La inversión no prospera en tierra incierta
En los debates económicos de Guatemala suele repetirse una pregunta casi ritual: ¿qué nos falta para atraer más inversión y crecer más rápido? Las respuestas abundan —incentivos fiscales, promoción internacional, “marca país”, megaproyectos—, pero con frecuencia se evade lo esencial. La inversión privada, especialmente la de largo plazo, no florece en ambientes de incertidumbre. Necesita reglas claras, instituciones creíbles y un Estado que cumpla su función básica: hacerlas valer.
Desde una perspectiva económica elemental, la inversión no es un acto de fe, sino una decisión racional bajo incertidumbre. El inversionista compara riesgos y retornos esperados. Cuando las reglas del juego son difusas, cambiantes o discrecionales, el riesgo aumenta; y cuando el riesgo aumenta sin que el retorno lo compense, el capital simplemente busca otros destinos. No hay misterio ni conspiración: es aritmética económica básica.
Guatemala no parte de cero. El país ha construido, con esfuerzo y disciplina, una reputación de estabilidad macroeconómica poco común en la región: inflación controlada, deuda pública baja, un sistema financiero sólido y un banco central creíble. Son activos valiosos, pero insuficientes. La experiencia comparada —en Centroamérica y fuera de ella— muestra que la estabilidad macro es condición necesaria, pero no suficiente, para atraer inversión productiva sostenida.
El verdadero cuello de botella está en el ámbito institucional. La debilidad del Estado de Derecho, la lentitud e imprevisibilidad del sistema de justicia, la fragilidad en la protección de los derechos de propiedad, la burocracia excesiva y la politización de decisiones técnicas elevan los costos de transacción y erosionan la confianza. En ese entorno, incluso proyectos rentables se postergan o se descartan. No porque falte capital, sino porque sobra incertidumbre.
Algunos países han intentado compensar instituciones débiles con privilegios, exenciones discrecionales o tratos especiales. A corto plazo, esas estrategias pueden lograr atraer cierto tipo de inversión; a mediano y largo plazo, corren el riesgo de generar dependencia, arbitrariedad y capturas políticas. La inversión “buena” —la que trae tecnología, encadena proveedores, genera empleo formal y reinvierte utilidades— no busca atajos, sino previsibilidad.
Desde una óptica liberal-clásica, el rol del Estado no es sustituir al mercado ni dirigir la inversión, sino crear un marco institucional que permita que las decisiones privadas se tomen con información clara y reglas estables. Eso implica un sistema judicial funcional, un servicio civil profesional, regulaciones simples y predecibles, y un Congreso que legisle con responsabilidad, evitando cambios abruptos que alteren contratos y expectativas.
La paradoja guatemalteca es bastante conocida: tenemos condiciones macro que muchos vecinos envidiarían, pero instituciones que no logran transformar esa estabilidad en crecimiento acelerado y bienestar generalizado. El resultado es un círculo vicioso de baja inversión, bajo crecimiento y oportunidades limitadas, que alimenta frustración social y presión política para buscar soluciones rápidas que suelen ser improvisadas.
Romper ese círculo exige paciencia institucional, algo poco compatible con la lógica electoral, pero indispensable para el desarrollo. Fortalecer el Estado de Derecho no produce titulares espectaculares ni resultados inmediatos, pero es la inversión pública más rentable que un país puede hacer. Sin ella, cualquier estrategia de atracción de inversiones será cosmética; con ella, el capital —local y extranjero— hará lo que mejor sabe hacer: producir, innovar y generar prosperidad.
Si Guatemala aspira a crecer más, atraer inversión de calidad y ofrecer oportunidades reales a su población, debe empezar por lo básico. Antes que incentivos, es imprescindible certeza. Antes que discursos, reglas. Y antes que promesas, instituciones que funcionen. Porque la inversión, como la confianza, tarda en construirse y se pierde con facilidad. Y sin instituciones sólidas, simplemente no llega.