Arakuaa: el proyecto que teje futuro desde el plástico reciclado
Desde Barcelona, mientras cursaba un posgrado en biomateriales y textiles, Grecia Bello seguía con preocupación las noticias sobre los incendios que arrasaban Bolivia. Millones de hectáreas de bosque se consumían en la Amazonía y la Chiquitanía, y con ellas, no solo árboles. Esto la inspiró para hacer algo al respecto y así nació Arakuaa, un proyecto de economía circular dedicado a transformar plásticos en textiles.
«No solamente los pueblos pierden las plantas, sino también el acceso a la materia prima que muchos ocupan», reflexiona esta joven ingeniera electrónica y de sistemas. Arakuaa es una máquina y un proyecto homónimo que procesa botellas de plástico y hace fibra textil con ellas. El esfuerzo posiciona a Bolivia como líder en innovación de fabricación digital.
Desde tiempos prehispánicos, las comunidades originarias amazónicas han contado su cosmovisión a través de los hilos. Guaraníes, ayoreos, guarayos, chiquitanos y weenhayek tejen hamacas, bolsas y billeteras que son una de sus principales fuentes de ingreso. Pero las quemas —que en la última década consumieron cinco millones de hectáreas de tierras indígenas— les arrebataron el algodón y las cortezas de árboles que necesitan para sus artesanías.
«Sería interesante generar un tipo de alternativa de materia prima que puedan trabajar no solamente estas comunidades, sino otras comunidades alrededor de Bolivia o del mundo. Porque cada cultura trabaja la fibra de diferentes formas», pensó Bello cuando debía definir su proyecto de tesis para Fabricademy, un programa de la Fab Foundation. La respuesta estaba en los desechos: convertir el plástico de botellas PET descartadas en hilo.
Un propósito
Arakuaa —cuyo nombre evoca la identidad guaraní— es un aparato de madera de 1,30 metros de altura y 1,50 de largo que proyecta con láser patrones guaraníes. Su interior alberga una tecnología que nunca había sido accesible para pequeños productores. «Comprar una línea de producción que valga $us 200.000 no es una realidad viable, al menos aquí en Bolivia», explica Bello.
El proceso que desarrolló su equipo comienza con la recolección de botellas PET de la calle y la universidad. Tras limpiarlas y retirar etiquetas y tapas, el plástico es triturado y calentado a 220 grados Celsius. «Es como hacer algodón de azúcar», compara Bello. La resina derretida se vierte sobre un tambor giratorio que, según su velocidad, produce fibras de tres grosores diferentes. Los controladores electrónicos y el software son de código abierto, diseñados para que la máquina pueda replicarse en cualquier laboratorio.
Lo más innovador es cómo Bello pensó incluso el color. Para reproducir los verdes, rojos y cafés intensos que los artesanos tradicionalmente extraen de plantas y minerales, su equipo recicla los desechos de las impresoras 3D del Fab Lab. Al mezclar plásticos de colores, la resina adquiere diferentes tonalidades.
Desarrollo
Arakuaa está actualmente en proceso de patente, algo que puede extenderse hasta dos años. El proyecto busca una validación rigurosa antes de escalar. «Tiene que haber muchos cuidados, mucha responsabilidad ética en la producción de plásticos y microplásticos, porque si no se hace de manera adecuada, podría más bien ser algo contraproducente», advierte.
Por eso trabajan bajo protocolos estrictos y realizan caracterizaciones de las fibras en laboratorios de Costa Rica. «Es una tecnología que no se comparte abiertamente para que todo el mundo la haga, sino que la compartimos con laboratorios que sabemos que van a ser responsables», enfatiza.
Las limitaciones del contexto boliviano son evidentes. «A veces no llegan ciertos tipos de fierros o de formas, y hay que mandarlos a mecanizar», cuenta. Necesitan termostabilizadores de temperatura que no se consiguen en el país. Pero Bello convierte cada obstáculo en aprendizaje.
Reconocimiento mundial
En 2023, Arakuaa debutó en el FAB15 en México, la cumbre mundial donde se reúnen todos los laboratorios de fabricación digital del planeta. «Fue la primera vez que Bolivia participaba como un Fab Lab allá, y participaba con una máquina que es muy de nosotros. Ningún otro Fab Lab en el mundo la ha replicado», recuerda con orgullo.
Ese hito le valió el Chevron Fellowship de la Fab Foundation, que le permitió presentar su tecnología en Suiza y Estados Unidos. También logró que Arakuaa fuera publicada en Driving Design, el libro que reúne cada tres años las mejores innovaciones de fabricación del mundo. «Bolivia ahora es un líder dentro de la red de laboratorio de fabricación digital que empodera comunidades para generar soluciones por sí mismas», celebra.
Este año, una universidad estadounidense evalúa replicar la máquina. Cuando la patente sea aprobada, Bello proyecta llegar con las máquinas a comunidades y lanzar Openfiver, una plataforma donde subirá los planos para que otros laboratorios experimenten y compartan avances.
El futuro que se teje
Mientras tanto, Arakuaa ha encontrado múltiples aplicaciones. Además de fibra para tejidos artesanales, produce relleno para colchones y almohadas. Empresas recolectoras de plástico han mostrado interés en la versión industrial, capaz de procesar toneladas. Arquitectos visualizan su uso en construcción; diseñadores de moda, en prendas innovadoras.
«Quiero seguir viendo qué cosas se pueden realizar con esta fibra y compartir el conocimiento con la gente», concluye Bello.
Arakuaa tiene tres versiones: una comunitaria (entre Bs 10.000 y Bs 15.000), una demostrativa portátil y una industrial (Bs 40.000). La proyección es que salgan al mercado en 2026, tras obtener las patentes correspondientes.
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