Este molusco da nombre a miles de personas y pocos saben por qué
Un nombre popular con historia milenaria
El gentilicio oficial de San Fernando es "isleños", pero en el habla común, especialmente en la Bahía de Cádiz, se utiliza otro mucho más peculiar: cañaíllas. Este término procede del nombre que recibe un caracol marino, muy abundante en la zona, cuya presencia marcó profundamente la cultura local.
Las cañaíllas son un tipo de molusco marino de concha rugosa, conocidas científicamente como Bolinus brandaris. Su hábitat natural son las aguas poco profundas del Atlántico y el Mediterráneo, especialmente en las marismas gaditanas.
Del mar a la identidad local
La conexión entre el molusco y la población va más allá de la biología. Desde tiempos antiguos, las cañaíllas han formado parte del paisaje cotidiano de San Fernando. Se recolectaban en la costa, se cocinaban como tapa y se convertían en un símbolo del carácter isleño: resistente, salado y lleno de sabor.
Según explican desde el Diario de Cádiz, el apodo se afianzó con el paso del tiempo hasta eclipsar al nombre oficial en muchos contextos.
Un molusco con pasado noble
Más allá de su valor como alimento, la cañaílla tuvo un uso sorprendente en la antigüedad: de su glándula se extraía un tinte púrpura utilizado por fenicios y romanos para teñir ropajes de élite. Ese pigmento era tan costoso que llegó a valer más que el oro, lo que añade una dimensión histórica inesperada a este pequeño animal marino.
Cómo se cocina una cañaílla
- Se limpia en agua salada durante varias horas.
- Se hierve en agua con sal entre 10 y 15 minutos.
- Se sirve fría, con o sin limón, y se extrae con palillo.
Este manjar es habitual en las barras de San Fernando, sobre todo en verano, donde su sabor salino conecta directamente con el mar que rodea la ciudad.
Más que un apodo, una seña de identidad
San Fernando fue conocida como la Isla de León hasta bien entrado el siglo XIX. Su posición estratégica, rodeada de marismas y caños, fomentó una cultura marinera profunda. En este contexto, que sus habitantes heredaran el nombre de un molusco no es una anécdota, sino una muestra más de cómo el territorio moldea la identidad.
Hoy, decir que alguien es cañaílla implica mucho más que ubicarlo geográficamente: es reconocer su pertenencia a una comunidad con raíces fuertes, sabor a salitre y memoria de mar.