Un nuevo estudio recién publicado en 'PLOS Biology' por un equipo de investigadores de la Universidad de Australia Occidental acaba de confirmar lo que muchos ya sospechaban: el tamaño del pene sí que importa . Tanto a hombres como a mujeres. Durante décadas, la cultura popular, la psicología de autoayuda y un sinfín de artículos bienintencionados han repetido como un mantra aquello de que 'el tamaño no importa', o que lo fundamental es 'cómo usar' el instrumento, y no su tamaño. Un loable intento de consuelo para el ego masculino, una suerte de pacto de no agresión social para evitar comparaciones odiosas. Pero la biología evolutiva no entiende de corrección política ni de paños calientes. La evolución es despiadada, eficiente, y si un rasgo físico perdura, e incluso se exagera, a lo largo de los milenios, detrás suele haber una razón de peso. En este caso concreto, la razón ha resultado ser doble: atracción sexual y competición pura y dura. No hay que llevarse a engaño. Los biólogos llevaban tiempo rascándose la cabeza ante una evidencia anatómica que no lograban comprender del todo: entre los primates, el ser humano es el que posee el pene más grande en relación con su tamaño corporal. Y si realmente el tamaño fuera irrelevante, ¿por qué la naturaleza nos dotó de un atributo tan visible y costoso energéticamente en comparación con nuestros primos evolutivos, los chimpancés o los gorilas? El nuevo estudio, liderado por la doctora Upama Aich, viene a poner los puntos sobre las íes. Lejos de las encuestas tradicionales, los investigadores utilizaron tecnología de generación de imágenes por ordenador. Reclutaron a más de 600 hombres y 200 mujeres y les mostraron figuras masculinas tridimensionales variando tres factores clave: la altura, la forma del torso (la famosa proporción hombros-cadera) y, por supuesto, el tamaño del pene flácido. Los resultados son un jarro de agua fría para los creyentes del 'no importa'. Las mujeres, sin paliativos, calificaron como más atractivos sexualmente a los hombres que presentaban una mayor estatura, un torso en forma de 'V' y, efectivamente, un pene más grande. Aunque aquí hay un matiz importante que aporta elegancia al hallazgo: no vale cualquier tamaño. El estudio, de hecho, detectó que, a partir de ciertas dimensiones, la atracción por parte de las mujeres empezaba a disminuir. Es decir, existe un punto de saturación donde más centímetros no equivalen necesariamente a más éxito, aunque la preferencia por un tamaño superior al promedio es innegable. Con todo, lo realmente novedoso de esta investigación no es solo lo que piensan ellas, sino lo que sienten ellos. Y el estudio sugiere que el pene no evolucionó únicamente como una herramienta de seducción, sino como una señal de advertencia para los machos rivales. Cuando los varones participantes evaluaron las mismas figuras, calificaron a aquellos con genitales más grandes como 'más amenazadores', tanto en una hipotética pelea física como en la competencia por una pareja. «Los hombres calificaron a los rivales con penes más grandes como más amenazantes físicamente y más sexualmente competitivos», asegura la doctora Aich en sus conclusiones. Es algo parecido al tamaño de la cornamenta de los ciervos o la longitud de los colmillos de los elefantes. Según la investigación, además, los varones tienden a sobreestimar la importancia de estos rasgos con respecto a las mujeres. Es decir, mientras que ellas mostraron tener un límite en sus preferencias, los hombres percibieron, en su mayoría, a los rivales con penes exagerados como una amenaza mayor. Es un mecanismo primitivo: un pene grande, junto con una gran estatura, podría haber servido en la prehistoria como un 'anuncio' de altos niveles de testosterona y, por ende, de una mayor capacidad de lucha. Como explica Michael D. Jennions, coautor del estudio: «Si bien el pene humano funciona principalmente para transferir esperma, nuestro resultado sugiere que su tamaño inusualmente grande evolucionó como un adorno sexual para atraer a las mujeres, en lugar de puramente como una insignia de estatus para asustar a los machos, aunque hace ambas cosas». Dicho de otro modo, la evolución favoreció el crecimiento del órgano por dos razones: para gustar más y para asustar mejor. Ahora bien, antes de sacar el metro del cajón o caer en una absurda vanidad antropocéntrica, conviene aplicar una severa 'cura de humildad' biológica. Es cierto que el hombre, en cuanto al tamaño del pene se refiere, gana al resto de los primates, pero eso no ocurre si ampliamos el foco al resto del reino animal. Pensemos, por ejemplo, en la ballena azul. Su pene puede alcanzar los 2,5 o incluso 3 metros de longitud, y con un diámetro de 30 centímetros. En términos absolutos, no hay competición posible. Pero si hablamos de tamaño relativo (porcentaje respecto al cuerpo), el ser humano queda aún peor parado. El percebe, ese crustáceo que disfrutamos en Navidad, posee un pene que puede llegar a tener hasta ocho veces la longitud de su propio cuerpo. Si un humano tuviera esa proporción, tendríamos que lidiar con un órgano de unos 14 metros de largo. Una imagen, desde luego, bastante grotesca. Y no olvidemos al pato de lago argentino (Oxyura vittata), un ave modesta que esconde un secreto descomunal: posee un pene en forma de sacacorchos que, al desenrollarse, es tan largo como su propio cuerpo (unos 40 centímetros). En comparación, la 'gran' herramienta evolutiva de Homo sapiens parece más bien un órgano modesto. El nuevo estudio demuestra que nuestra anatomía, pene incluido, es el resultado de millones de años de presiones selectivas invisibles. Inevitablemente, la selección sexual (lo que prefieren las hembras) y la competencia intrasexual (la lucha entre machos) han esculpido el cuerpo del hombre moderno. El tamaño importa porque durante milenios fue una señal de salud, vigor y capacidad reproductiva en un mundo sin ropa ni estatus financiero. Y hoy, aunque nos vistamos con trajes caros y conduzcamos coches deportivos para simular poder, nuestro cerebro primitivo sigue evaluando a los demás con los mismos baremos que usábamos en las cavernas. La ciencia no juzga, solo expone los hechos; y el hecho es que, evolutivamente hablando, cada centímetro cuenta.