El deshielo del Ártico y la OTAN en llamas
Groenlandia ha pasado de ser un borde olvidado del mapa a convertirse en un nodo central de la competencia entre grandes potencias. El deshielo, los minerales críticos y las nuevas rutas marítimas han reconfigurado su valor estratégico.
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Lo que está en juego no es la isla en sí, sino quién controla el futuro de nuevas rutas comerciales y militares en el Ártico.
En perspectiva. Estados Unidos ha coqueteado históricamente con el control de Groenlandia, especialmente desde el siglo XX.
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Ante la imposibilidad de Copenhague de garantizar la defensa de la isla durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió de facto su seguridad, integrando el territorio a su perímetro militar del Atlántico Norte y sentando las bases de su presencia permanente en el Ártico.
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En la posguerra, Dinamarca se negó a una oferta de Washington por la compra de Groenlandia como parte de una estrategia más amplia de consolidación de su proyección geopolítica y de su sistema de defensa continental.
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Desde entonces, Groenlandia ha avanzado progresivamente hacia mayores niveles de autogobierno, aunque sin romper su dependencia fiscal de Dinamarca, lo que ha producido una fórmula híbrida: autonomía interna y dependencia financiera externa.
Entre líneas. El interés de EE. UU. en la isla se basa en una apuesta por controlar el futuro del Ártico antes de que ese futuro exista.
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Washington pretende bloquear el tránsito actual y futuro de buques comerciales chinos y rompehielos nucleares rusos por el paso del Noroeste, antes de que se consolide como corredor alternativo al control occidental debido a los efectos del deshielo.
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Aunado a esto, se encuentra la necesidad a corto plazo de asegurar los minerales críticos —tierras raras— de Groenlandia como parte de una estrategia de nearshoring y de protección de cadenas de suministro frente a China.
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Rusia ya dispone de una flota muy superior de rompehielos militares y China puede construirlos más rápido que EE. UU. en sus astilleros. Aunque Washington firmó en 2024 el ICE Pact con Finlandia para empezar a producirlos, permanecerá severamente atrasado en la producción masiva de barcos para el Ártico por unos años.
Ecos regionales. El problema transatlántico para Europa es, sobre todo, un problema de capacidades duras y de dependencia estructural.
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En términos militares, la brecha es evidente: la OTAN —en particular Europa— carece de una capacidad comparable de rompehielos frente a Rusia y, cada vez más, frente a China; sin EE. UU., Europa es materialmente incapaz de defender o siquiera patrullar de forma creíble el Ártico.
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Aunque el uso del artículo 4 de la OTAN está sometido a tensiones políticas e incertidumbre, perder a Estados Unidos como garante último con Rusia a las puertas, en un contexto de erosión del derecho internacional, es inviable en términos de seguridad existencial.
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Washington prefiere una salida financiera en Groenlandia: sustituyendo la dependencia de Dinamarca por fondos federales y de explotación minera. Europa, aun con incomodidad estratégica, no dispone de los medios para imponer una alternativa propia ni defender militarmente el territorio frente al Tío Sam.
En conclusión. El hegemon ha escogido la expansión. La pregunta principal no se basa en si tomará o no Groenlandia, sino en cómo lo hará. En este contexto de rebalanceo de poder, Europa es el gran perdedor.
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Si escoge pelear contra Estados Unidos, Rusia aprovecharía para expandir sus límites geográficos en su vieja área de influencia soviética. Sin capacidad industrial por su dependencia energética del petróleo estadounidense, acabarían sus municiones en la primera ronda de disparos.