La encrucijada persa: colapso, represión y sucesión en Irán
El arranque de 2026 coloca a la República Islámica de Irán ante una crisis que pone a prueba su supervivencia. La convergencia de colapso macroeconómico, estallido social y presión externa —reforzada por Donald Trump en el primer aniversario de su segunda investidura— ha empujado al régimen a su momento de mayor fragilidad desde 1979. No se trata solo de protestas, es una disputa por la legitimidad del Estado y por quién administrará el día después de Alí Jamenei.
La ola que cobró fuerza el 28 de diciembre de 2025 se diferencia de ciclos previos como 2009 o 2022: dejó de pedir reformas y empezó a cuestionar la arquitectura completa del poder. El combustible, además, no es ideológico, sino biológico: sobrevivir. Entre diciembre de 2024 y diciembre de 2025, el rial se devaluó de forma catastrófica, con impacto directo en alimentos y bienes esenciales. La ruptura social se acelera cuando la clase media pierde piso y los sectores pobres sienten que ya no hay pacto posible.
En esta crisis, el lugar de las mujeres es central. La lucha contra el velo obligatorio simboliza la caducidad de una contrarreforma que convirtió el control del cuerpo en columna vertebral del orden teocrático.
La respuesta estatal ha sido la de un aparato que no negocia, castiga brutalmente. Se contabilizan más de 4 mil muertos por la represión. Se suman apagones de internet e interferencia de señales para sofocar e impedir que el mundo mire. Cuando la narrativa se vuelve ingobernable, el régimen apuesta por el silencio. El problema es que el silencio digital no repara la economía ni resuelve la sucesión; solo compra tiempo y multiplica el odio.
¿Se está abriendo una transición o solo un reacomodo? La lectura crítica de la politóloga persa Nazanin Armanian insiste en que Irán no opera como República, sino como una estructura capturada por la Guardia Revolucionaria (IRGC), que concentra coerción, inteligencia y sectores estratégicos de la economía. En esa lógica, la “independencia” proclamada se vuelve retórica cuando la vida cotidiana depende del dólar y de circuitos de importación/contrabando asociados a redes de poder.
En medio del vacío de liderazgo interno, Reza Pahlavi reaparece como actor del exilio con capacidad mediática. Desde plataformas como X y canales satelitales en farsi ha impulsado actos de coordinación simbólica para combatir la atomización que el Estado impone. Su propuesta: gobierno provisional, elecciones libres y referéndum, además de un llamado a fuerzas de seguridad para reducir la represión. En México, el apellido Pahlavi no es ajeno: el hijo del sha pasó parte del exilio familiar en Cuernavaca.
El dilema es que la oposición no es bloque, sino archipiélago: monárquicos, republicanos, grupos étnicos y organizaciones con agendas propias. Pahlavi suma visibilidad, pero carece de un aparato verificable dentro del país y su apellido despierta rechazo ante quienes recuerdan los excesos de la monarquía, así como la desigualdad y el autoritarismo que dieron pie a la revolución islámica. A ello se añade el riesgo geopolítico de terminar subordinados a potencias externas que privilegian estabilidad sobre democracia.
La administración Trump ha reforzado esa tensión. Su estrategia combina amenazas militares y coerción económica con sanciones mediante aranceles a terceros que comercien con Irán. El efecto amplifica la crisis fiscal y acelera la lucha por el poder en la cúpula.
Y esa cúpula tiene un reloj biológico. Jamenei, debilitado y replegado, enfrenta una sucesión que no será trámite religioso, sino combate político. El nombre con más peso es Mojtaba Jamenei, su hijo, con vínculos estrechos con la IRGC. La paradoja es evidente: el sistema nacido contra la monarquía parece ahora una “monarquía clerical” en plena descomposición.
En paralelo, el “Eje de la Resistencia” se ha debilitado. China y Rusia, aun con vínculos, no parecen dispuestas a pagar el costo de salvar al régimen; más bien aprovechan su debilidad. Irán se queda con menos aliados, menos dinero y más enemigos.
Cuatro escenarios se asoman: colapso del régimen y fragmentación del territorio; golpe palaciego de la IRGC; transición encabezada por el exilio si logra coordinación real; o una resistencia numantina de Estado paria empobrecido que sobreviva con mercado negro y apoyo limitado, aferrado al programa nuclear como seguro de vida.
En Irán, la élite religiosa y militar parece haber perdido el derecho a gobernar ante una sociedad que ya no acepta los términos de 1979. Pero el derrumbe de una teocracia no garantiza una república. En los próximos meses, el desenlace se jugará en un triángulo: la calle que resiste, el búnker que intriga y el exterior que presiona. Y en esa intersección cabe el peor desenlace: que el cambio llegue, pero no la libertad.
Lectura sugerida: “No es la religión, estúpido. Chiíes y suníes, la utilidad de un conflicto” de Nazanin Armanian y Martha Zein (Akal).
Gracias, LGCH.