no otra es la historia de este «toledano» volador que llevó con orgullo y bien alta la palabra que tan arraigada está en la cultura local de la ciudad de Toledo.