De Bretton Woods a Mar-a-Lago
Durante décadas, el dólar fue algo más que la moneda de una potencia económica. Fue una regla. Un punto de coordinación. Un lenguaje común para el comercio, las finanzas y la acumulación de reservas. Su hegemonía no descansaba únicamente en el tamaño de la economía estadounidense, sino en algo más sutil y más poderoso: la previsibilidad institucional. Esa arquitectura nació en Bretton Woods y sobrevivió incluso al colapso del patrón oro. Hoy, sin embargo, el debate ha cambiado de tono y de escenario.
Bretton Woods representó un momento fundacional: el intento deliberado de ordenar la economía global a partir de reglas compartidas. El dólar quedó en el centro del sistema no solo porque Estados Unidos saliera fortalecido de la Segunda Guerra Mundial, sino porque aceptó una forma particular de hegemonía: una hegemonía autolimitada. La convertibilidad al oro primero, y la construcción de instituciones multilaterales después, anclaron la confianza en que el dólar no sería manipulado al vaivén de intereses políticos de corto plazo.
Cuando ese sistema colapsó en 1971, muchos anticiparon el fin del orden monetario global. No ocurrió. El dólar no solo sobrevivió, sino que se fortaleció. ¿Por qué? Porque el respaldo cambió de naturaleza. El oro fue sustituido por credibilidad. La disciplina institucional —en particular la independencia de la Reserva Federal— se convirtió en la nueva ancla. El mundo aceptó un dólar fiduciario porque confió en que su valor sería administrado con criterios técnicos, no políticos.
Ese arreglo definió la dinámica del dólar durante medio siglo. Estados Unidos toleró déficits externos persistentes; la Fed evitó gestionar el tipo de cambio como objetivo explícito; y el dólar se consolidó como activo seguro global. En ese régimen, el dólar no era un arma ni una herramienta competitiva: era un bien público. Precisamente por eso, en momentos de crisis, el capital global corría hacia él.
Hoy, esa lógica no ha desaparecido, pero empieza a mostrar tensiones. En los últimos meses resurgieron rumores sobre reuniones privadas en Mar-a-Lago en las que se discutía, al menos de forma conceptual, la conveniencia de un dólar más débil. No se trata de un plan formal ni de una propuesta articulada. Es algo más revelador: el cambio en la conversación. El dólar, que durante décadas fue tratado como una variable técnica, vuelve a ser objeto de debate político explícito.
Aquí es donde la metáfora cobra sentido. Mar-a-Lago no simboliza un nuevo Bretton Woods. No hay acuerdo, ni reglas, ni coordinación multilateral. Representa, más bien, el tránsito hacia un mundo donde el dólar empieza a pensarse como instrumento estratégico.
Desde una perspectiva técnica, esta distinción es crucial. No estamos ante una desdolarización abrupta ni ante el colapso de la hegemonía monetaria estadounidense. Los datos son claros: el dólar sigue dominando las reservas internacionales, la facturación del comercio, los mercados de deuda y los sistemas de pago. Lo que está cambiando es el margen. El uso del dólar se vuelve más fragmentado, más regional, más politizado. Su neutralidad, que era uno de sus mayores activos, comienza a erosionarse en el discurso, aunque no todavía al mismo ritmo en los hechos.
Este punto ha sido subrayado recientemente por el Institute of International Finance: el riesgo para el dólar no es su reemplazo, sino el aumento de fricciones en su uso. Sanciones financieras, controles de exportación, disputas comerciales y ahora también retórica cambiaria configuran un entorno donde el dólar sigue siendo dominante, pero ya no es percibido como completamente neutral por todos los actores. Esa percepción importa, porque influye en decisiones marginales de diversificación, cobertura y arquitectura financiera.
El límite de esta evolución sigue siendo claro: la independencia de la Reserva Federal. Mientras la política monetaria permanezca separada del ciclo político y el tipo de cambio no se convierta en objetivo explícito, la hegemonía del dólar seguirá siendo funcional. Pero el solo hecho de que estas discusiones se desplacen de Washington a espacios privados, y de marcos técnicos a impulsos políticos, marca un cambio cualitativo en la dinámica global.
Visto así, “de Bretton Woods a Mar-a-Lago” no describe un colapso, sino una tensión. El paso de una hegemonía basada en reglas a una hegemonía tentada por el uso discrecional del poder. El dólar sigue siendo el eje del sistema, pero su fortaleza ya no descansa exclusivamente en la aceptación incuestionada de su rol, sino en la capacidad de sus instituciones para resistir la politización.
El desafío no es menor. La historia monetaria muestra que las monedas hegemónicas no colapsan de un día para otro. Se desgastan primero en los márgenes, en la narrativa, en la confianza implícita. Bretton Woods fue el momento en que el dólar se volvió global porque aceptó límites. Mar-a-Lago es el momento en que el mundo empieza a preguntarse qué ocurre si esos límites se ponen en duda.