Hanói cierra filas con Tô Lâm, que revalida mando y aprieta la máquina del Estado
El XIV Congreso del Partido Comunista de Vietnam —instancia suprema que cada lustro redistribuye el poder efectivo y define la hoja de ruta estratégica hasta 2030— ha ratificado a Tô Lâm como secretario general para un nuevo mandato pleno. Lejos de ser un mero procedimiento formal, esta designación consolida un proyecto de modernización económica acelerada bajo un control político férreo, sin concesiones al pluralismo ni a la disidencia interna.
Hanói ha ejecutado una vez más la maniobra que define su sistema político, con la toma de decisiones en círculos cerrados del Buró Político, la imposición de una narrativa oficial unificada y la legitimación del resultado como expresión inexorable de la "continuidad revolucionaria".
La paradoja como sello del sistema
En 2021, cuando aún dirigía el Ministerio de Seguridad Pública, Tô Lâm protagonizó un episodio que condensó las contradicciones del régimen vietnamita con un vídeo viral que lo mostraba en Londres siendo alimentado por el chef "Salt Bae" con un filete bañado en oro comestible, cuyo coste —estimado en 1.500 dólares— superaba con creces su salario oficial mensual.
En un contexto dominado por la campaña anticorrupción "horno ardiente", la imagen pudo haber sido letal para cualquier otro alto cargo. Sin embargo, no solo sobrevivió sino que emergió fortalecido. El mensaje implícito quedó grabado. El sistema elimina lo que percibe como amenaza existencial al Partido, no necesariamente lo que genera indignación pública.
A sus 68 años, no se proyecta como un gestor transitorio, sino como el arquitecto de una fase acelerada del socialismo de mercado. Su discurso combina consignas operativas con imperativos estratégicos: "Todos los errores deben ser tratados" no como exhortación moral, sino como protocolo de disciplina interna. Vietnam superó hace décadas la pobreza extrema gracias al programa de reforma integral 'Đổi Mới' de 1986, y ahora el desafío es escapar de la trampa de los ingresos medios y alcanzar el estatus de nación desarrollada antes de 2045. Para ello, Lâm prescribe velocidad ejecutiva, disciplina férrea y centralización del mando.
Un líder moldeado en el aparato coercitivo
Lam no proviene del ala tecnocrática o económica del Partido, sino del núcleo represivo del Estado. Cuatro décadas en policía y seguridad lo convirtieron en el ejecutor principal de la campaña anticorrupción iniciada en 2016, que ha reconfigurado las élites locales. La purga ha implicado decenas de miles de sanciones disciplinarias, destituciones en cadena y procesos de alto perfil, como el de Trương Mỹ Lan, condenada a muerte en 2024 por fraudes bancarios multimillonarios. Los resultados cuantitativos son visibles ya que la nación escaló del puesto 113 al 88 en el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional entre 2016 y 2024.
Pero la campaña trasciende la depuración: mientras rediseña incentivos y comportamientos. El riesgo estructural es evidente, ya que cuando el castigo se convierte en el principal motor de la administración, los funcionarios priorizan la autoprotección sobre la iniciativa, generando parálisis en la toma de decisiones innovadoras.
Reforma institucional: bisturí sobre la burocracia
En solo 17 meses, el gobierno ha ejecutado una reestructuración radical con la supresión de ocho ministerios y agencias, eliminación de niveles administrativos intermedios y reducción de plantilla estimada en cerca de 100.000 empleos. El objetivo oficial es reducir trámites, agilizar decisiones y eliminar "despilfarro". El propio Partido, en documentos internos filtrados a la prensa local, reconoce la brecha crónica entre normativa y ejecución: la ley puede ser "sólida", pero su aplicación sigue siendo "difícil" y marcada por "mucho discurso y poca acción".
Esa disfunción constituye el principal obstáculo para un país cuya competitividad depende de la integración en cadenas globales de valor, la atracción de inversión extranjera y la rapidez exportadora. Lâm contextualiza la urgencia en un entorno de riesgos múltiples, con desastres climáticos, disrupciones energéticas y alimentarias o competencia geoestratégica. Un Estado lento resulta incompatible con la supervivencia económica.
Ascenso en la cadena de valor, más allá del ensamblaje
El programa económico no se limita a metas cuantitativas. Ante los 1.600 delegados del Congreso, Lam se comprometió a un crecimiento anual superior al 10% durante el resto de la década, acompañado de desregulación selectiva y expansión comercial estratégica "para proteger los intereses nacionales". La ambición central es abandonar el rol de taller low-cost y posicionar a Vietnam en semiconductores, tecnología avanzada, ciencia e innovación. Se enfatiza también la infraestructura resiliente al cambio climático y la conectividad regional y global. Dado que la ventana demográfica se cierra, sin escalar rápidamente en la cadena de valor, Vietnam quedaría expuesto a competidores de salarios más bajos y a shocks externos.
El reverso autoritario de la eficiencia
La modernización económica propuesta coexiste con un reforzamiento del control político interno. El mismo líder que promete agilidad administrativa es el responsable histórico de la presión sobre activistas, periodistas y disidentes. El episodio del filete dorado funcionó como prueba de impunidad selectiva; la posterior encarcelación de un vendedor de fideos que parodió el gesto delimitó con claridad la frontera: se tolera el murmullo, no la sátira que erosiona la autoridad del Partido.
Lâm opera desde la convicción leninista de que el orden político es precondición del desarrollo. En un régimen de partido único, esa premisa implica tolerancia cero hacia cualquier desafío organizado. La cuestión estratégica es si ese modelo, eficaz en la ejecución centralizada, no termina empobreciendo el ecosistema de ideas y debate necesario para la innovación sostenida.
¿Un Xi vietnamita? La tentación del doble cargo
El Congreso no solo fijó metas económicas: redefinió la arquitectura del liderazgo. Analistas señalan que Tô Lâm maniobra para combinar la secretaría general con la presidencia del Estado, un esquema que evocaría el modelo chino. El politólogo Nguyen Khac Giang (ISEAS) observa que, en el último año, ha actuado como líder en espera con más de una docena de visitas internacionales, eclipsando al presidente en funciones diplomáticas.
Sin embargo, la tradición vietnamita impone frenos. Expertos recuerdan que "Vietnam no es China" ya que persiste el límite de dos mandatos, la edad de jubilación obligatoria (65 años, con excepciones contadas) y un Comité Central con mayor capacidad de contrapeso que en el sistema de Xi Jinping. La consolidación de Lâm requerirá, por tanto, acomodar facciones con suficiente pluralidad interna para mantener la cohesión, pero sin diluir la autoridad central.
El dilema estratégico es que una jerarquía más concentrada puede reducir ambigüedades diplomáticas y acelerar reformas en un contexto de rivalidad sino-estadounidense. Pero un exceso de centralización en una figura de perfil securitario arriesga estrechar el debate interno justo cuando Hanói necesita máxima flexibilidad para equilibrar potencias sin fracturar su cohesión social.
Vietnam acelera. La incógnita no reside en la capacidad de Lâm para imponer ritmo desde arriba mientras disciplina, purga y mando centralizado lo garantizan. La cuestión es si se puede sostener esa marcha forzada sin asfixiar la creatividad burocrática, la franqueza interna y la legitimidad popular necesarias para avanzar en esta década sin rupturas estructurales.