Walls: "Si mi generación no se puede independizar no es porque esté pagando Netflix"
La carrera de Walls va a toda velocidad, como en circuito de Daytona. Ginés Paredes Giménez (Murcia, 2000) fue, con la mayoría de edad recién alcanzada, subcampeón de España de rimas improvisadas en batallas de gallos. Sin embargo, dejó los duelos de versos para grabar su primer disco en 2022, en unas coordenadas de pop electrónico que ha ido abandonando para adentrarse en el rock noventero. Ahora publica el tercero, «El día que me olvides». Y en él habla de la muerte, de trascender, de las despedidas. ¿Pero no es usted un poco joven? «(Risas) Sí, la verdad es que me da miedo escuchar el disco dentro de cinco o diez años y preguntarme: ‘‘¿Pero adónde iba yo con esas letras?’’. También tengo un poco de miedo de que me tomen por pedante o soberbio, pero es lo que he sentido que tenía que hacer. En cambio, no me asusta equivocarme, creo que a mi edad se aprenden muchísimas cosas en un año o dos y sé reconocer mis fallos», dice con aplomo antes de enfrentarse a la presentación de su trabajo en el Movistar Arena de Madrid, el próximo 21 de febrero.
En el caso de Walls, su madurez es lo primero que llama la atención. «Acepto la crítica constructiva porque, si me molestara, es que me he equivocado de oficio, que no estoy peparado para ser artista», asegura. Y eso, ser músico, es lo que siempre ha deseado, desde que llegó a Madrid para estudiar en la universidad –Administradción y Drirección de Empresas, primero; Periodismo, después–, pero en seguida supo que no era lo que quería. «Sentí que tenía que dedicarle toda la energía a la música, siendo Periodismo una carrera que me encantaba. Pero es que, si quería llegar a algo en lo mío, tenía que merecerlo». Sus padres lo entendieron, y, aunque no sin reticencias, le apoyaron. Al fin y al cabo, Ginés tocaba en casa la vieja guitarra de su progenitor. En su camino, en cambio, dejó al margen las seis cuerdas. «A veces me gustaría poder contar esa historia, la de que formé una banda y yo era el bajista, pero no la tengo. Empecé a tocar la guitarra con 12 años y a hacer versiones, pero no soy un guitarrista de nivel acorde al tiempo que llevo tocando. Pasé a las batallas, estuve haciendo música más urbana y ahora puedo hacer mis propios riffs en algunos temas, pero considerarme guitarrista es un insulto para el propio guitarrista de mi banda».
El final y la despedida
Su nuevo disco «va del caos a la calma. El concepto del álbum es qué quedará de nosotros cuando no estemos. Y en las últimas canciones se abraza que todo estará bien, que no pasa nada». Es algo inhabitual para un rockero de 25 años hablar de la trascendencia. «Lo entiendo, pero lo hago con tranquilidad porque es algo natural. Además, no hablo solo de trascender, sino de la idea del final de algo, de decirle adiós a algunas cosas. Y yo digo a ese respecto: no te preocupes por mí, el día que me olvides, todo está bien». Concepto controvertido el de la trascendencia en un mundo que tritura la creación y la procesa como un bien de consumo. ¿Piensa que sus canciones perdurarán? « Creo que mi música para el mercado será efímera. Pero entiendo que si digo la palabra trascender puede parecer que me pongo en plan Mahatma Ghandi, porque es una palabra muy grandilocuente, o que me refiera a llegar a millones de personas, y no es así. Yo creo que haciendo una obra puedo llegar a trascender, aunque sea en cuatro personas. Una de las cosas que más me impacta cuando se pierde a alguien cercano es que tú estás yendo a despedirte y el mundo sigue exactamente igual. La rueda sigue y creo que cuando asumes eso te das cuenta de lo pequeño que eres, que nadie importa tanto. Ahí es donde empiezas a ser feliz. Y donde empieza, o no, la trascendencia», ríe. A su generación la llaman «de cristal»: «Yo a mi alrededor solo veo gente de mi edad que es currante. Pero resulta que no nos no nos podemos mudar, no nos podemos independizar, no podemos formar una familia. Vivimos en un mundo en el que cada vez nos fijamos más en lo que hacen el de al lado, cada vez hay más exposición. Está todo mal y lo único que recibimos, de no todos, pero si de muchos de generaciones anteriores a la nuestra es llamarnos cristalitos, decirnos que somos unos quejicas. Pero la gente que si no se puede comprar una casa no es porque tenga Netflix, ya sabes, es por otras cosas".