Cuenta regresiva en Medio Oriente: Irán e Israel al borde de una guerra directa
La situación en Irán dejó de poder leerse solamente como un estallido social interno y como una crisis económica más dentro del largo historial de sanciones, protestas y represión que atraviesa la República Islámica.
Lo que estamos observando en este enero de 2026 es una convergencia peligrosa entre un régimen debilitado por una ola de movilizaciones inéditas y una escalada militar acelerada con Israel y Estados Unidos que abre, por primera vez en años, la posibilidad concreta de una guerra directa de gran escala en Medio Oriente.
Las protestas, sin embargo, no son un fenómeno nuevo en Irán. En 2009, el país vivió las mayores movilizaciones desde la revolución islámica; en 2017, los sectores populares salieron a las calles por el alza del combustible y los alimentos; en 2022, la muerte de Mahsa Amini y los derechos de las mujeres en un rechazo profundo al sistema político.
Pero a fines de 2025, el detonante fue distinto: el colapso del rial, una inflación descontrolada, la escasez de recursos básicos y la imposibilidad de exportar con normalidad su petróleo y gas.
Protestas en Irán. Vía X.
La respuesta del régimen ha sido una de las más violentas registradas en décadas. Fuerzas de la Guardia Revolucionaria, policías y milicias han utilizado fuego real de manera sistemática. Las cifras de muertos son imposibles de verificar con precisión debido al bloqueo casi total de internet, pero distintas organizaciones de derechos humanos hablan de miles de víctimas y decenas de miles de detenidos, muchos de ellos sometidos a juicios sumarios bajo cargos que incluso contemplan la pena de muerte.
Este contexto de fragilidad interna es clave para entender por qué el riesgo de una guerra con Israel hoy es mucho más alto que en años anteriores. La llamada “Guerra de los Doce Días” en junio pasado, cuando Israel y Estados Unidos bombardearon instalaciones nucleares iraníes, no solo dañó capacidades estratégicas, sino que dejó al régimen profundamente golpeado en términos de legitimidad y percepción de fortaleza. Desde entonces, la tensión no ha disminuido, sino que ha escalado.
Israel sostiene que Irán ha retomado el enriquecimiento de uranio a niveles cercanos al grado militar. Para el gobierno de Benjamin Netanyahu, el escenario actual representa una oportunidad histórica. Durante años, Irán logró disuadir ataques directos gracias a su red de aliados regionales, Hezbollah en el Líbano, Hamas en Gaza, los hutíes en Yemen y diversas milicias en Irak y Siria. Hoy, esos actores están seriamente debilitados tras campañas militares prolongadas de Israel, desde la perspectiva israelí, Irán ha quedado estratégicamente expuesto.
Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel. Foto: Jolanda Flubacher.
Inicialmente, el Estado judío optó por cierta cautela para no entregar al régimen iraní una excusa que permitiera cohesionar a la población frente a un enemigo externo en medio de las protestas.
Sin embargo, quien sí ha tomado un rol central en esta escalada es el presidente estadounidense Donald Trump. Con una retórica abiertamente confrontacional y sin ambigüedades, alentó públicamente a los manifestantes iraníes a tomar el control de las instituciones, amenazó al régimen con represalias si continúa la represión e impuso nuevas sanciones a países que mantengan comercio con Teherán.
Además, la Casa Blanca confirmó que se están evaluando todas las opciones, incluyendo escenarios militares.
Lo verdaderamente inquietante es que en las últimas 48 horas el conflicto ha pasado del plano discursivo al plano operativo.
Informes de inteligencia indican una coordinación intensificada entre el comando central de Estados Unidos y las Fuerzas de Defensa de Israel. Se han observado movimientos de aeronaves militares estadounidenses hacia bases estratégicas, evacuaciones de personal en instalaciones sensibles de Medio Oriente y advertencias diplomáticas de varios países para que sus ciudadanos abandonen Irán.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
Paralelamente, el régimen islamista ha advertido que atacará bases estadounidenses en la región si se inicia una ofensiva.
También se han registrado señales políticas y militares altamente sensibles, reuniones permanentes entre Netanyahu y autoridades estadounidenses —como el reciente llamado con Marco Rubio, secretario de Estado—, aumento del nivel de alerta de las fuerzas israelíes, despliegue de bombarderos estratégicos y movimientos de misiles iraníes hacia posiciones de lanzamiento.
Incluso, el supuesto traslado de Netanyahu fuera del país en su avión presidencial recuerda patrones observados antes de la escalada del año pasado, lo que refuerza la percepción de que un ataque podría ser inminente.
Pero el escenario de una guerra ahora sería radicalmente distinto al del 2025. Hoy no hablamos de una escaramuza limitada ni de un intercambio simbólico de golpes. Israel considera que Irán podría estar cerca de una capacidad nuclear operativa, lo que transforma cualquier acción en una lógica de “ahora o nunca”.
Al mismo tiempo, Estados Unidos ya no actúa como freno de mano, sino como socio activo en la planificación estratégica. Para Irán, esto no se percibe como una disputa regional más, sino como una amenaza existencial al propio régimen.
Bombardeo B-2 Spirit, utilizado en el ataque sobre las instalaciones nucleares de Irán.
Desde la óptica de los ayatolás, un gobierno acorralado interna y externamente es potencialmente más peligroso. Existe el riesgo de que Teherán utilice una guerra como mecanismo para declarar un estado de excepción total, aplastar las protestas bajo un discurso de defensa nacional y forzar una cohesión interna artificial frente a un enemigo externo. Sin sus aliados regionales en capacidad de operar como amortiguadores, cualquier enfrentamiento tendería a ser directo y total, ante un escenario donde no se tenga nada más que perder, no hay frenos para ir con todo lo que se tenga.
Pero una guerra abierta entre Irán e Israel también traería consecuencias sísmicas para la economía global.
El mayor punto de vulnerabilidad es el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una cuarta parte del petróleo mundial. Cualquier interrupción o amenaza real podría disparar los precios del crudo de forma abrupta, afectando cadenas de suministro, inflación y estabilidad financiera a nivel planetario. Además, ataques a infraestructuras energéticas iraníes eliminarían parte importante de la oferta global, amplificando el shock.
En síntesis, la combinación de un régimen iraní debilitado por protestas masivas, una percepción israelí de ventana estratégica, un Estados Unidos dispuesto a escalar y una región sin amortiguadores efectivos configura un escenario extremadamente volátil.
Lo que en 2025 fue una confrontación limitada hoy se acerca peligrosamente a una guerra directa de alta intensidad. El riesgo ya no es teórico, es operativo, y sus efectos no quedarían confinados a Medio Oriente, sino que impactarían la estabilidad económica y política del sistema internacional.