¿Comprar o invadir?
En aquellos años tenía España unos graves problemas internos y externos, puesto que ya Estados Unidos estaba mostrando signos de querer incorporar Cuba a sus Estados federados (uno de esos patéticos momentos se produjo cuando el ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, Stewart L. Woodford, le propuso la compra de Cuba al Gobierno español presidido por Sagasta); Alemania pretendía quedarse con las Carolinas (la necesidad para España de disponer de una gran Fuerza Naval se hizo evidente en el verano de 1.885, ante la exigencia de la soberanía de las Carolinas por parte de Alemania, que originó un serio conflicto internacional, afortunadamente no derivado en una contienda); Filipinas se enfrentaba a las guerrillas de los moros y tagalos (la insurrección separatista se resolvió a través de la paz de Biac Na Bató, firmada en diciembre de 1887 por Emilio Aguinaldo a cambio del perdón y la subvención de 400.000 pesos para él y sus colaboradores) y con la potencial amenaza de una nación, Japón, que intentaba expandirse por el Océano Pacífico.
Era, por lo tanto, evidente que la defensa de todas estas provincias de Ultramar requería un estudio muy profundo por parte de los diferentes Gobiernos conservadores y liberales que se estaban alternando a lo largo de aquellos años. Pero los políticos no parecían tener claro la influencia de la Armada en tiempos de paz y, por lo tanto, desconocían, o no querían ver, la importancia de ésta en periodos de guerra.
Con unas Escuadras a medio armar y con buques de diferentes características, la Armada sufrió aquel desastre naval a mediados del 1898, con la consabida destrucción de gran parte de los buques que componían la Flota y, sobre todo, de nuestras muy apreciadas provincias de ultramar.
Por el Tratado de paz entre España y Estados Unidos, firmado en París a finales del 1898, España renunció a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba y le cedió la isla de Puerto Rico y las demás, que estaban bajo soberanía española en las Indias Occidentales, y la isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas. También cedió a Estados Unidos el archipiélago conocido por las Islas Filipinas. Estados Unidos pagó a España la suma de veinte millones de dólares después del canje de ratificaciones del presente Tratado.
Por el Tratado germano-español del 1899, el Gobierno español cedió al Imperio de Alemania las islas Carolinas con las Palaos y las Marianas, excepto Guam. Alemania indemnizó la cesión de los territorios citados mediante la suma de 25 millones de pesetas.
Por el Tratado de Washington del 1900 hubo otro Acuerdo entre España y Estados Unidos, por el que España renunció a favor de Estados Unidos a todo título o derecho que, al firmarse el Tratado de Paz en París, hubiese podido tener sobre cada una o todas las islas pertenecientes al archipiélago filipino, y especialmente a las islas de Calayán, Joló, Sibutú y sus dependencias, y convino en que todas ellas quedasen comprendidas en la cesión del archipiélago en idénticas condiciones a aquéllas que fueron expresamente incluidas dentro de la mencionada delimitación. Estados Unidos, en atención a esta renuncia, pagó a España la suma de cien mil dólares.
Y esto que escribo sucedió hace más de un siglo. ¿Qué está pasando actualmente respecto a Groenlandia, en donde Estados Unidos pretende apoderarse de dicha isla, por medio de dos posibilidades: la compra o la invasión?
También podría ocurrir, en un futuro no muy lejano, una hipotética marcha verde sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, de la misma forma en la que Marruecos se apoderó del Sahara. La Historia puede repetirse, aunque al Gobierno español no le consta.
Miguel Ángel Garat Ojeda
Capitán de navío (R)