La sombra de Trump se alarga sobre Groenlandia
"Negocia o te invado" parece una frase sacada de los peores anales del siglo pasado, como el tiempo en el que el diplomático británico Neville Chamberlain trataba con el canciller alemán Adolf Hitler para que este detuviese su avance sobre Europa. El ascenso meteórico del nazismo gracias a la propaganda y a un líder histriónico habían sorprendido a un continente que quería olvidar la Primera Guerra Mundial. Los errores y el horror que vinieron a continuación son historia pasada, aunque el paralelismo actual aplicado a la exigencia de que Groenlandia le sea entregada al presidente estadounidense, Donald Trump, es más que escalofriante porque “la historia se repite. Ese es uno de los errores de la historia”, según escribió el naturalista británico Charles Darwin. ¿La reunión celebrada el pasado miércoles en la Casa Blanca es un paso en esa dirección?
El encuentro no resolvió las diferencias. Las posiciones de ambos campos políticos siguen contrapuestas. Más aún, la reunión se produjo en un contexto de tensiones crecientes, cuyo aspecto más preocupante es el envío de refuerzos militares europeos a Groenlandia. Copenhague y Nuuk se mantuvieron firmes. “No logramos cambiar la posición estadounidense. Está claro que el presidente tiene el deseo de conquistar Groenlandia”, indicó el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen. “La toma de control no es necesaria, y no está en el interés del Reino”, añadió, aunque también anunció la formación de un “grupo de trabajo de alto nivel” para buscar puntos de acuerdo y desencallar la situación.
La ministra de Asuntos Exteriores groenlandesa, Vivian Motzfeldt, se sumó a su homólogo escandinavo y puso límites: “Estamos abiertos a cooperar, pero eso no significa que queramos ser propiedad de Estados Unidos”, aseguró, indicando que la soberanía de la isla es “una línea roja”. Ese era un mensaje directo para Donald Trump. Aunque el magnate neoyorkino no formó parte de la reunión, estuvo muy presente a través de sus declaraciones. Además del manido “la necesitamos por motivos de seguridad nacional” ante la amenaza de Rusia y China, el presidente amenazó: “cualquier cosa diferente sería inaceptable”. Sin embargo, la Casa Blanca describió el encuentro como “productivo”.
En cuanto a la negociación, primero hay que tener en cuenta que este es un caso de dos países aliados, con estrechos lazos culturales y de sangre, porque, entre otros lugares, combatieron juntos en los durísimos e inhóspitos desiertos y valles de Afganistán. Dos naciones amigas cuya relación ha cambiado de golpe porque Washington exige que le entreguen parte de sus fronteras, a las que ya tenía acceso completo tanto territorialmente, como indica el pacto firmado con Dinamarca en 1951, como para la extracción de los recursos naturales.
En este sentido, qué más puede ofrecer el Gobierno danés en materia de seguridad y recursos para convencer a Trump de que una invasión es el peor de los escenarios posibles, ya que llevaría a la disolución de la OTAN y al fin de la alianza con Europa. Esto último, por sí solo, es una razón obvia y suficiente. No obstante, ¿Trump sería capaz de invadir, o la amenaza es otra de sus tácticas de negociación esbozadas en El arte del trato (1987)? Es decir, negocia pidiendo la luna, deja descolocado al adversario, aprovéchate de su debilidad, del caos que provocas, y así obtendrás lo que realmente quieres. En este caso: el control absoluto del territorio y los recursos de Groenlandia.
¿Qué puede ofrecer Copenhague para saciar esa necesidad territorial, ese eco colonialista, que Washington no tenga ya? Dinamarca tiene algún as en la manga. Pocos, pero podrían resultar para para intentar convencer a Trump. La clave es ceder, más si cabe, en materia de seguridad, control de las rutas comerciales emergentes gracias al deshielo del Ártico y los beneficios estratégicos y económicos para Estados Unidos. De esta manera, Copenhague podría ofrecer una mayor presencia militar conjunta con la OTAN en Groenlandia, la ampliación del acceso estadounidense a bases, radares y puertos englobados en un sistema con menos burocracia y más soberanía operativa, y una cuantiosa inversión danesa en infraestructuras que reduzca el coste de Washington.
Si el Gobierno danés establece un compromiso claro con el gasto militar estadounidense, para este el negocio sería redondo. Dinamarca es capaz de superar en defensa el 2 % de su Producto Interior Bruto, así como puede comprar material militar del Pentágono (aviones, sistemas antimisiles, drones, vehículos, munición) para operarlo conjuntamente en el Ártico con el resto de las misiones de la OTAN. Esta fue una estrategia comercial armamentística que a Washington le dio excelentes resultados durante el conflicto de Afganistán. Por otro lado, los daneses también podrían actuar en el ámbito diplomático bloqueando cualquier inversión de China o Rusia en Groenlandia, bajo la tutela explícita de la Casa Blanca. Excluirlos para siempre del Ártico.
Por supuesto, los Gobiernos danés y groenlandés también pueden ofrecer la promesa del acceso total al gran botín que son los recursos naturales que se esconden en la isla helada. Petróleo, tierras raras, uranio y demás materias primas que, aunque no son explotables rápidamente, pueden suponer una ventaja estratégica para Estados Unidos ante sus competidores. En este sentido, Dinamarca y Groenlandia están dispuestas a dárselos en bandeja con una preferencia comercial para las empresas estadounidenses, marcos regulatorios favorables y la total exclusión de sus rivales.
Hay otro factor en juego. El que da más miedo. Trump no solo quiere Groenlandia por sus recursos sino para añadir la gesta a su leyenda. La obsesión por su legado ha sido descrita por muchos de sus colaboradores cercanos. Añadir su nombre al sacrosanto Kennedy Centre de Washington, o el Arco del Triunfo que dice querer construir en la capital en su honor al estilo cesariano o napoleónico, son solo dos de las docenas de ejemplos que hacen creíble esa obsesión. Por ello, también existe la posibilidad de que el presidente quiera emular las expansiones territoriales del siglo XIX, desde la compra de Alaska hasta la absorción de los territorios del sur y oeste del país.
Europa cruza los dedos para que la amenaza de invasión solo sea un recurso retórico de un líder que no cree en la legalidad internacional, según ha declarado Trump en numerosas ocasiones. Aunque, por esa misma razón, la amenaza puede convertirse en realidad. Si las negociaciones fracasan del todo y ordena una invasión militar, la ofensiva aérea y terrestre del poderío militar de Washington, el cual está presente en la isla desde 1951, será rápida y con pocas bajas. Conquistar un país de 56.000 habitantes no supone un reto. Sin embargo, el día después, Europa y Estados Unidos serían enemigos y el orden mundial establecido después de la Segunda Guerra Mundial llegaría a su fin.