Pepe Begines (No me pises que llevo chanclas): «Mi primera guitarra la pagué recogiendo algodón»
Si no tomarse en serio a uno mismo fuera un arte, ellos merecerían un pedestal. Desde 1986, No me pises que llevo chanclas han dado forma a una de las historias más sorprendentes de la música española. Habían dado solo cinco conciertos cuando fueron fichados para grabar un disco. «Yo me aprendí las letras después», ríe Pepe Begines, líder del grupo, que presenta en Madrid (sábado, Teatro Eslava) las canciones de «Guau», su nuevo disco... y todos sus clásicos con invitados sorpresa.
¿Cómo empezó todo?
Cuando era pequeño, comprábamos los discos de la basura de la base de Rota, que era muy preciada. Había 10.000 soldados y en las taquillas no cabían muchos y eran más fácil tirarlos que mandarlos a casa. Compré todo el sonido Filadelfia y escuchaba el rock, que entró por Torrejón (Madrid), y por Rota y Morón, a media hora de mi pueblo. Poníamos sus emisoras con Hendrix y la Creedence.
Luego inventó el «agropop».
Le canto a mi entorno, a los girasoles, a los hombres que van con su perrillo a trabajar, a los amaneceres en el campo, a los animales... no le puedo cantar al neón o al asfalto. Me he criado en el campo.
¿Estaba antes el rock que el flamenco?
Sí, porque lo tenía en la taberna de al lado y tenía el hastío de tu tierra. Soy buen aficionado y he vuelto, pero durante épocas lo dejé de lado. Ahora he escrito una ópera flamenca, un Jesucristo Flamenco. Haremos un musical.
¿Cuál es su relación con el flamenco?
Bueno, una pataíta se puede dar... pero cantarlo... ¡ni tararearlo! Es un arte muy complicado. Fui una vez a actuar a Marrakech con Lola Flores y me dijo: «¿sabes qué dice “El Pescaílla” de ti? «No canta malamente el gachó». Y le contesté: «Lo que es difícil es cantar mal y gustar». Y Lola: «¡Eso decía de mí el “New York Times’’!».
¿Nunca se dan importancia?
Para nada: prefiero actuar en una fiesta de pueblo que en el Madison Square Garden, que las señoras me llevan tortilla.Siempre hemos sido los antidivos. Tengo un cajón de tomates en casa llenos de discos de oro.
Unos cuantos, ¿no?
Y tendríamos que haber recibido más, pero todo lo que se hace con sentido del humor recibe una mirada peyorativa a nivel de reconocimientos. Pero te aseguro que me la pela. Como dice Donald Sutherland: «No sé si merezco un homenaje, pero tengo reúma y tampoco lo merezco». Y yo tengo reúma.
Deberían tener más discos de platino. ¿Les engañaron?
Creo que no nos los dieron por desidia, porque nuestra música no es para cuando cortas con tu novia, no es de desamor. Para hacer una canción diciendo «te quiero» hay que ser muy bueno. Que ya está bien, ya vale.
Tuvieron muchísimo éxito.
Del 89 a 91 fue nuestra época álgida. Pero yo mi primera guitarra la gané recogiendo algodón, como en el Misipi. A mano. 25.000 pesetas me costó. No me la compró papá.
Como Johnny Cash.
Eso es. Y cantando flamenco en vez de blues.
Dicen que pincha en las manos la planta del algodón.
Sí que pincha, y no veas para coger 60 kilos, dos sacas bien apretadas... todo el día. Que no te vas a dormir, te desmayas. Por eso no le tengo que demostrar a nadie que puedo hacer un blues como cualquiera.
¿Nunca ha tenido esa pretensión de ponerse poético?
Lo he hecho, en trabajos en solitario. Le he escrito a Luz Casal, a Raimundo Amador... He escrito letras serias, pero rara vez me olvido el tabaco y el mechero encima del piano, no sé si me entiendes. Es una declaración de intenciones, yo no huyo de lo que hago, no me avergüenzo. Ahora, eso sí, nos respetan y es bonito.
El amor tiene más prestigio que el humor.
Hitchcock decía que todas sus películas son una comedia. Y yo creo que somos los comediantes de la música.
¿Se han tenido que enfrentar al menosprecio?
No sé, a veces... Loquillo nos puso de carroñeros porque una vez tocábamos en el mismo sitio. Nosotros en el escenario pequeño, más humilde, y juntamos 5.000. Cuando acabamos, quedaron 500 para él. La música es cuestión de gustos y nosotros nos sentimos queridos. Es precioso eso. Yo nunca he trabajado el odio. Creo en la paz. No creo en los dogmas, y, además, no se pierde tiempo con quien no te quiere. He aprendido a manejar la indiferencia.
¿Y manejar el éxito fue fácil?
Sabina decía el otro día que le gustaría poder tomarse una cerveza en un bar tranquilamente. Y yo eso puedo hacerlo. La fama, en mi caso, se ha quedado en la justa
medida. Nunca he vendido mi alma al diablo, y eso que me han ofrecido 30.000 euros a la semana por entrar en «Gran Hermano». Me llamaron varias veces. Pero yo
tengo una profesión, hijos y padre y madre.