Empédocles: amor versus odio
Varias son las escuelas de pensamiento filosófico o religioso que han postulado la existencia de dos principios opuestos y complementarios de la realidad. En el campo de la religión el llamado dualismo explica la creación y funcionamiento del mundo a partir de dos principios opuestos, normalmente concebidos como el polo positivo y el negativo, el bien y el mal. En la historia de las religiones lo vemos especialmente en el zoroastrismo persa, con Ahura Mazda y Ahriman, pero hay otras corrientes religiosas, desde la antigüedad hasta nuestros días, que han sido dualistas de algún modo: pasa en Grecia con el orfismo, en la antigüedad tardía con el gnosticismo cristiano o el maniqueísmo y, más al oriente, con las ideas primordiales chinas sobre los principios opuestos del yin y el yang del taoísmo. Todo ello tiene algunos rasgos difusos en común. Normalmente la teología de los monoteísmos ha luchado especialmente contra los dualismos, pero hay quien ha visto en la figura de Satán, Iblis o el maligno, un eco de un cierto dualismo en estadios antiguos de las religiones del libro.
En filosofía, por otro lado, tenemos algunos filósofos destacados de la antigüedad, que nos ayudan a seguir pensando en la naturaleza dual de ciertos comportamientos y patrones. Lo más conocido es el dualismo de Descartes entre mente y cuerpo, que crea un abismo metafísico entre la «res cogitans» y la «res extensa». En lo moderno hay dualismos jurídicos, económicos y psicológicos, pero todos remontan a antiguas concepciones.
En el mundo griego antiguo, el dualista filosófico más conocido es Empédocles, aunque también hay rasgos de dualismo en el pitagorismo, con sus parejas opuestas entre límite e ilimitado, par e impar, masculino y femenino. Y luego también habrá un eco interesante de ello en Platón con los dos planos que postula su metafísica, el mundo inteligible y el mundo sensible. También en las Upanishads de la India hay dos principios eternos e increados el Pusa como espíritu puro (Purusha) y la materia (Prakriti), y se teoriza también hay una metafísica dualista más allá de nuestra percepción errónea o ilusoria (Maya) de la separación entre el individuo (Atman) y la Realidad Última (Brahman), cuya superación nos llevará a la certeza de la no-dualidad (Advaita).
La fuerza creadora y la destructora
Sin embargo, el dualismo de Empédocles es el más interesante para nosotros ahora. Recordamos que había postulado cuatro principios o elementos para la naturaleza: fuego, aire, agua y tierra. Pero estos elementos están movidos por dos causas motrices, la fuerza creadora y la destructora, el amor y la lucha, llamadas a veces Philia y Neikos, o Afrodita y Odio. El amor es la fuerza que impulsa a la mezcla de uno y otro elemento y la lucha, por el contrario, conduce a la separación, en un movimiento circular que va formando las criaturas de este mundo en una sucesión rotatoria. El cambio es lo único que existe realmente, de modo que la naturaleza aparece en Empédocles como un ente dinámico, sometido a un proceso cósmico continuo de unión y separación de elementos. «Todos estos [elementos] –el sol brillante [fuego], la tierra, el cielo [aire] y el mar [agua]– están animados de fuerza de atracción hacia sus partes, todas las que yerran separadas de ellos en los seres mortales. Así, también, todas las cosas que están más dispuestas a mezclarse, se desean recíprocamente, hechas semejantes por Afrodita. Pero en cambio, son enemigas en máximo grado, cuanto más difieren por su origen, por mezcla y por formas impresas, llevadas por su deseo a no unirse y muy tristes, por mandato de la Inamistad, que les dio nacimiento.» (Frag. 22DK)
Hay un aspecto casi evolutivo en estas transformaciones de los elementos que van cambiando y mejorando: los hombres son producto de una evolución en la que, en primer lugar, son membra disiecta; luego, poco a poco, va generándose un ser compuesto de partes y miembros surgidos, al igual que las plantas, de la propia tierra y en los que los diferentes tejidos están, asimismo, marcados por proporciones numéricas de esos cuatro elementos (rhizomata). Al fin, su permanencia básica en cuanto a los elementos de que se compone y el hecho de que todo se basa en las mismas sustancias que propicia esta antropología empedoclea recuerda de cerca a la idea de la reencarnación que ya defendieran los pitagóricos: «Ellos [los elementos] permanecen los mismos; pero pasando los unos a través de los otros, se convierten en distintos de aspecto; de tal manera se cambian por la mezcla. Porque todos los seres, todos los que han sido, son y serán, nacen de éstos: árboles, hombres y mujeres, fieras, aves y peces que viven en el agua, y los números longevos a los que se rinde culto.» (Frag. 21 DK).
En fin, Empedocles sigue siendo muy relevante como el gran pluralista de los primeros tiempos del pensamiento occidental, que además postuló dos fuerzas o principios opuestos, el amor y el odio, que hoy, ciertamente, nos siguen dando mucho que pensar.