Jiguaní y la leyenda rota del país sin indios
Muchas veces se nos dijo en el aula y más allá que los aborígenes cubanos sucumbieron prontamente, abatidos por el látigo, las enfermedades y la espada. Sin embargo, ese rápido relato es demasiado simple. En el corazón del valle del Cauto, un poblado nombrado Jiguaní rompe esa narrativa y nos invita a investigar mejor nuestra historia.
¿Cómo es posible que si en el siglo XVIII ya no había indios en nuestro país ese pueblo haya surgido el 25 de enero de 1701, con nombre precisamente aborigen? ¿Era cierta la teoría de la «abolición total»? ¿Cuánto conservamos hoy de los habitantes primigenios de nuestro archipiélago? Sobre estas preguntas deberíamos reflexionar hoy.
«Este lugar es una de las excepciones de Cuba. Mientras el resto de las villas, comenzando por Baracoa, se fundaron por deseos de los españoles, Jiguaní se creó por interés del indio Miguel Rodríguez, oriundo de Bayamo, quien junto al cura Andrés Jerez, decidió reconcentrar aquí, para protegerlos, a los naturales dispersos de estos territorios, situados entre los ríos Contramaestre y Cautillo», señaló al respecto el historiador local Hugo Armas, quien ha dedicado más de 45 años investigando sobre el legado aborigen en la región.
Esta afirmación genera curiosidad, atracción, deseos de buscar en la zona...
Una fundación que cambia la historia
Cuando supuestamente ya no quedaba un solo taíno en pie, más de 20 familias aborígenes fundaban Jiguaní, un poblado que conservó durante mucho tiempo costumbres ligadas a la cultura indígena. Aunque en 1818 un decreto de la metrópoli declaró oficialmente el fin de la villa aborigen, los indios siguieron viviendo. La prueba está en las disposiciones que en 1836 firmó el alcalde Miguel Íñiguez (abuelo del general Calixto Íñiguez) para proteger a nuestros primigenios.
Hay algo en esta historia, sumamente llamativo, apuntado por el propio Hugo Armas: en Jiguaní (cabecera municipal del municipio homónimo) y en los caseríos aledaños a La Seca, La Seiba (con S), Cañadón, Santa Cruz, Palmarito o Monte Alto, familias enteras —Ferrales, Rivero, Reyes, Quesada, Anaya,Aguilera, Aguilar, Garcés, Leyva, Sosa, Fuentes— se entrecruzaron durante cuatro generaciones y eso creó grupos muy parecidos físicamente, algo de lo que se enorgullecen en la actualidad sus descendientes.
Entre esos sucesores, cuenta Dora Aguilar Osorio, quien recordaba a este periódico cómo sus abuelos le narraban cuentos sobre los jigües, que eran «unos enanitos que salían por la noche de los ríos y asustaban».
La leyenda original señala que el jigüe era un duende pequeñito que hacía perderse a los caminantes en ríos y lagunas. En el occidente de Cuba se le nombra güije y es descrito como un ser de piel oscura de ojos saltones. Sin embargo, en esa región pudo pasar igual que con la historia de la Virgen de la Caridad: el enano se convirtió en negrito al paso del tiempo, y esto hizo pensar en su procedencia africana. Pero en realidad es una historia aborigen.
De todos modos, tal leyenda no es lo único que se conserva por estos lares.
Congo, carabalí... y taíno
Hemos repetido hasta el cansancio la frase que reduce nuestro mestizaje a dos ingredientes: «El que no tiene de congo tiene de carabalí». Olvidamos así que el primer mestizaje no fue el binomio negro-blanco; fue, necesariamente, el encuentro -muchas veces violento- entre el conquistador español y la mujer indígena.
En ese primer hogar criollo, las madres transmitieron, aunque fuera furtivamente, algo más preciado que los rasgos: su léxico. Eso explica por qué en Jiguaní, Bayamo y otras zonas del Cauto —si bien es cierto que la lengua original de nuestros primeros pobladores desapareció— se emplean todavía palabras como sobaco (axila), tubonuco (chichón), sao (monte), hayaca(tamal), cutara (chancleta), atauto (candela) y otras como fututo, macana, caguayo, bayoya…
Como bien apuntó alguna vez a JR la lingüista Libia Roblejo Peña, no se puede pasar por alto que la musicalidad, a la hora de hablar, es propia del triángulo Bayamo-Las Tunas-Holguín, algo quizá heredado de los aborígenes, al igual que ciertas expresiones tropológicas como «te comiste la guayaba», una frase vinculada con la ausencia porque Maquetaurie Guayaba era el señor de Coaybay, el mundo de los muertos, de los no presentes; y la guayaba resultaba el alimento favorito de las opías, es decir, de los fallecidos.
Otras huellas de los aborígenes en la región están en la culinaria (la confección del casabe), la arquitectura (la construcción de los caneyes, que tienen ocho lados y surgen a partir del guano), la artesanía (elaboración de objetos a partir de plantas), las costumbres (el uso del tabaco ya universal, la hamaca y la canoa). Otra de las tradiciones llamativas de algunos moradores de la zona del Cauto consiste en guardar una semilla de cayajabo, una planta trepadora, que por sus «poderes» supuestamente ahuyenta la mala suerte y era empleada por nuestros nativos.
Al respecto, Lázaro Miguel Aguilar Ramírez, un jiguanisero conpreasuntos ancestros indios, contó: «Mi papá siempre traía una semilla de esas en el bolsillo, se calentaba al frotarla en una superficie y eso se lo habían transmitido sus abuelos».
Incluso, el espiritismo de cordón, como explicó el investigador Ángel Lago Vieto, también procede de nuestros indios. «Esta parte, en esencia, de los ritos indocubanos como el areíto y la cohoba. La utilización de las yerbas, los pases magnéticos, los despojos, la propia danza y el estilo del canto en que supuestamente existe comunicación con los muertos, son elementos de las ceremonias indígenas, aunque sin dudas se le han incorporado elementos blancos y africanos,fundamentalmente congos», refirió.
Orgullo por la primera sangre
Roto el mito del «exterminio total», valdría preguntarse si podemos hacer más por rescatar o preservar lo poco o mucho que nos ha quedado de los primeros pobladores de Cuba. En Jiguaní, por ejemplo, surgió en 1991, por la insistencia de Hugo Armas, un grupo descendiente de aborígenes, que ha realizado conversatorios sobre la cultura de los nativos originales. Este tipo de eventos también se ha desarrollado en Guantánamo, donde también hay huellas de aquellos antecesores, pero la iniciativa no ha recibido un impulso verdadero. En cualquier caso, lo más importante será no olvidar jamás de dónde venimos, vivir eternamente orgullosos de nuestra primera sangre.