Sexo en la amistad: el amor después del amor
En su exposición en el Congreso Futuro 2026, Marie Bergström, investigadora del Instituto Francés de Estudios Demográficos, propuso una tesis tan sugerente como inquietante: entre los jóvenes, el sexo ha dejado de organizarse en torno al amor y se ha reconfigurado crecientemente como una práctica inscrita en la amistad. No se trataría simplemente de relaciones casuales, ni tampoco de parejas en sentido clásico, sino de una forma intermedia: vínculos íntimos, sexualizados, pero deliberadamente desprovistos de compromiso amoroso.
El dato empírico es relevante, pero lo es aún más el cambio cultural que revela. El amor, históricamente asociado a promesa, exclusividad y reconocimiento mutuo, pierde centralidad como marco normativo de la sexualidad. En su lugar aparece la amistad, una relación definida por la horizontalidad, la reversibilidad y la ausencia de obligaciones fuertes. El sexo ya no inaugura una historia compartida ni anticipa un proyecto; se integra en relaciones mantenidas en un estado de indeterminación controlada.
Desde una perspectiva sociológica crítica, como la propuesta por Eva Illouz, este desplazamiento no puede leerse solo como una expansión de libertades o como un signo de pragmatismo generacional. Tiene algo de eso, como remarca Bergström, pero una mirada más amplia muestra que se trata de un fenómeno ambivalente: implica un desacoplamiento estructural entre sexo, amor y reconocimiento personal. Tener sexo deja de ser una forma de ser elegido por otro significativo y se convierte en una experiencia relacional de bajo riesgo simbólico. El sexo se vuelve gestionable, negociable y compatible con la exigencia contemporánea de autonomía permanente.
La clave no está únicamente en el sexo, sino en la elección de la amistad como soporte del vínculo. La amistad ofrece cercanía sin promesa, intimidad sin deuda y afecto sin asimetría explícita. En un contexto social que penaliza la dependencia y convierte la vulnerabilidad emocional en un déficit, el amor aparece como una experiencia peligrosa: expone al rechazo, introduce desigualdades de implicación y amenaza el ideal de control sobre la propia vida. La amistad, en cambio, funciona como una tecnología relacional de seguridad.
Bergström subraya, además, la convergencia entre hombres y mujeres en estas prácticas. Las diferencias de género tienden a reducirse, al menos en actitudes y comportamientos declarados. Este fenómeno suele interpretarse como un avance hacia la igualdad, pero cabe formular una pregunta incómoda: ¿igualdad a partir de qué transformación? Más que una redistribución justa del reconocimiento amoroso, lo que parece emerger es una igualación por vía defensiva. Ambos géneros aprenden a no pedir demasiado, a no definir el vínculo y a no exponerse al costo emocional del amor.
La proliferación de nuevas categorías relacionales —amigos con sexo, vínculos sin compromiso, intimidades no amorosas— no es un simple enriquecimiento del lenguaje. Es el síntoma de una cultura que ha perdido las instituciones capaces de estabilizar el sentido de las relaciones. El lenguaje ya no nombra certezas: administra ambigüedades. Sirve para reducir expectativas, prevenir reclamos y legitimar la retirada anticipada antes de que aparezca la demanda afectiva.
Lo más problemático de este nuevo régimen de intimidad no es lo que muestra, sino lo que deja fuera del análisis: ¿qué ocurre cuando uno de los involucrados desea transformar el vínculo en una relación amorosa?, ¿quién tiene el poder de definir “lo que somos” cuando hay desacuerdo?, ¿cómo se distribuye el sufrimiento emocional en relaciones que se presentan como simétricas, pero no siempre lo son? Estas preguntas rara vez aparecen, y no por casualidad.
El trasfondo es una ética relacional que convierte la autosuficiencia en ideal moral. El sujeto valioso es aquel que no necesita, no depende y no arriesga demasiado. En otro momento se vivía la valentía de sufrir por amor, experiencia constitutiva de las historias que luego las parejas reconstruían como su historia de amor y su “cómo se conocieron”.
En este marco, el amor no desaparece porque haya dejado de ser deseado, sino porque se ha vuelto excesivamente costoso en términos simbólicos y emocionales. Amar implica aceptar la fragilidad, y la vulnerabilidad se vive hoy como una forma de fracaso individual.
Leída críticamente, la tesis de Bergström no describe solo una mutación de las costumbres juveniles. Da cuenta de un régimen social de la intimidad en el que la lógica de la gestión, la reversibilidad y el bajo compromiso se han infiltrado en la vida afectiva. El desafío no es moralizar estas prácticas ni idealizar el pasado, sino interrogarlas: preguntarnos qué perdemos cuando la principal habilidad relacional deja de ser amar y pasa a ser retirarse a tiempo.