Sasha Sokol y el derecho al tiempo
¿Es compatible el sistema judicial con los procesos emocionales de las víctimas? Me lo han preguntado muchas veces, pero nunca como estos días, tras la histórica sentencia por el caso de Sasha Sokol. Y mi respuesta sigue siendo la misma: sí es compatible… pero falta mucho por hacer.
Porque, aunque el sistema intenta que la revictimización sea mínima, lo cierto es que toda víctima de un delito sexual debe pasar por un proceso doloroso: revivir los hechos, narrarlos ante el Ministerio Público, someterse a peritajes, testificar ante un juez. Y eso es sólo la parte técnica. El verdadero conflicto ocurre cuando el sistema legal exige que ese testimonio, ese dolor, se produzca en un tiempo que no es el de la víctima. El derecho pide inmediatez; la mente, a veces, necesita años.
Por eso es tan trascendente que el tribunal que resolvió el caso de Sasha Sokol haya reconocido que una adolescente abusada por un adulto en una relación asimétrica puede tardar años en comprender lo que vivió. Y que ese retraso no anula su derecho a la justicia.
Las cifras oficiales apenas insinúan la magnitud del problema: la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) documentó en 2023 más de 9,800 casos de abuso sexual infantil. Pero eso es apenas una fracción: organizaciones civiles estiman que menos del 10 % de los casos de violencia sexual en menores se denuncian. ¿Por qué? Por vergüenza, miedo, manipulación, o simplemente porque las víctimas —especialmente si son menores— no pueden nombrar lo que les pasó.
Eso no quiere decir que el daño no exista. De hecho, muchas veces el impacto aparece años después, disfrazado de ansiedad, insomnio, aislamiento o depresión. Por eso es tan importante que la ley se abra al reconocimiento del trauma como un proceso evolutivo. No sólo porque lo exige la psicología, sino porque lo exige la justicia.
La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares reveló que más del 40 % de las mujeres en México ha sufrido alguna forma de violencia sexual antes de los 15 años. Y, sin embargo, muchas de ellas jamás lo han denunciado. No porque no quisieran. Sino porque nadie les dijo que podían hacerlo, aunque ya hubieran pasado años.
Reconocer esto no es solo una victoria legal. Es un acto de reparación cultural. Porque si bien la sentencia de Sasha Sokol sienta un precedente legal, también nos obliga a cuestionar cómo enfrentamos la violencia sexual desde la escuela, la familia o el trabajo. Nos exige desmontar esa cultura del silencio que aún persiste, donde muchas víctimas callan porque temen que no les crean… o peor, que las juzguen.
Este cambio de paradigma también redefine lo que entendemos por “tiempo oportuno” en justicia penal. Porque el tiempo oportuno para denunciar un abuso no es el que marca el Código Penal. Es el que marca la conciencia de la víctima. Es el momento en que, al fin, puede nombrar lo que vivió.
Y como penalista, como mujer y como defensora de víctimas, me atrevo a decirlo con claridad: este no es solo un fallo judicial. Es un mensaje para todas esas personas que, como Sasha, creyeron que ya era “demasiado tarde” para hablar.
Porque nunca es demasiado tarde para nombrar el daño. Y porque cuando la ley lo reconoce, el silencio empieza a romperse.