Crítica de "Hamnet": los colores del espíritu ★★★
Si le debemos un respeto a Shakespeare, decía el crítico Harold Bloom, es porque inventó la personalidad. Esto es, supo pintar con palabras los colores del espíritu como nadie antes lo había hecho. Por ejemplo, su Hamlet no es solo la encarnación de la duda en la venganza, sino la del triunfo de la inteligencia y la búsqueda de la verdad. Cuesta, al ver la película de Chloe Zhao, que esa “personalidad” de la que habla Bloom, que esa “verdad” sea todo lo honesta que debería ser. Como ocurre en muchas obras sobre la creación artística, las que insisten en mostrar la trastienda del taller del genio, “Hamnet”, también la novela, romantiza la tragedia vital para justificar la tragedia en los escenarios.
Poco importa que, en la época en que escribió “Hamlet”, Shakespeare estrenara dos comedias tan luminosas como “Mucho ruido y pocas nueces” y “Como gustéis”. La verdad de la escritora Maggie O’Farrell y de la directora Chloe Zhao es una invención a la medida de los que creen en el arte como exorcismo o como redención. Una pena que esa invención esté tan calculada, resulte tan poco orgánica, tan diseñada para triunfar en las alfombras rojas.
La novedad de “Hamnet” es que está estructurada en base a un desplazamiento: Shakespeare deja espacio al punto de vista de su esposa Agnes, conocida por biógrafos e historiadores como Anne Hathaway, a la que Jessie Buckley interpreta acentuando su lado más asilvestrado, conectada mágicamente con la naturaleza, como una deidad pagana siempre con la emoción a flor de piel. Es un desplazamiento a medias, porque luego la pérdida que definirá su drama como padres acabará canalizándose a través de la obra de Shakespeare, pero, durante buena parte de la película, el punto de vista de la impulsiva Agnes domina el relato (Buckley desdibuja a Paul Mescal, un poco ausente). Acaso los mejores momentos del filme son los que retratan la pasión determinista del enamoramiento, en la medida en que la cámara se permite contagiarse de la respiración del cielo y del bosque, y la vida cotidiana del matrimonio está atravesada por ese hálito poético que podría llamarse predestinación.
Es cuando llega la desgracia que la película enseña su fragilidad en su programático diseño para ser importante, para gritar la muerte y llorar el duelo en mayúsculas y con signos de exclamación, revolcándose en los tics del cine de prestigio que tanto gusta en las galas de premios. Esos “colores del espíritu” que reivindicaba Bloom pierden complejidad, y el lamento inconsolable por la pérdida de Agnes y la dificultad por conciliar vida doméstica y creativa de Shakespeare parecen enquistarse en un registro no por más dramático menos frío. Eso sí, hay, en el clímax del filme, una idea interesante -que, en la escena del Globe, se manifiesta en el enfado y el desconcierto primero, y la entrega al final, de Agnes-, que recupera aquello de lo que hablaba Bloom: Shakespeare descubrió que vida y teatro compartían una misma realidad emocional, y que en ella toda ficción se desmantelaba para dejar paso a una sola “verdad”, la de la existencia humana. El famoso ser o no ser, ya saben.
Lo mejor:
La interpretación de Buckley, el primer acto y la verdad súbita, breve como un relámpago, que aparece en la escena del Globe.
Lo peor:
Toda ella parece exclusivamente diseñada como película de prestigio para ganar Oscars.