La «doctrina Donroe», EE UU contra el orden liberal
Hace apenas doce meses, el 20 de enero de 2025, Donald Trump regresó a la Casa Blanca entre celebraciones internas y una creciente alarma internacional. Para sus seguidores, su retorno representaba la consolidación definitiva del credo de América primero; para sus críticos, el inicio de una etapa marcada por la erosión de normas, alianzas y principios que durante décadas habían estructurado el orden internacional liberal. Un año después, el balance es contundente: el universalismo liberal no ha sido simplemente debilitado, sino activamente reemplazado por una política exterior basada en la fuerza, la coerción y el interés nacional desnudo.
La segunda presidencia de Trump no ha sido una repetición de la primera, sino su radicalización. Si entre 2017 y 2021 muchos observadores interpretaron sus impulsos proteccionistas e aislacionistas como tácticas negociadoras, hoy queda claro que existe una lógica ideológica coherente: no hay principio, alianza o institución que no pueda ser sacrificada si no sirve de manera inmediata a los intereses estratégicos de Estados Unidos. El multilateralismo, lejos de ser un activo, se ha convertido en un obstáculo.
Sin embargo, el quiebre con el pasado va mucho más allá del comercio. La política exterior de Trump 2.0 ha adoptado un cariz abiertamente expansionista, evocando las doctrinas imperiales del siglo XIX. La histórica Doctrina Monroe ha sido reinterpretada no como un principio defensivo, sino como un mandato activo para consolidar y ampliar zonas de influencia estadounidenses, incluso a costa del derecho internacional y de la estabilidad regional.
Ese giro quedó dramáticamente expuesto en enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses capturaron en Caracas al presidente Nicolás Maduro tras meses de presión diplomática, económica y militar. La intervención fue presentada por Trump como una acción necesaria para proteger la seguridad hemisférica frente al narcotráfico y la creciente presencia rusa y china. Pero, para buena parte de la comunidad internacional, se trató de un uso de la fuerza sin precedentes recientes, que rompió esquemas legales y marcó un punto de inflexión en la conducta global de Washington.
En algunos círculos analíticos, esta estrategia ha sido bautizada como la «Doctrina Donroe»: una versión beligerante y desinhibida de la Doctrina Monroe, guiada menos por la defensa colectiva que por la reafirmación del poder. En esta lógica, la política exterior deja de estar anclada en normas compartidas y pasa a regirse por lo que filósofos políticos llamarían la «voluntad de poder».
Pero si Venezuela sacudió a América Latina, nada ha generado mayor inquietud en el mundo occidental que la obsesión de Trump por Groenlandia. La idea de adquirir la isla ártica —territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca— fue elevada de excentricidad retórica a objetivo estratégico formal, bajo el argumento de proteger a Estados Unidos de una eventual expansión rusa o china en el Ártico. En este punto, las declaraciones del asesor de seguridad nacional, Stephen Miller, revelan con crudeza la lógica subyacente de la administración. «Dinamarca es un país diminuto con una economía y un ejército diminutos. No pueden defender Groenlandia», afirmó, antes de añadir que, según «todas las leyes que han existido sobre el control territorial durante 500 años», un Estado debe ser capaz de «defender, mejorar y habitar» un territorio para controlarlo. En su diagnóstico, Dinamarca habría fracasado en las tres dimensiones.
Más allá de su tono provocador, el argumento de Miller es profundamente revelador: la legitimidad territorial ya no emana del derecho internacional ni del consentimiento político, sino de la capacidad material de ejercer dominio. Desde esta perspectiva, que Estados Unidos gaste «miles de millones de dólares» defendiendo Groenlandia para otro país sería un «acuerdo injusto» para los estadounidenses, que —en palabras de Miller— han subsidiado la defensa europea durante generaciones con «dólares estadounidenses, sangre estadounidense e ingenio estadounidense».
Estas afirmaciones no solo tensaron las relaciones con Copenhague, sino que sacudieron los cimientos de la OTAN. Para muchos aliados europeos, el mensaje fue inequívoco: la seguridad colectiva ya no es un compromiso basado en valores compartidos, sino una transacción condicionada a beneficios tangibles para Washington.
En paralelo, la relación con China ha evolucionado de una guerra comercial a una competencia estratégica abierta. La administración Trump ha enviado un mensaje claro a Pekín: el hemisferio occidental es una zona prioritaria de influencia estadounidense. Desde advertencias sobre infraestructura estratégica en Panamá hasta presiones diplomáticas en el Caribe, Washington busca frenar la expansión china, aun a riesgo de escalar tensiones globales y erosionar alianzas tradicionales.
Paradójicamente, una de las consecuencias más visibles de esta estrategia se observa en Canadá. En un giro impensable hace apenas unos años, el primer ministro Mark Carney viajó recientemente a Pekín, donde habló de una «nueva era» en las relaciones entre Canadá y China, describiendo a ambos países como «socios estratégicos». Que Canadá busque ahora diversificar sus alianzas no responde a una afinidad ideológica con China, sino a una percepción creciente de riesgo.
Bajo Trump, Estados Unidos ha pasado, para algunos de sus socios más cercanos, de ser un garante predecible del orden internacional a un actor volátil, dispuesto a instrumentalizar incluso las relaciones más sólidas en función de objetivos coyunturales.
Europa vive una inquietud similar. La insistencia de Trump en que países como Alemania o Francia incrementen drásticamente su gasto en defensa —bajo la amenaza explícita de retirar apoyo— ha reavivado debates sobre la autonomía estratégica europea y ha debilitado la cohesión transatlántica.
El resultado es claro: el universalismo liberal se encuentra en crisis profunda. No ha desaparecido, pero ha sido erosionado de forma sistemática por una administración que concibe la política exterior como un ejercicio unilateral, transaccional y, en muchos casos, coercitivo. Al cerrar este primer año de la segunda presidencia de Trump, la pregunta central sigue abierta: ¿conducirá este retorno explícito de la «voluntad de poder» a una estabilidad basada en la dominación, o a un periodo prolongado de rivalidades, fragmentación y conflicto? El desenlace aún está por escribirse. Pero algo ya es innegable: el mundo posterior al universalismo liberal es un mundo más incierto, y Estados Unidos ya no actúa como su árbitro principal, sino como uno de sus protagonistas más implacables.