Cuba en la cuenta de ¿todos?
Cuba cerró otro año de resistencia épica. Está a la vista en los estantes que aguardan productos básicos, la incertidumbre que acompaña el día a día y la urgencia de soluciones que no admiten más dilación. La dirección política y estatal ha sido clara: la economía y la vida cotidiana exigen respuestas más profundas, rápidas y responsables.
Están equivocados quienes piensen que cambiar ese estado de cosas requiere solo de adecuados incentivos para la economía. Sin una renovada compulsión y movilización política los obstáculos serán mayores y las metas más difíciles de alcanzar. No en vano se reclama movilizar la acción colectiva. Y en ese «todos» hay un sector cuya fuerza, energía y talento constituyen un reservorio estratégico, todavía no plenamente movilizado: las juventudes.
No se trata de una simple apreciación de este reportero que ha tenido la oportunidad de acompañarlos en varias de sus iniciativas, lo reclama constantemente, también, la máxima dirección del país. Lo hace porque en momentos como estos nuestra historia demuestra que las nuevas generaciones siempre estuvieron en la línea delantera del sacrificio, a la vanguardia en la disposición para acometer las más difíciles y arriesgadas misiones, dispuesta a realizar los más grandes esfuerzos y contribuir a la recuperación y el bienestar de la nación.
Pensemos, por ejemplo, en los actos de cotidiano heroísmo de los últimos tiempos: los jóvenes que durante la pandemia de la COVID-19 asumieron la pesquisa activa en las comunidades; en los héroes del rescate en el Saratoga o en el incendio en Matanzas; los que en fecha reciente subieron lomas en el oriente del país para evaluar daños y tender una mano tras el huracán Melissa, los que combinan sus estudios universitarios con la noble tarea de impartir clases, los que, con temple admirable, dirigen entidades clave del país.
El aporte de segmentos juveniles de vanguardia es palpable. Pero falta mucho. El propio
Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, insiste en que «siempre hay una tarea que darle a los jóvenes, hay alguna tarea a la cual convocarlos o comprometerlos, porque se sabe que si está en sus manos se va a potenciar más, se va a desarrollar más y también los compromete y les da un espacio para participar».
Esa convicción tiene sus raíces en la esencia misma del proyecto revolucionario. Díaz-Canel recordó, en el 11no. Pleno del Comité Central del Partido Comunista, que la Revolución «nació como un proyecto de juventud y solo podrá continuar si los jóvenes la sienten y la hacen suya». El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, cuyo centenario celebraremos en este 2026, depositó su confianza en lo que esta generación es capaz de aportar. El General de Ejército Raúl Castro Ruz nos pidió que esta fuera siempre una Revolución joven.
La pregunta, entonces, es apremiante: ¿cómo lograr esa vitalidad perpetua si aún no hemos sido capaces de motivar y movilizar, en toda su dimensión, la chispa y las nuevas formas de hacer de nuestros jóvenes? Para las vanguardias juveniles en ello reside, quizá, el desafío mayor. Y la responsabilidad principal en este empeño corresponde a la Unión de Jóvenes Comunistas. Por mandato constitucional es la organización llamada a conducir, estimular y canalizar ese torrente de energía.
Para ello debe emprender una transformación profunda. Debe trascender la percepción —real en muchos espacios— de reducir su labor de liderazgo a la elaboración del acta de una reunión, la recogida de la cotización y los encuentros formales. La Juventud Comunista y su arco de organizaciones tienen que convertirse en el catalizador dinámico de iniciativas, en el espacio donde la creatividad encuentre cauce concreto y responsabilidad. Tienen ante sí la tarea de reinventarse para inspirar, para ser imán y no barrera.
Ese liderazgo ideal exige resolver un grupo de problemas que hoy siguen lacerando el vínculo y la participación política efectiva de las nuevas generaciones. El 11no. Pleno del Comité Central del Partido fue claro al orientar «que en cada provincia y municipio se trabaje junto a las organizaciones juveniles y estudiantiles en planes específicos para la inserción laboral de los jóvenes, para el acompañamiento a quienes ni estudian ni trabajan y para el desarrollo de emprendimientos productivos y sociales que encaucen la creatividad y la responsabilidad de las nuevas generaciones».
El Presidente lo ha dicho con crudeza y claridad: «no nos resignamos a que el talento joven se desperdicie y que la migración siga siendo un plan de vida». No, eso no podrá seguir siendo, porque la juventud cubana no es solo beneficiada con políticas sociales, es protagonista de la transformación.
El recién concluido debate del Programa de Gobierno para corregir distorsiones y reimpulsar la economía tiene que tener la impronta irreverente y propositiva de los jóvenes. No puede ser un ejercicio teórico ajeno a las investigaciones que hoy duermen en gavetas universitarias, a la ciencia joven que demanda espacios en laboratorios, a la fuerza innovadora que busca cómo materializarse. Si «todas las fuerzas y energías…, deben consagrarse al mejoramiento de la situación del país», como se proclamó en el Parlamento, entonces la participación juvenil en todos los ámbitos no es solo una opción.
La historia nos brinda un espejo elocuente: Fidel tenía 31 años al triunfo de la Revolución. Aquella fue una gesta de jóvenes. Hoy, el desafío es de otra índole, pero requiere la misma audacia y entrega. Se trata de tomar a Cuba, no con las armas de entonces, sino con el trabajo, la fuerza intelectual, las ideas renovadoras y un amor patriotico que se exprese en la obra concreta.
La Revolución no es un museo que custodia las hazañas de 1959 o los años 60. La Revolución —la construcción diaria de un país más justo, soberano y próspero— hay que hacerla todos los días. Y para eso es vital escucharnos, acercarnos, unirnos sin temor a impulsar todos los cambios que demanda el nuevo contexto.
Por eso 2026 puede y debe ser un año simbólico de doble consagración. Dedicado al centenario de Fidel, debe ser también el año de las juventudes cubanas. No por decreto, sino por obras y hechos concretos. Tiene que ser el año en que esa fuerza se multiplique en todos los escenarios, rompa la inercia paralizante, ayude al cambio de mentalidad que muchos anhelan y contribuya a eliminar las insuficiencias, lentitudes y obstáculos.
En el proceso político Mis manos por Cuba, que comenzó recientemente liderado por la UJC, existe una oportunidad tremenda para materializar muchos aportes y ponerles luz a las salidas de los problemas mencionados. Y puede serlo, más cuando se ha pensado y diseñado desde varios frentes dedicados a las labores productivas, de infraestructura social o de apoyo a sectores priorizados, a las rutas y encuentros con la historia, sobre todo desde lo local, al trabajo social comunitario vinculando higienización, actividades recreativas, deportivas y el arte; la atención a los jóvenes en situación de vulnerabilidad, a hogares de niños sin cuidado parental, a las casas de abuelos…
Hagamos de 2026 el motivo para que todo joven vuelva a pensar en su proyecto de vida en Cuba con fuerza y esperanza. Una movilización que comience en el barrio y llegue a todos los espacios. Cultivar la certidumbre de que su futuro será aquí, en su Patria, y se construye con la voluntad colectiva.
Militen o no en la UJC, los jóvenes deben ser enamorados e involucrados a sentirse parte esencial de un futuro posible y digno en esta tierra. Es la oportunidad —acaso la más decisiva— para participar, crear, soñar y aportar. Construir la Cuba que queremos y necesitamos no es más que hacer, al fin y al cabo, por nosotros mismos. La hora, sin duda, es de la juventud. Que su respuesta defina el mañana.