Entre los muchos poetas que han cantado la Navidad en nuestra lengua ninguno lo ha hecho con la ternura y delicadeza de fray Ambrosio Montesino. Son pocos los datos que tenemos de su vida. Sabemos que nació en Huete (Cuenca), pero desconocemos a ciencia cierta las fechas de su nacimiento y de su muerte. Sabemos que profesó muy joven en la orden franciscana, que perteneció al círculo del cardenal Cisneros, pero el misterio envuelve su elevación al episcopado, que divide a los estudiosos. Protegido de los Reyes Católicos , fue predicador real y confesor de la Reina Isabel. De su cercanía a esta habla el hecho de que «estando su alteza en el fin de su enfermedad», es decir, en su lecho de muerte, escribiera «por mandado» de ella unas coplas que le servirían de confortación y consuelo. Gran parte de la obra de fray Ambrosio la hizo por encargo. Por encomienda de los Reyes Católicos tradujo al castellano la 'Vita Christi' del cartujo Ludolfo de Sajonia, obra fundamental en la espiritualidad de la época, y asimismo las 'Epístolas y Evangelios', por todo el año, que aquellos quisieron accesibles al pueblo, aunque posteriormente la celosa Inquisición introdujera el libro en el Índice. Y también por encargo, bien de los propios Reyes, de grandes nobles o de importantes dignatarios eclesiásticos, escribió la gran mayoría de sus poemas, como consta en el encabezamiento de los mismos. Su obra poética, que primero publicó en un volumen titulado 'Coplas sobre diversas devociones y misterios de nuestra santa fe católica', la compiló luego, a instancias del Rey Católico, en su 'Cancionero' de 1508, cuya edición cuidó con esmero. Tanto en sus versos como en sus sermones, el principal propósito de fray Ambrosio fue didáctico y devocional: pretendió ante todo adoctrinar al pueblo en los misterios de la vida de Jesús, la Virgen y los santos y, al rememorarlos, ablandar sus corazones y moverlos a la piedad. Este empeño principalmente apostólico de sus poemas en no pocas ocasiones los lastra, en demérito de su calidad literaria, pero en otras, cuando el poeta prevalece frente al doctrinario y su inspiración cuaja, produce versos de altísima poesía. Véanse si no, a título de ejemplo, estos preciosos en los que describe al ángel que anuncia el nacimiento del Bautista: «Ofreciendo Zacarías/ encienso, según costumbre,/ vino a él por altas vías/ de las claras jerarquías/ un ángel de mansedumbre/ con alas de mil colores/ de tan linda hermosura/ y de tales resplandores/ que a todos daba temores/ su figura./ Sus plumas eran distintas,/ azules, moradas, verdes,/ tocadas de vivas pintas,/ como rosicler de cintas,/ porque dél mejor te acuerdes;/ otras eran plateadas,/ con matiz de resplandor;/ otras como pavonadas/ e no bien determinadas/en color./ La beldad de su melena,/ si con discreción se aprecia/ era madexa tan buena/ como dorada en la vena/ del oro fino de Grecia;/ fue su voz tan pavorida/ que turbaba los oídos,/ tan delgada y recogida/ cual no vieron en su vida/ los nacidos./ ¡Oh, que gala fue de galas/ ver el ángel sostenido/ en el aire de sus alas!». El misterio de la Navidad , tan hondamente vinculado a la espiritualidad franciscana, inspiró los mejores versos de fray Ambrosio, que lo glosó en plenitud, deteniéndose en cada una de sus secuencias, desde la Anunciación hasta la huida a Egipto. Se sirvió para ello de las estrofas populares, muchas de ellas ligadas a canciones, que enmendaba a lo divino. La sensibilidad de Fray Ambrosio lo lleva incluso a inventar escenas nunca antes imaginadas. Es el caso de estos versos en los que María, próximo el parto, se pregunta cómo deberá tratar a su hijo, que es al mismo tiempo Dios: «La Virgen a solas piensa/ que hará/ cuando al rey de luz inmensa/ parirá,/ si de su divina esencia/ temblará,/ o qué le podrá decir./ O si le trate, por niño,/ con halagos/ y de leche más que armiño/ le de tragos,/ o remedie del gran frío/ los estragos/ porque pueda bien dormir./ También piensa si lo hable/ en gran seso,/ por ser el Dios perdurable,/ de amor preso;/ o si por hijo entrañable/ le de un beso/ cuando le vea reír./ ¡No la debemos dormir/ la noche santa,/ no la debemos dormir!». «¿Qué hará, Dios mío, qué hará, –glosa Dámaso Alonso– adorarlo con reverencia como a Dios o comérselo a besos como a hijo?». No conozco ningún otro texto que referido a la humanidad de Jesús trasmita más honda y sentida espiritualidad. Ya nacido el Niño, hay sobre todo un momento que enternece a nuestro fraile, que vuelve sobre él una y otra vez: cuando imagina las gracias del Niño mientras su Madre le amamanta: «Con cien mil gracias lo aliña/ cuando despierta del sueño;/ jaspe ni dorada piña/ con él son valor pequeño,/ según que lindo y risueño/ está en los pechos trabado./ Mal han barajado./ Ya los toma, ya los dexa/ los pechos con gestos bellos,/ ya se ase a la madexa/ que su Madre ha de cabellos;/ gorjea y estira dellos,/ como ruiseñor en prado./ Mal han barajado./ Como recrea la abeja/ en frutal bordado en flores,/ que de mil formas volteja/ por hacer miel y dulzores/ el niño de estos tenores/ con la teta está ocupado./ Mal han barajado». La reimpresión de estos versos en vida de fray Ambrosio presenta una curiosidad. En su primera versión, cuando aparecen en las 'Coplas sobre diversas devociones', Fray Ambrosio, devotísimo de María, se refiere en ellos a sus tetas, concretamente dice «Ya las toma, ya las deja/ las tetas con gestos bellos», pero cuando por segunda vez los publica en el 'Cancionero', más comedido y recatado, menos 'silvestre' –así se autocalificaba–, se corrige. No es difícil imaginar que la frescura de la primera versión, que hoy nos parece deliciosa y preferible a la segunda, mereciera el reproche de algún calenturiento biempensante. Parece mentira que el 'dulce fray Ambrosio', como lo llama Dámaso Alonso, pueda haber llamado a escándalo. La unción religiosa y profunda espiritualidad que rezuman sus versos me han llevado a pensar en lo que cuenta Giorgio Vassari sobre fray Angélico en 'Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos'. Como al beato Angélico, uno se imagina a fray Ambrosio orando antes de escribir, puliendo con humildad y esmero sus versos, para ofrecerlos luego a Dios.