Laureles irrefutables
El pasado 4 de enero se entregaron los Critic’s Choice Awards (los elegidos por la crítica norteamericana) y hoy que es domingo 11, se darán a conocer los nombres de los ganadores del Globo de Oro, que concede la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood. Los primeros son concedidos por especialistas y teóricos, los segundos los confieren periodistas e informadores de temas diversos relacionados con el cine.
Sin embargo, si se superponen los nombres de los premiados y nominados en ambos eventos, y se añade la lista de los prefinalistas al Oscar, emergen las coincidencias en torno a tres filmes: Una batalla tras otra, Pecadores y Frankenstein, que probablemente serán recordados como los mejores producidos en Estados Unidos en 2025 de acuerdo con el sistema de premios establecido en ese país.
En los Critic’s Choice Awards se impusieron Frankenstein (de 11 nominaciones ganó cuatro premios en los apartados de mejor actor secundario para Jacob Elordi, mejor diseño de producción, vestuario y maquillaje); Pecadores (de 17 nominaciones logró acaparar cuatro galardones: mejor actor joven para Miles Canton, mejor elección de reparto, guion original y banda sonora) y Una batalla tras otra, que se anotó tres grandes triunfos (mejor película, y mejor director y guion adaptado, ambos galardones para el talentosísimo Paul Thomas Anderson) de las 14 postulaciones recibidas.
A la luz de las extraordinarias calidades de las tres películas premiadas el domingo pasado puede sentenciarse que 2025 fue un año no solo de extraordinarios filmes, sino también un período donse se impuso una variedad casi rabiosa, desde la nueva versión del clásico relato «de miedo» escrito por Mary Shelley, hasta la improbable y eficaz combinación de cine histórico, musical y de horror que entrega Ryan Coogler en su muy elogiada vuelta de tuerca al cine con vampiros, pasando por los dispositivos del
thriller cargado de mensajes políticos e ironías mordaces que es el filme de Anderson.
Una batalla tras otra parece un filme de acción al uso, luego van apareciendo con matices satíricos respecto a la violencia real vinculada con las contingencias políticas estadounidenses, incluido el más alto poder civil y militar, y más tarde aparece la conmovedora historia de un padre rebelde y su hija adoptada. El filme acumula nueve nominaciones al Globo y cinco menciones para el Oscar.
Ya le pronostican el triunfo seguro en ambos premios en la categoría de guion y dirección, y tal vez como mejor película del año, porque ya es hora de premiar a Paul Thomas Anderson, convertido en uno de los pocos directores con más de diez nominaciones y ningún premio, a pesar de que ha competido en sus diversos oficios, es decir, como director, guionista y productor.
Recordemos que Anderson está instalado en el panteón de los grandes autores del cine norteamericano contemporáneo gracias a una sucesión de obras impresionantes, muy por encima de la media, entre las que se cuentan Boogie Nights, Magnolia, Embriagado de amor, la mayestática Petróleo sangriento, El Maestro, e Hilo fantasma, entre otras.
Ante semejante filmografía es absolutamente increíble que Anderson no tenga el Oscar, y solo se me ocurre explicarlo a partir de lo reacio que han sido siempre los académicos a premiar a los cineastas críticos, de vanguardia, reflexivos. Este es el año para consagrar de una vez a Paul Thomas Anderson y a su película trepidante, entretenida, sagacísima a la hora de envolver en los códigos de la acción y del melodrama, sus demoledoras opiniones sobre las incesantes batallas racistas, represivas y prepotentes
que emprende el poder político y militar en Estados Unidos.
Una batalla tras otra se convirtió en la sexta película en la historia de los Globos de Oro en recibir cinco nominaciones de actuación, pero pienso que Leonardo di Caprio y Benicio del Toro tendrán que esperar por otras oportunidades, porque los premios de actuación protagónico y secundario deben recaer en las juveniles bonituras de Timothée Chalamet, por Marty Supreme y Jacob Elordi, que encarna La criatura en Frankenstein, una película impresionante en su conjunto, solo ensombrecida en un detalle: sé que me odiarán casi todas las adolescentes que me lean, pero todo hay que decirlo.
La producción se desgastó excesivamente en impedir que las muchas onzas de postizos y maquillajes consigueran afear a Elordi, y a nadie parece importarle que en ningún momento se ve ni siquiera ligeramente monstruoso, como se describe en la novela y en las centenares de versiones anteriores.
De todos modos, Del Toro supo hacer cambios en esta, su nueva versión de Frankenstein, y al mismo tiempo se mantuvo fiel al espíritu del original literario, mientras se las arregló para rescatar la muy conocida, e incluso manoseada historia, para el gusto contemporáneo, aunque lograr esto último conllevara elegir a un galán muy joven para encarnar al supuesto monstruo. El filme alcanzó cinco nominaciones al Globo y seis menciones en la lista de prefinalistas al Oscar. Debe repetir sus triunfos en el Critic’s Choice Award y alzarse ganador, por lo menos, en las categorías de diseño de producción, vestuario y maquillaje.
En fin, que ocurrirá el triunfo de Una batalla tras otra si los votantes de ambos premios, Globo y Oscar se abstienen de premiar en las principales categorías a la sorprendente Pecadores o la hermosísima Frankenstein. Conste que la primera tampoco es un rival pequeño, pues cuenta con siete nominaciones al Globo y ocho menciones en la lista de prenominados al Oscar.
Creo muy posible que se alce triunfadora por lo menos en guion (la originalidad de la historia y, sobre todo, de su tratamiento, está fuera de toda discusión) y en la categoría de banda sonora, gracias al formidable trabajo de Ludwig Göransson para ambientar los horrores vampíricos con canciones y melodías enraizadas en lo mejor del blues.
En cuanto a los filmes de otras latitudes culturales, hubo nominaciones en los premios de la crítica para la argentina Belén (Dolores Fonzi), la surcoreana Sin otra opción (Park Chan-wook), la franco-iraní Un simple accidente (Jafar Panahi) y la española Sirāt (Óliver Laxe), aunque ninguna
de ellas pudo impedir el triunfo de aquella revisión del pasado dictatorial brasileño, en tono de thriller, que es El agente secreto. Casi idéntico, con los mismos títulos en liza, es el cuadro de competidores, por el premio a la mejor película de habla no inglesa, en la relación de finalistas para el Oscar y en el Globo de Oro.
Es muy probable que ambos premios, Globo y Oscar, vayan directamente al anaquel del director brasileño Kleber Mendonça Filho, galardonado en los cuatro puntos cardinales desde que su protagonista Wagner Moura fue elegido mejor actor del festival de Cannes y el director ganó en su categoría en ese mismo evento de la Riviera francesa.
Debe notarse que en la lista de películas de habla no inglesa prenominadas al Oscar figuran, por supuesto, las antes mencionadas procedentes de Argentina, Irán, Corea del Sur, España y Noruega, de modo que los tres premios (el de los críticos, el Globo y el Oscar) han logrado coincidencia total, y también cierta monotonía, a la hora de reconocer las mejores obras habladas en un idioma que no sea el inglés.
Porque al final, es importantísimo el reconocimiento al talento que los premios significan. Pero cada espectador deberá encontrar su propio camino a la esencia y trascendencia de estas descomunales películas. Y el hecho de que ganen o no el Oscar, el Globo o el premio de los críticos es solo un dato que cumple con su función si logra estimular el disfrute y la comprensión cabal de la obra. Porque también hay algo en todo ello de exagerada alharaca publicitaria, autocelebración y feria de vanidades. A cada espectador le toca sucumbir al neón o descubrir la luna.