Operación contra Matthei e intoxicación de la política
Este jueves, Evelyn Matthei tomó la decisión de enfrentar personalmente un rumor que ya se venía incubando en la trastienda desde hace semanas: que sus últimos reveses públicos se debían a que padece Alzheimer. La candidata de Chile Vamos lo calificó, con razón, como una campaña “asquerosa”. Aunque al recorrer las redes sociales aisladamente daba la impresión de que las menciones al respecto eran espontáneas, su difusión fue meticulosamente estructurada a través de cuentas automatizadas y bots, según reveló una investigación de El Mostrador.
Matthei, quizás yendo en contra de lo que algún asesor típicamente recomienda, que es no amplificar infundios perjudiciales, prefirió referirse directamente al tema y acusó a cuentas vinculadas a los republicanos de estar detrás de esta campaña, tal como lo demostró la publicación periodística. Más allá del repudio puntual, el hecho no debería ser leído como un simple ataque a su persona, sino como parte de un modus operandi que tiende a envenenar el debate público.
Entre el 21 y el 25 de junio, un enjambre de al menos 70 cuentas falsas difundió contenidos que, en apariencia y como decíamos, eran comentarios aislados. Pero como en todo guion de guerra sucia digital, se trataba de una operación coordinada: se construyó un relato según el cual la candidata Matthei mostraba signos de deterioro cognitivo, usando incluso montajes audiovisuales donde se exacerbaban sus pausas o expresiones para transmitir una sensación de desorientación.
Es cierto, hay que ser precisos, que no hay prueba alguna que vincule directamente a José Antonio Kast o a su entorno con esta operación, por lo que sería irresponsable cualquier afirmación en ese sentido. Pero también es un hecho que las cuentas involucradas tienen en común, además de no ser de personas reales, que publican con habitualidad contenidos favorables a su candidatura, lo que evidentemente releva un problema ético con ciertas formas de hacer política.
En este sentido, vale la pena recordar que aunque las campañas del terror en política son de antiquísima data y ningún sector está libre de haberlas practicado, en los últimos años, a nivel mundial, ha sido la extrema derecha la que las ha desarrollado con mayor sistematicidad y metodología: desde la manipulación de datos en la campaña de Trump con Cambridge Analytica, pasando por las fake news de Bolsonaro vía envíos masivos por WhatsApp, hasta las campañas de Vox en España o del partido de Marine Le Pen en Francia, que utilizan la tergiversación y exageración para desprestigiar a grupos que consideran indeseables, como los migrantes. La estrategia se repite: erosionar la legitimidad de la democracia embistiendo contra la diversidad o la reputación de dirigentes e instituciones, bajo el disfraz de una ciudadanía que se expresa libre y espontáneamente en los espacios digitales.
Debido a la magnitud y complejidad de las tareas que tenemos por delante, la política chilena no puede naturalizar estas prácticas. En el caso que afecta a Evelyn Matthei, no se trata de la mera defensa de una persona, sino de preservar mínimos éticos que hagan posible el juego democrático. La mentira a gran escala, habitualmente en retroalimentación con los miedos y prejuicios que afectan a la comunidad, no debe reemplazar a la deliberación y discusión de ideas y programas. Que el próximo presidente o presidenta de Chile lo sea por el peso de sus propuestas, no por una guerra sucia. Estas operaciones, en el fondo, lo son contra el conjunto de la democracia.