Sánchez, un perdedor profesional
No existe ningún primer ministro que haya perdido todas las elecciones y se mantenga en el poder contra viento y marea. Pedro Sánchez bate todos los récords, ha fracasado en cuántos comicios se ha presentado, pero sigue enrocado en La Moncloa merced a los pactos con sus feroces socios comunistas, separatistas y bilduetarras. Lo ha definido muy bien la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso: «Sánchez es un perdedor profesional». Totalmente cierto. Los resultados de Extremadura harían sonrojar a cualquier líder de un partido en estado catatónico, aunque el presidente del Gobierno vulnera las reglas de la normalidad democrática. Su comparecencia, tras la debacle electoral del PSOE en tierras extremeñas, sin la más mínima alusión a la misma, revela un personaje cada día más psicopático, un caudillista patológico. Sin el más elemental pudor, ignorando la voluntad de los electores y cortando la cabeza como es su estilo al imputado por favorecer al «hermanísimo», Miguel Ángel Gallardo, el presidente mira para otro lado y lanza un mensaje a los suyos: «Volveré a gobernar».
Estas fueron sus palabras ante la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. Sin un atisbo de crítica, aseguró que los resultados de Extremadura no son extrapolables al ámbito nacional. «Nuestros votantes volverán en las generales», sentenció con voz de hierro. Y, naturalmente, la consigna de sus papagayas serviles estaba servida.
La secretaria de Organización, Rebeca Torró, y la portavoz Montse Mínguez, ambas bastante torpes, lanzaron la aburrida cantinela de siempre: miedo a la ultraderecha y la sumisión de Alberto Núñez Feijóo al partido de Santiago Abascal. Una retahíla que ya no cuela, como lo demuestran las elecciones extremeñas, y que el PP debería responder con contundencia, sin complejos. Frente a las acusaciones contra Vox, la rendición ante los cachorros de Arnaldo Otegui, vergonzante como con la reciente ley Antidesahucios, una auténtica bajada de pantalones ante Bildu. Todo vale para mantenerse en el poder, porque, como un día dijo la madre de Joseba Pagazaurtundúa, asesinado por ETA, «Veremos cosas que nos helarán la sangre».
Sólo el histórico socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que gobernó Extremadura con varias mayorías absolutas, pidió la abstención del PSOE en la investidura de María Guardiola para no depender de Vox. Clamor solitario en el desierto, esto con Pedro Sánchez es del todo imposible. Hace muchos años, cuando Ibarra era presidente, me confesó algo en el pantano de Orellana, uno de los rincones más hermosos en un parque natural extremeño: «La política es una manera de entender la vida sin ambición». Ibarra solía acudir a Orellana para pescar y meditar en esas dehesas solitarias, alfombradas de árido verde y donde flota el ancho y limpio aire. «Los socialistas debemos luchar para que nadie busque fuera lo que no encuentra dentro», me dijo. Ahora, a Rodríguez Ibarra, un socialista honrado que peina canas, le duele el trasvase de votos, la decepción de una izquierda asqueada por la corrupción, el cerco judicial y el acoso sexual bajo un gobierno y un líder totalitarios.
La última jugada de Pedro Sánchez revela su cesarismo. El nombramiento de Milagros Tolón como ministra de Educación es una clara advertencia a Emiliano García-Page. «Tolón, Tolón, para Page un bofetón», ironizan algunos dirigentes ante la eterna enemiga del presidente de Castilla la-Mancha, quien fue su principal valedor hasta que se convirtió en fervorosa «sanchista».
En cuanto a la nueva portavoz del Gobierno, la ministra de Inclusión y Seguridad Social, la navarra Elma Saiz, es otro toque de chulería dado que fue la gran protegida de Santos Cerdán, a quien, por supuesto, ahora ya no conoce. Sánchez refuerza así aún más su núcleo duro, su guardia pretoriana de fieles y su figura de líder ante la amenaza de la «fachosfera». Cabe esperar que tanto Alberto Núñez Feijóo como Santiago Abascal estén a la altura y no defrauden a unos electores que han depositado su confianza en la derecha. El resultado de Extremadura marca un antes y un después, un cambio de ciclo que no puede perderse por ambiciones personales.