EE.UU. apuesta al desgaste y Venezuela a la resistencia
Los ataques filibusteros de Estados Unidos a los supertanqueros «sancionados» que entren o salgan de Venezuelaestarán en el centro de los debates este martes en el Consejo de Seguridad de la ONU, lo que elevará a nivel mundial la denuncia de una política hegemónica que está remontando la actuación imperial de Washington a tres siglos atrás… Aunque su poder de veto impida colocar un grillete que los contenga.
Hace más de una semana, marines, tropas especializadas y guardias costeros de EE. UU. escandalizaron al mundo con su descenso desde helicópteros suspendidos en el aire para, como vulgares piratas, ocupar y secuestrar frente a las costas venezolanas al MT Skipper, un buque de 333 metros de eslora cargado de 1,9 millones de barriles de crudo venezolano, y de cuya magnificencia se jactó el propio Donald Trump al confirmar, un día después, el atraco.
Las acciones se han seguido repitiendo luego de que el mandatario estadounidense anunciara que sería ocupada toda embarcación cargada de petróleo «sancionado» de Venezuela, en una alusión no clara a buques que están en otra de las listas negras con que la Casa Blanca quiere domeñar al mundo o, tal vez, al crudo del que dijo que su país era dueño… aunque esté en el subsuelo venezolano.
En el caso del Skipper, se afirma que está «castigado» por el Departamento del Tesoro desde 2022 por transportar hidrocarburos procedentes de Irán, otro país asediado por las medidas punitivas de la Oficina del Tesoro.
Pero el Centuries corrió su misma suerte en la madrugada del sábado… y no estaba «sancionado» ni había «orden» de incautación contra él, según apuntó el sitio Antiwar citando al diario The New York Times. La fuente agregó que el tanquero pertenece a un comerciante de petróleo que ya había transportado crudo venezolano a China.
Algunas horas después, funcionarios estadounidenses dijeron al periódico neoyorquino que sus fuerzas navales efectuaban «una persecución activa» que se mantenía en la noche del domingo contra el buque Bella 1, que según otros medios se dirigía a Venezuela, pero evadió el secuestro y tomó rumbo noroeste hacia el Atlántico luego de ser asaltado. «Te encontraremos y te detendremos», advirtió la secretaría de Seguridad Nacional de EE. UU. UU., Kristi Noem, muy al estilo de su Presidente.
Casi al unísono, el domingo en la noche, partió de puertos venezolanos cargado de crudo, un buque de la compañía estadounidense Chevron. Como hizo cuando zarpó el barco que iba hacia China, el Gobierno Bolivariano anunció la salida de la embarcación con 500 000 barriles y rumbo a Texas, «con estricto apego a las normas y en cumplimento de los compromisos asumidos por nuestra industria petrolera», informó la viceministra Delcy Rodríguez.
Los acuerdos entre Caracas y Chevron existen gracias a una excepción realizada por la administración del expresidente Joe Biden que con resabios prorrogó ahora Trump, y no es un dato menor, pues remarca la necesidad que tiene la industria petrolera estadounidense del crudo pesado venezolano.
Cualquiera pudiera preguntarse si también ese buque con petróleo «sancionado», será asaltado por los bucaneros yanquis en alta mar.
Ilegal y extraterritorial
Los acontecimientos también vuelven a demostrar que cada acto ilegal de presión decretado por Washington conlleva a acciones de sobrevivencia que los desafían.
Eludiendo sus chantajes y presiones, los países del Sur Global acuden a sus monedas nacionales para prescindir del dólar que les es prohibido, lo que ha puesto en declive el uso del billete verde.
Del mismo modo puede entenderse que muchos tanqueros hayan acudido a «disfraces» y operaciones «encubiertas» para que las empresas de países castigados como Venezuela puedan comerciar sus hidrocarburos.
A tenor de estos inauditos sucesos, datos extraoficiales dan cuenta de que 1300 embarcaciones en todo el mundo navegarían con falsas banderas para burlar las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos, según el Center for a New American Security (CNAS), un thinktank estadounidense. Les llaman la «flota fantasma».
El Mapa Político de Sanciones elaborado por el portal Observatorio Venezolano Antibloqueo asegura que hasta el mes pasado, 31 países eran objeto de 37 702 medidas coercitivas unilaterales impuestas por EE. UU., la Unión Europea y otras naciones «primermundistas», aunque Washington lleva la voz cantante. Entre 2016 y 2019, bajo la primera administración de Trump, el Departamento del Tesoro sancionó a más de mil entidades y personas por año, afirma la fuente.
Rusia constituye el país objeto de mayor cantidad de medidas punitivas de Washingtonseguida por Irán y luego Venezuela, nación sobre la que pesan 1044 de ellas.
Esa ilegal práctica que analistas consideran parte de la estrategia estadounidense de dominación, debiera también ser analizada en el Consejo de Seguridad que se realizará mañana (martes 23 de diciembre).
Con todo el derecho que le asiste a Caracas, el Skipper y Bella 1 también trataban de cruzar el cerco estadounidense, impuesto para seguir asfixiando la economía venezolana.
Los trascendidos dicen que el Skipper navegaba con bandera de Guyana, aunque salió de los astilleros de Japón en 2005 y antes se llamaba Adisa, época en que habría transportado crudo iraní. El Bella 1 usaría enseña panameña.
Como acostumbra a hacer Washington para justificar sus atrocidades, algunos de sus personeros afirman que el Skipper se dedicaba al «narcoterrorismo»: otra mentira flagrante desnudada por el propio Trump cuando, al dar cuenta del asalto, reclamó que iba en busca del petróleo que Venezuela le había «robado» a su país.
Tamaño desatino, digno de una mente confusa, solo podría explicarse si el magnate se refiriese en un mal eufemismo a la nacionalización del petróleo venezolano, que no la hizo algún gobierno progresista sino el del derechista Carlos Andrés Pérez en 1976, cuando también creó la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa) después que, según Washington, ellos (los estadounidenses) habían «levantado» la industria -para llevarse la tajada mayor-, aunque solo pusieran la tecnología y los venezolanos, el petróleo y el sudor.
O quizá se refería la recuperación de mayor cantidad de los dividendos que dejaba el principal renglón de la economía venezolana al iniciar los 2000, y que emprendió Hugo Chávez siete años después de su aclamada llegada a Miraflores.
En lo que algunos llaman «segunda nacionalización» del crudo venezolano, el Gobierno Bolivariano cambió las reglas que permitían a las transnacionales estadounidenses llevarse las mayores ganancias, y que compañías como Exxon Mobile o Conoco Philips no aceptaron, para luego decir que fueron «expropiadas». Pero eso no significaría que el crudo venezolano y «otros activos» les pertenezcan a Estados Unidos.
Guerra no declarada
Sin enfrentamientos bélicos —al menos, no todavía— la agresión multidimensional de Washington contra Caracas, como la define Venezuela, tiene todos los visos de las llamadas guerras de baja intensidad que el republicano Ronald Reagan hizo conocidas en los años de 1990. Entonces la Casa Blanca acudió al fomento de grupos mercenarios en Nicaragua («los contra») para desangrar y finalmente «masacrar» en las urnas al proyecto sandinista.
Ahora se aspira al desgaste de una Venezuela que desde 2015, cuando el demócrata Barack Obama la consideró «un peligro» para la seguridad nacional de EE. UU., sufre, pero rebasa los embates de las sanciones.
Es una guerra no declarada que ya está en marcha, aunque una demencial intervención militar directa no está descartada pese a que sería un mal paso para una administración cuya aceptación está en declive, y cuando las encuestas advierten que altos porcentajes de la población de EE. UU. se opone a una confrontación bélica.
El propósito es adueñarse de los recursos naturales venezolanos y los de toda la región. Pero también se trata del objetivo geoestratégico de revertir todo lo que avanzaron Latinoamérica y el Caribe durante este siglo, en materia de soberanía y unidad.
Los acontecimientos electorales recientes confirman que la derecha continental no se había quedado «tranquila»; ni era real la aparente «inacción» de las sucesivas administraciones estadounidenses a las que se señalaba que no tenían «una política» para América Latina.
La aspiración es volver a hacer a la región, el patio trasero de Estados Unidos.Eso persigue el Corolario de la Doctrina Monroe actualizada de la que se ufana Trump, contenido en una nueva política de Seguridad Nacional que usa al llamado narcoterrorismo y el enfrentamiento a la inmigración como dos de las vías para minar de marines el hemisferio, hacerse de gobiernos serviles, y conseguir sus propósitos expansionistas.
Venezuela junto con Cuba y Nicaragua siguen constituyendo la vanguardia del nuevo mundo posible, pese a que la manipulación mediática —componente esencial—, trata de hacer creer a las masas que ese nuevo mundo es imposible.
La elevación del tono contra el Gobierno de Nicolás Maduro al acusarlo de narcoterrorista, la continuación de los ilegales bombardeos en el mar Caribe y en el Pacífico Oriental a lanchas indefensas acusadas de transportar drogas, y el cerco tendido por Trump para frustrar la paulatina recuperación de la industria petrolera venezolana, demuestran que, hasta el momento, la Casa Blanca apuesta por el desgaste.
Venezuela, en tanto, pone su fe y empeño en la resistencia.