«Reconciliación»: escritura desaconsejable, lectura recomendable
Si, por alguna retorcida carambola del destino, alguien me hubiera preguntado por la pertinencia de publicar «Reconciliación», mi respuesta habría sido un NO rotundo. Pero ya está escrito y a la venta en todos los comercios del ramo. De modo que solo podíamos leerlo. Debe ser un caso único en la historia editorial: un libro de génesis harto desaconsejable, pero de lectura muy recomendable. Vamos a intentar explicar por qué.
El primer mérito, ciertamente no menor, es de la autora. Laurence Debray ha hecho un gran trabajo poniendo en orden las ideas y pensamientos de Juan Carlos. La prosa de «Reconciliación» es muy limpia. Si a eso sumamos el interés de lo que se cuenta, el resultado es una lectura bastante absorbente. Se despacha rápido y se lee siempre con gusto. Como fue escrito originalmente en francés, cabe atribuir buena parte del citado mérito a Elisabeth Burgos y Karin Taylhardat, responsables de su traducción.
El texto es autojustificativo y autoreivindicativo. Pero eso no supone ningún elemento distintivo respecto a la inmensa mayoría de libros de memorias que salen al mercado. Debe regir algún mecanismo interno que impide la autocrítica cuando uno se aplica a semejante tarea incluso desde la mejor disposición inicial a hacerlo. Al final, de todos los selfies hechos, acabamos compartiendo en las redes esos en los que creemos que salimos más guapos. Hay algún asomo de reconocimiento de error. Pero Juan Carlos apenas emite alguna señal tímida de ser consciente de la desconexión con la sociedad española –a la que tan bien supo interpretar en el pasado– que está detrás de su caída en desgracia.
Es desde esa incomprensión hacia lo que le rodea desde la que el Rey que hemos dado en llamar –contra su gusto– emérito se muestra como un ser fundamentalmente herido. Por la palpable falta de amor de los españoles, sí. Pero sobre todo por haber perdido la cercanía de una familia que, por extraño que pueda resultar visto desde fuera, él sí consideraba perfectamente funcional.
Los pasajes relacionados con Franco fueron muy polémicos cuando se supo del contenido del libro a raíz de su publicación primera en Francia. La interpretación ha pecado de un exceso de brocha gorda. Cualquier lector apreciará una diferenciación muy clara entre la figura política y la persona que por las circunstancias de su vida hubo de tratar.
No creo que quepa inferir ninguna simpatía por el régimen dictatorial del general. Es más, aparecen detallados los esfuerzos por moverse fuera del radar durante los años en los que fue un heredero tutelado desde El Pardo. La repulsa hacia el modelo político y social de la dictadura franquista resultará explícita. Es cierto que prevalece un cierto respeto hacia la persona. Esto resultará legítimamente contestable, pero no es, en rigor, un aspecto nuevo. Tampoco lo es el relato de algunos de los episodios más conocidos de la Transición. Lo que se cuenta en estos pasajes es, sustancialmente, lo mismo que ya contó José Luis de Vilallonga en su libro de conversaciones con el Monarca en la década de los noventa.
Por eso, lo más interesante es lo que tiene que ver con los últimos treinta años de la Historia de España. El libro va bastante más allá en sus revelaciones de lo que dictaría la prudencia más elemental. Pero eso permite acceder a entresijos habitualmente vedados al público. Aunque sean de parte. Un ejemplo: la labor activa templando gaitas tras el desencuentro agudo entre el entonces recién llegado Rodríguez Zapatero y la Administración Bush. Juan Carlos debe considerar extinguida la labor arbitral con la abdicación porque no ahorra reproches al Gobierno actual.
Hay otros detalles curiosos desde un prisma puramente mundano. No recordamos ninguna manifestación pública del Monarca relativa a sus gustos cinematográficos. Al contrario que su hijo, que gusta de dejarse ver en sesiones normales de las salas comerciales de Madrid, Juan Carlos ha funcionado mediante el privilegio de la proyección privada. El lector no puede evitar una sonrisa cuando desgrana los títulos con los que mata el aburrimiento de las tardes emiratís: «Los siete magníficos», «Las cuatro plumas», «Tres lanceros bengalíes»… Además del patrón numérico, esta confesión: «Puedo volver a ver las mismas películas con algunas semanas de intervalo sin darme cuenta de que ya las he visto».
Una vez se prueba del fruto prohibido, termina apeteciendo más. Por eso, al final de «Reconciliación» se queda uno incluso con más ganas de interioridades que, en un principio, pensaba que debía no conocer en absoluto. Lo normal es pensar que este ejercicio quedará como una excentricidad sin continuidad en el tiempo. En el caso de que otro miembro tan destacado de la Monarquía española se decida por escribir sus memorias nos volveremos a llevar las manos a la cabeza. Pero luego las terminaremos leyendo.