Un ministro al que muchos tienen ganas
Hay un ministro cuya mera mención desata un tsunami: Óscar Puente. El ministro de Transportes está en el centro de la diana desde que el domingo pasado, en Adamuz (Córdoba), murieran al menos 43 personas en el primer accidente de Alta Velocidad de la historia del país.
La tragedia ha desatado una crisis ferroviaria sin precedentes. Desde entonces se suceden los reproches por el mantenimiento y la gestión de una infraestructura que vio recortado drásticamente su presupuesto durante lo peor de la crisis económica y aún no ha recuperado el nivel previo de inversión.
Y Puente, que negó ayer que ese haya sido el motivo del siniestro, es el responsable directo de la red. Encima de la mesa hay mucho en juego, empezando por lo más importante: el respeto a las víctimas, a su memoria, y a sus familias. Ellas deben ser la prioridad número uno. Pero España, el segundo país del mundo con la red de alta velocidad más extensa solo por detrás de China, se lía rápido a garrotazos, como bien retrató Goya y puede contemplar, querido lector, en el Museo del Prado.
La tregua política llegó a su fin. Los cañones apuntan hacia el exalcalde de Valladolid y ya están disparando. Él, mientras, se defiende en entrevistas y ruedas de prensa. Su obsesión, dice, es trasladar la información en tiempo real, según llega a su móvil. Lo cierto es que el trágico siniestro, cuyas causas tardarán en esclarecerse, se ha convertido en el examen político más importante de un hombre cuyo estilo brutal le ha granjeado muchos enemigos desde que llegó al Gobierno.
Puente usa su móvil como arma de destrucción dialéctica. Durante todo este tiempo se le ha reconocido como un trol en las redes, en las que pasa horas y horas. En su partido levanta pasiones y odios casi con la misma intensidad. La militancia le trata como una auténtica estrella. Basta acompañarle en un congreso o en un mitin para darse cuenta. Y ese es el mejor termómetro para medir la calidad de la política española. Cuando los aplausos se los lleva quien más cabrea al personal, es que hay algo que no funciona bien en este país. En el PSOE hay quien asume que «ha sido tan hostil con los demás que ahora eso se le vuelve como un boomerang».
Traducción: dime lo que siembras y te diré lo que recoges. También hay quien le ve como «un señor que está muy lejos, en otro lenguaje y otro plano» de lo que fue el PSOE. Él, que se reconoce «cansado», dice sentir el respaldo del Gobierno y del propio presidente. Pero haría bien en recordar que en el «sanchismo» solo hay una cabeza sagrada. Por no hablar de que esta tragedia le marcará el futuro que quiera tener en política. La pelea se reduce a la responsabilidad del accidente. Si es la vía la que causó las dochosas muescas, el responsable es Adif, pero si son del tren de Iryo es la compañía la que debe responder.
En lo que coinciden todos en el PSOE y en el Gobierno es en que de él depende la impronta que quiera dejar. Porque si algo hay que reconocerle a Puente es que, cuando quiere, sabe ser un ejemplo de comunicación en crisis. Lo demostró en la penúltima tragedia que aconteció en esta España nuestra que últimamente está abonada a la pena. Su gran escuela de gestión fue su periplo a los mandos de su ciudad. Para él «ser alcalde es, sobre todo, ser resolutivo y práctico».
Está por ver si se le ha olvidado o no. Tiene a toda España encima. Y a los maquinistas en pie de guerra. Los principales sindicatos llamaron a la huelga los días 9, 10 y 11 de febrero para exigir medidas de seguridad ferroviaria. Pese al ruido, Puente no se lo toma como un pulso. Pero en política no basta con entender. En una crisis así, cada palabra pesa como una losa y cada silencio se interpreta como una huida.
El problema no es solo técnico ni judicial, sino simbólico. El país observa si quien manda está a la altura del dolor o atrapado en su propio personaje. Y Puente, que ha construido su capital desde la confrontación, se enfrenta ahora a un terreno en el que el choque no suma, resta. El ministro juega contra el reloj y contra sí mismo. Contra el reloj, porque la impaciencia pública es inmediata. Y contra sí mismo, porque su estilo chirría cuando hay muertos. No se le pide que se esconda ni que reniegue de lo que es, sino que entienda que hay momentos en los que el móvil debe dejar de ser un arma. Las tragedias definen a quienes un día fueron actores.