Los motivos por los que Trump ha decidido no confiar la transición a la oposición en Venezuela
La decisión de Donald Trump de no respaldar a María Corina Machado como relevo de Nicolás Maduro ha sacudido a la oposición venezolana y desconcertado a sus aliados internacionales. No se trata —como han insinuado algunos— de un ajuste de cuentas por el Premio Nobel de la Paz, que Machado aceptó y dedicó al propio Trump. Las razones son más prosaicas y, a la vez, más duras: cálculo estratégico, lecturas de inteligencia y una relación política que se fue deteriorando con el paso de los meses.
Según reconstrucciones periodísticas, el presidente fue persuadido por argumentos de altos cargos, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio, que advirtieron de los riesgos de intentar imponer a la oposición en el poder: mayor desestabilización y la necesidad de una presencia militar estadounidense más robusta sobre el terreno. Un análisis clasificado de la CIA apuntaba en la misma dirección. La prioridad, insistían, no era la democracia, sino la contención: narcotráfico, alianzas con Irán, Rusia o Cuba y el control de los recursos energéticos.
Dudas sobre el poder real
En Washington, además, fue creciendo la frustración con Machado. Funcionarios de alto nivel consideraron que sus evaluaciones sobre la debilidad del chavismo eran inexactas y comenzaron a dudar de su capacidad para hacerse con el poder real en Caracas. La distancia se hizo evidente cuando el enviado especial Richard Grenell pidió una reunión presencial con la dirigente opositora y un listado de presos políticos cuya liberación se pretendía negociar. El encuentro nunca se produjo; Machado, pese a promesas de protección, rechazó verse con Grenell y tampoco envió la lista solicitada. A partir de ahí, la relación se enfrió.
El malestar aumentó cuando Grenell presionó para que la líder opositora detallara un plan concreto que permitiera investir a su candidato sustituto, Edmundo González Urrutia, vencedor en las urnas de 2024 tras la inhabilitación de Machado. Las respuestas, según fuentes al tanto de las conversaciones, fueron vagas. Machado, por su parte, reprochó al emisario no denunciar con contundencia la ilegitimidad de Maduro; Grenell replicó que hacerlo habría dinamitado cualquier vía diplomática.
A estas fricciones se sumó un problema de fondo: la estrategia de rechazo absoluto a cualquier contacto con el chavismo, piedra angular del discurso de Machado, terminó por limitar su capacidad para tejer alianzas internas. Su apoyo inequívoco a las sanciones rompió puentes con el empresariado venezolano que había encontrado un modus vivendi para sobrevivir bajo el régimen. Sus asesores económicos defendieron que cada dólar invertido en el país fortalecía a Maduro, una postura que alienó a sectores de la sociedad civil empeñados en mejorar condiciones de vida. En paralelo, aliados en el exilio emprendieron campañas en redes contra voces discrepantes, lo que erosionó apoyos en el Partido Demócrata y entre empresarios influyentes en la órbita trumpista.
Trump pareció asumir ese diagnóstico cuando, tras una operación militar sin precedentes que capturó a Maduro y lo llevó a Nueva York por cargos de narcotráfico, evitó una palabra clave: democracia. En su lugar, abrió un canal con Delcy Rodríguez, a quien considera más capaz de garantizar una transición "ordenada", aunque la propia Rodríguez reaccionó desafiando a Washington.
Trump sobre Machado: "No tiene respeto dentro del país"
El distanciamiento se hizo explícito con declaraciones del presidente: gobernar sería "muy duro" para Machado porque "no tiene el respeto dentro del país". Un juicio que divide a los expertos. Para algunos analistas este es un error estratégico y moral; para otros expertos en el tema, refleja una realpolitik cruda que prioriza intereses inmediatos. La lectura de The New York Times y del Wall Street Journal coincide en que los informes de inteligencia inclinaron la balanza hacia una figura continuista capaz de contener a las Fuerzas Armadas y a las redes criminales.
En este contexto, Machado ha intentado recomponer puentes. En las últimas horas, en una entrevista con Hannity, aseguró que compartiría su Premio Nobel con Trump, un gesto que llega tarde pese a que desde el inicio agradeció al presidente estadounidense y sostuvo que lo merecía por sus acciones. La declaración parece insuficiente para revertir una decisión que, en Washington, se explica menos por egos heridos que por una apuesta de poder.
El futuro venezolano sigue en el aire. La Casa Blanca presiona para que el nuevo mando rompa con el narcotráfico y reoriente la industria petrolera; las elecciones quedan relegadas. La oposición, entre la decepción y la esperanza, confía en que el tiempo y la presión internacional abran una rendija. De momento, Trump ha optado por el pragmatismo. Y en esa elección, María Corina Machado ha quedado —al menos por ahora— fuera del tablero.