La eterna resurrección de David Bowie diez años después
Fue el día 10 de enero de 2016 cuando el planeta se despertó con la increíble noticia de la muerte de David Bowie a los 69 años. Parecía que era inmortal, que un ser humano de esa dimensión no solo no podía morir, sino que tampoco era justo. Apenas unos pocos de su círculo más íntimo sabían que estaba enfermo, aunque ni él, salvo ya en sus momentos finales, sabía que sus días estaban contados y que se iría a comienzos de aquel invierno. De la misma forma que sorprendió el lanzamiento de «Blackstar» dos días antes del fallecimiento, una obra desgarradora en todos los sentidos y una monumental declaración artística del músico, esta ya definitiva, cuya grabación se relata en el documental «Bowie: The Final Act». Una década después, el universo asiste a la eterna resurrección del Duque.
«A medida que envejezco, las preguntas se reducen a dos o tres. ¿Por cuánto tiempo? ¿Y qué hago con el que me queda?». Esta es una de sus muchas citas célebres. Al artista le angustiaba morir y, sin embargo, o gracias a ello, fue capaz de publicar ese disco trascendente siendo consciente en sus últimas paradas del viaje que ya no conocería el significado que tendría para los demás. La cinta «Bowie: The Final Act», de Jonathan Stiasny, comienza narrando el apogeo del éxito masivo de su gira «Serious Moonlight», del año 1983, sigue con la invención de Ziggy Stardust en los 70 –incomprendida en su tiempo–, continúa con la esquizofrenia drogadicta de finales de los 70, explora su posterior bache creativo, comercial y personal, y así hasta llegar a reflejar ese momento final del tristemente apoteósico «Blackstar».
Lo cuentan sus productores Tony Visconti y Goldie, también el novelista Hanif Kureishi. Este último recuerda, sin rencor, cómo David Bowie forjaba amistades intensas con personas singulares, atractivas y talentosas, absorbiendo todo lo que necesitaba antes de abandonarlas y seguir adelante. «Un faro para inadaptados, un campeón de la creatividad sin horizontes ni miedo. Era icónico y de otro mundo. Pero al final, el arte, y el hombre, eran desgarradoramente humanos», señala «The Guardian».
David Bowie descubrió que su cáncer era terminal solamente tres meses antes de morir, según contó en 2017 el documental «David Bowie: The Last Five Years». Supo que su tratamiento iba a ser interrumpido mientras filmaba el videoclip de su último sencillo, «Lazarus», algo que mantuvo en secreto. «Mira aquí arriba, estoy en el cielo», decía desde una cama de hospital. Pero se le ocurrió esa idea una semana antes de que recibiera su diagnóstico definitivo. Incluso entonces, Bowie no había perdido la esperanza de sobrevivir a su cáncer. Solo se rindió cuando ya no tenía sentido luchar.
Aunque en un formato muy diferente al de aquellos crepitantes vinilos, los grandes discos de Bowie, y más en estos días, se siguen escuchando masivamente. Y con fascinación, pues cuesta creer que sus mejores obras sigan sonando tan modernas y vanguardistas. Desde «Space Oddity» hasta las piezas de «Blackstar». «Sinceramente, desde que dejó este mundo, algo ha sucedido», recuerda Gail Ann Dorsey, bajista de Bowie entre 1995 y 2013, en «The Times». «Sé que suena a hippie, pero algo cambió. Ojalá pudiera preguntarle: ‘‘¿Hacia dónde vamos, David?’’», añade para abonarse a esa extendida teoría de quienes interpretaron su muerte como un anuncio apocalíptico.