Cuesta abajo y hacia la amnistía
Estamos en manos, ahora mismo, de un desalmado capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder, a costa de la democracia misma. Y este está en manos de un delincuente fugado de la justicia. Nos falta solo la variable tiempo para que nos partamos de risa, pues en la fórmula de Woody Allen para conseguir comedia vamos sobrados de drama. De hecho, hasta qué punto llega lo demencial, que desde el gobierno (en funciones) tienen el cuajo de tildar a Aznar de golpista por llamar a la movilización, mientras el golpista real es el «expresident». El primero es un antidemócrata que atenta contra los valores constitucionales, pero el prófugo es un interlocutor válido. Por eso, ante semejante tropelía (la del desmantelamiento de la democracia que está llevando a cabo, meticulosamente, Pedro Sánchez; no la de llamar a Aznar golpista que no pasa de ocurrencia chirigotera) lo mejor que puede hacer Feijóo no es ponerle en bandeja algo que pueda amortizar, como serían esas movilizaciones por la defensa de la unidad de España. Lo realmente útil sería mostrarse firme en su postura, contraria a la amnistía y en defensa de la Constitución; como un líder de la oposición que representa una alternativa fiable, comprometido con la igualdad y la justicia como valores irrenunciables. Alguien que nos dé esperanza y en quien podamos confiar cuando, en caso de lograrlo, el PSOE al completo, cada uno de los que apoyen y faciliten que esta amnistía llegue a buen puerto, sea responsable de haber cedido al chantaje. Porque si alguien puede parar esto es el propio Partido Socialista Obrero Español como responsable directo, dejemos ya de personalizar en Sánchez y exonerar al resto. Todos. De nada sirve que sus históricos celebren actos para decir que qué mal todo y que qué pena (golpecito en el pecho, partirse la camisa) si no dan un paso más, si no consiguen que, desde esa formación que parecen haberles arrebatado y transformado en otra diferente bajo las mismas siglas, se obligue a rectificar. Porque, una de dos, o el partido está secuestrado como el autobús de «Speed» llevando al país cuesta abajo, sin frenos y con una bomba, y necesitamos que salga el Keanu Reeves que lleva dentro y haga algo; o en realidad ese autobús ya no es el que ellos conocieron, se lo han cambiado y va a donde han decidido conductor y pasajeros. Y en ese caso, a lo mejor, lo que deberían hacer es bajarse ellos.
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