Venezuela, pero no solo
Del discurso que el Papa pronuncia todos los años ante los embajadores extranjeros acreditados ante la Santa Sede (son 184 los países con los que mantiene relaciones diplomáticas) se esperaban sus palabras sobre la crisis de Venezuela. León XIV no se ha zafado del tema y ha pedido «que se respete la voluntad del pueblo venezolano y se trabaje por la protección de los derechos humanos y civiles de todos, y por la construcción de un futuro de estabilidad y concordia». Inspirándose en el ejemplo de los dos santos venezolanos canonizados por él en octubre , deseó que se pueda «construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país».
A la par, el Papa agustino, basándose en la obra del obispo de Hipona «La ciudad de Dios», lamentó la debilidad del multilateralismo y constató que «la guerra vuelve a estar de moda». «Se busca mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio. Esto compromete gravemente el estado de derecho, que es la base de toda convivencia civil pacífica», dijo.
Pero su mirada se amplió a todo el planeta y denunció la grave violación del derecho internacional humanitario, así como que la libertad religiosa corre el riesgo de verse restringida, que cada emigrante posee derechos inalienables, que la familia se enfrenta a retos cruciales, que estamos asistiendo a un auténtico «cortocircuito» de derechos humanos como la libertad de expresión o el derecho a la vida amenazado por el aborto y la eutanasia.
¿El Papa es una voz en el desierto? Esperemos que no sea así, porque de lo contrario significaría que la humanidad ha perdido la brújula y se encamina a la catástrofe.