¿Por qué Franco sigue ganando la guerra? (a pesar de todo)
En tiempos de guerra, el gobierno republicano celebraba el 18 de julio por ser el día primero de la revolución española. A [[LINK:TAG|||tag|||6336150287d98e3342b26c2f|||Manuel Azaña]], bien consciente del lamentable papel que le hacían jugar, se le encargaba algún discurso conmemorativo, que trufaba de críticas veladas y transparentes al Gobierno y a su política de guerra. Era su forma de evadirse de una situación que detestaba, pero a la que otorgaba respetabilidad al seguir en la Presidencia de la República. Casi peor fue lo que vino después, cuando los comunistas, con la vista puesta en la suya propia, la que vendría después de la guerra, reprimieron esta primera revolución anarco-sindicalista a sangre y fuego. Siempre con Azaña al frente, para enmascarar la realidad.
Este es el nudo que permite comprender la poco afortunada gestión de la guerra en el bando republicano. O, como pregunta Miguel Platón en el título de su último libro, «Por qué Franco ganó la guerra». Miguel Platón, gran periodista y excelente historiador, ha escrito importantes libros de investigación sobre el período, entre ellos el monumental «Así comenzó la Guerra Civil» y otro esclarecedor sobre «La represión de la posguerra». Ahora presenta, con la meticulosidad y la honradez que le caracterizan, un repaso de los hechos que permiten comprender por qué la República fue derrotada por quienes, en los primeros momentos de la contienda, tenían casi todo en contra. Organizado de forma didáctica en capítulos breves, e ilustrado con reflexiones de los protagonistas y algunas fotografías impresionantes –más de una trucada, como corresponde a aquel gigantesco montaje propagandístico que fue la [[LINK:TAG|||tag|||6336122c5c059a26e23f751a|||Guerra Civil]]–, el nuevo libro resume los elementos de un debate que empieza a estar cerrado.
El silencio sobre la guerra lo rompen los socialistas con la Ley de la Memoria histórica de 2007
El amable lector ya habrá comprendido que mejor libro para recordar el año dedicado a conmemorar la muerte de[[LINK:TAG|||tag|||633618f159a61a391e0a15f7||| Francisco Franco]] que uno que se pregunta por qué la ganó el dictador. Y es que, efectivamente, este asunto, el de la derrota de la República, es el trasfondo nunca explicitado sobre el que se han desarrollado los festejos y las celebraciones, tan poco lucidas, del año recién terminado. Celebrar la muerte de Franco sigue siendo, efectivamente, una confesión de impotencia: la democracia no llegó hasta que falleció el dictador, y se levantó gracias a una sociedad vertebrada y moderna, formada y asentada durante la dictadura.
Se explica así el silencio que se mantuvo oficialmente, durante muchos años, sobre la dictadura e incluso sobre la guerra y la República. Lo rompieron los socialistas, en dos fases, con la Ley de Memoria Histórica en 2007, y con la Ley de Memoria Democrática en 2022. Se trataba, y se trata, de borrar literalmente el recuerdo de Franco, de su régimen y de las razones de su victoria en todas las instancias: en los recuerdos personales, en el espacio público y en los estudios académicos. Y para ello hay que convertir a Franco en un monstruo político, un Hitler que llevó a cabo un [[LINK:TAG|||tag|||6336147987d98e3342b26b06|||Holocausto]]: el Holocausto español, como se titula un libro escrito en esa línea.
La República fue derrotada por los que, en el primer momento, lo tenían todo en contra
Era y es una empresa imposible porque Franco no es Hitler, ni en España se produjo ningún «Holocausto». Lo más parecido a un genocidio fue el intento de exterminio de los católicos, con unas 7.000 personas asesinadas por serlo. En cuanto a la represión, las cifras son, durante la guerra, bastante parecidas en uno y otro bando. Por si todo esto fuera poco, es imposible borrar cuarenta años de la historia de un país. No se puede demoler todo lo hecho en ese tiempo, ni los monumentos que lo celebraron. No se puede anular los recuerdos de las familias. Y tampoco se puede censurar la libertad de expresión, por mucho que se amenace con el recurso a la justicia.
La revolución por hacer
En realidad, se ha tratado de aplicar un proyecto de raíz y ambiciones totalitarias a una sociedad abierta y pluralista. En un registro más pedestre, se ha utilizado la historia para respaldar una determinada política, la de la creación de la España plurinacional, con el Partido Socialista Obrero Español a la cabeza, mediante un chantaje que equivale a un trágala.
El primer efecto, descontado por los socialistas y sus socios plurinacionales, ha sido mantener al centro derecha tradicional en su amedrentamiento acostumbrado. Se han escuchado voces bien intencionadas, pero nunca, ni una sola vez, se ha articulado una política alternativa, que dé argumentos propios y distintos a la opinión pública y a la ciudadanía. ¿Acaso no los hay para hablar de otro modo de la República, de la Guerra, y de lo ocurrido, fuera de la política, en la sociedad española durante la dictadura?... Hay quien atribuye esta inacción a la conciencia de la responsabilidad que se le viene encima a ese mismo centro derecha una vez terminados los años socialistas. A quien todo esto firma, esta explicación le parece optimista. No se ve en este campo el menor indicio de una reflexión estratégica de largo plazo.
Un segundo efecto procede de las consecuencias de la propia campaña antifranquista. Desde el primer momento, fueron visibles en la desgana con que el Gobierno y las fuerzas afines abordaron la gran campaña de propaganda. Ni sus promotores y protagonistas creían, ni creen, nada de lo que están planteando. Es cierto que en otros campos, como en la historiografía y en las artes subvencionadas, se ha producido una llamarada de ferviente entusiasmo en contra de Franco. Ahora bien, el tono y el fondo son tan exaltados que sólo convencen a los previamente convencidos. Ni una sola vez se ha intentado hablar para quienes no comparten las creencias de los interesados. Y el grado de sectarismo, lindante muchas veces con lo grotesco, indica que se es muy consciente de que fuera, allí donde no alcanza el diseño político oficial, hay otra cosa, o muchas, y mucho más interesantes.
Y efectivamente es ahí donde está lo nuevo. No se trata sólo, como se ha observado con pertinencia, de que el antifranquismo retrospectivo haya llegado a saturar de tal modo la vida pública que Franco y su dictadura empiecen a resultar atractivos e incluso simpáticos, por lo menos más que la hipocresía y el cinismo propagandístico de hoy. Es que si una democracia liberal puede ser puesta al servicio de un proyecto totalitario como es del socialismo, el efecto corrosivo llegará a afectar a la propia legitimidad del régimen democrático. La dictadura de Franco empieza a resultar atractiva porque encarna –de forma muy mitificada, todo hay que decirlo–, un mundo más amable en cuanto a cohesión social, estabilidad, prosperidad y perspectivas de vida. Y además Franco encarna una alternativa completa a un régimen con el que una parte de la opinión pública, en particular la formada por los jóvenes, no se identifican porque, entre otras cosas, ya no encarna para ellos la libertad que representó en su día.
Falta de confianza
También en este punto la reflexión histórica, y en particular libros como el de Miguel Platón, ayudan a aclarar la situación. A Franco la democracia no le parecía forzosamente negativa, aunque no confiaba en la capacidad de sus compatriotas para organizar partidos políticos que fueran algo más que grupos de interés personalistas. Contra lo que Franco se alzó no fue contra la democracia, sino contra la revolución, y aunque es verdad que él mismo y sus compañeros la provocaron con su golpe de Estado, para él la revolución ya era una realidad antes del 18 de julio. Si los republicanos perdieron la guerra fue porque en vez de concentrarse en esta, dispersaron sus fuerzas: unos en hacer la revolución, otros en controlarla y reprimirla.
Esa es la historia que el norteamericano Burnett Bolloten, citado por Miguel Platón, expuso en su fundamental The Grand Camouflage, «La gran estafa», que se sigue escenificando a día de hoy ante los españoles, cada vez más escépticos. En otras palabras, si la República hubiera estado en condiciones de ganar la guerra, esta no se habría producido. Muchos españoles, como Azaña, lo supieron bien en su día, aunque la brutalidad de lo ocurrido y la infinita complejidad política y moral a la que dio lugar facilitaran luego el camino a un proyecto totalitario que continúa aquel. Y destructivo hoy como lo fue entonces. La izquierda española sigue empeñada en hacer su revolución.