Abraham Mateo convierte su aniversario en un viaje escénico entre el niño que fue y el artista que es
Antes de que la música comenzara, el ambiente ya anunciaba que no se trataba de una noche cualquiera. El Movistar Arena bullía: las gradas se poblaban lentamente, los móviles se alzaban como faros anticipados, los programas de mano cambiaban de dueño y, desde algún punto alto, alguien pronunciaba su nombre en voz alta. A las siete en punto, el murmullo se tensó. Cinco minutos después, una cuenta atrás apareció en la pantalla gigante. El silencio se fue imponiendo, segundo a segundo, como si las más de quince mil personas allí reunidas compartieran la intuición de que estaban a punto de asistir a algo más que a un simple concierto.
Hay artistas que celebran aniversarios sumando canciones. Otros construyen una historia. El 11 de enero de 2026, Abraham Mateo eligió lo segundo. Su espectáculo no fue un desfile de éxitos ni un ejercicio nostálgico, sino la representación escénica de una trayectoria completa: un relato con principio, desarrollo y cierre, donde convivieron el niño que debutó con siete años y el músico adulto que hoy llena grandes recintos con naturalidad.
Su nombre dejó hace tiempo de ser solo el de un cantante para convertirse en una referencia generacional. Su carrera condensa muchas capas: la del talento precoz que saltó de la televisión a los escenarios multitudinarios, la del adolescente convertido en fenómeno viral cuando aún no existían herramientas para digerir la exposición pública, la del joven observado, juzgado y caricaturizado con la misma intensidad con la que era admirado. Pero también la de un profesional que aprendió a transformar esa presión en oficio, esa vulnerabilidad en carácter y esa sobreexposición en una identidad artística firme.
Cuando el contador alcanzó el cero, una figura infantil cruzó la pasarela. Era Abraham niño. Caminó hasta situarse frente a su versión adulta. En las primeras filas, más de uno se llevó la mano al rostro. No hubo diálogo. No hizo falta. El gesto contenía toda la tesis del espectáculo: una vida entera resumida en un traspaso simbólico, de manos pequeñas a manos marcadas por dos décadas de escenario.
Una voz en off quebró el silencio. “Estoy a punto de salir ahí fuera y no paro de pensar en ti. Todo esto existe porque tú creíste primero”. Era Abraham hablándose a sí mismo desde el presente. No como un ejercicio de nostalgia, sino como reconocimiento. A partir de ahí, el concierto avanzó con una demostración constante de solvencia vocal, resistencia física y control escénico. Rodeado por un cuerpo de baile dirigido por Álex Manga, cada tema funcionó como una escena, cada transición como un cambio de capítulo. Abraham se movía con una seguridad sin alardes, la que solo da el tiempo.
El repertorio recorrió sus distintas etapas: Girlfriend, Loco Enamorado, Maníaca, SOLONELY, Bailarina, Get the Phone, Old School, Mueve… Canciones que activaban recuerdos colectivos y, al mismo tiempo, evidenciaban una evolución constante. “Esto está lleno…”, dijo en su primer parlamento, mirando alrededor con una sonrisa que parecía auténticamente incrédula. “Llevo mucho tiempo soñando con este momento. Hoy vamos a viajar en el tiempo. Algunas de estas canciones quizá no vuelva a cantarlas”. No sonó a despedida, sino a aceptación serena de cada etapa cumplida.
Pese al despliegue técnico —pantallas monumentales, efectos de luz, pirotecnia, cambios de vestuario— el concierto mantuvo un pulso íntimo. Abraham insistió en esa idea: aquello era una reunión entre personas que habían crecido juntas. Uno de los instantes más delicados llegó cuando se sentó al piano, rodeado por un coro infantil, para interpretar Lánzalo, su tema para UNICEF. Un pequeño fallo técnico le arrancó una risa nerviosa. “Lo bueno es que esto ha pasado en familia”, comentó. El público respondió con un aplauso cálido antes de que el recinto entero quedara suspendido en silencio.
También hubo espacio para mirar al pasado sin edulcorarlo. Durante Sigo a lo mío, la pantalla mostró antiguos vídeos de burlas en YouTube. Desde las gradas surgieron silbidos. La respuesta fue tan simbólica como medida: Abraham apareció con el cinturón de campeón de La Velada del Año. No hubo ajuste de cuentas, sino una afirmación tranquila. “Muchos te odiarán porque no pueden ser como tú. Si vamos a perder algo, que sea el miedo”, dijo. Más reflexión que revancha.
El momento emocional más intenso llegó con la aparición de su hermano, Antonio Mateo, cantante de Lérica. Juntos interpretaron Espinita Clavá sobre un pequeño tablao flamenco. Después, un vídeo con imágenes de ambos desde la infancia llenó la pantalla. Abraham tardó unos segundos en hablar. “Tú has sido mi referente. Todos querían ser Spider-Man. Yo quería ser como tú”. Tony, visiblemente emocionado, se secó las lágrimas.
Como en sus primeros años, subió a una fan al escenario. Estefanía, de 17 años, apenas podía sostener el micrófono mientras sonaba Me Gustas. Abraham la animó con naturalidad, sin forzar el momento. No era un número ensayado: era una herencia directa de aquel niño que empezó su carrera mirando a los ojos al público, sin distancia.
Voló sobre el recinto durante PLAN DE HOY [QUIERO VERTE], con la corbata de la Virgen de Guadalupe colgando como amuleto. Desde el aire saludó a las gradas más altas. Luego apareció un tejado en escena para interpretar Mi vecina, evocando sus inicios. Incluso el arte tuvo su espacio cuando el artista Mr. Drip pintó un cuadro en directo. La sensación era la de asistir a una autobiografía narrada con música, cuerpos y luz.
Los invitados se integraron en ese relato. Chanel compartió Clavaito tras bromear: “El único roce entre nosotros es cuando bailamos”. Naiara se unió en Tienes que saber, enlazada con Careless Whisper: “Este chico tiene la voz de España”, dijo. Juan Magán llevó al público a un recuerdo colectivo con Si juegas conmigo. Y Ana Mena protagonizó uno de los picos emocionales con Quiero decirte, bajo una lluvia de confeti violeta.
El cierre fue circular. Abraham invitó al escenario a Max, un niño de nueve años. Juntos cantaron Señorita, su primera canción. Después, el artista volvió a encontrarse con su yo infantil y recogió aquella gorra que marcó sus inicios. Esta vez no era un objeto frágil, sino un símbolo resignificado.
El niño no desaparecía. Se integraba.
Veinte años después, Abraham Mateo no clausuraba su pasado. Lo incorporaba. Y al hacerlo, dejaba claro que permanecer, resistir y crecer también es una forma de triunfo.