Rosa Nelly Trevynio: ¡Agradece por tener empresa!
Con todo y sus complejidades, ser socio de una empresa familiar es tener la oportunidad de crear riqueza y potenciar talento. Sin embargo, y lamentablemente, a veces, tenemos la mala costumbre de valorar algo solamente en ausencia. Valoramos el tiempo cuando nos estamos muriendo. Valoramos la salud cuando nos falta. Valoramos la empresa familiar cuando la hemos perdido…
¿Qué nos ciega a tal extremo? Existen 4 elementos que desvirtúan nuestra percepción de la realidad y afectan nuestro juicio.
1. El Conflicto Familiar
Cuando en la propiedad existen distintas visiones empresariales, cuando en el gobierno empresarial son evidentes las fracciones y coaliciones, y cuando en la gestión del negocio concurren diferentes formas de trabajar y liderar, es casi seguro que habrá conflicto familiar. El conflicto no es malo per-se; lo malo es no saber afrontarlo a tiempo y no buscar ayuda para gestionarlo de forma productiva.
2. La Ignorancia
A veces, las familias empresarias se desintegran y el patrimonio se destruye por la ignorancia—una sublime catalizadora de la ambición y el ego. Visualizar (por falta de formación) ganancias donde no las hay, pensar (sin tener elementos) que podemos hacerlo mejor que el Director y/o compararnos continuamente con los demás accionistas es letal para la unidad familiar y para el futuro de la empresa familiar.
3. El Deseo de Poder
Cuando tomamos decisiones unilaterales sobre el patrimonio colectivo, la crisis está cantada. A nadie le gusta que “jueguen con sus canicas” sin avisarle. Lo peor es que, en vez de reconocer el error, solemos actuar de forma paranoica—pensamos que los demás no están de acuerdo porque nos tienen envidia. Y si esta percepción es alimentada por las personas con las que convivimos, habrá más que problemas…
4. La Falta de Interés
Cuando los miembros de la familia caen en el desinterés hacia la empresa familiar, cuando lo único que les preocupa es que ésta genere dividendos—sin considerar la estrategia empresarial o los medios que se utilicen, el futuro es incierto. Mantener unido el patrimonio sólo es posible cuando hay compromiso…Y llega el punto en que el dinero no alcanza para comprarlo.
En breve: Valorar la empresa familiar requiere esfuerzo. Y para dar el primer paso, te invito a realizar el siguiente ejercicio:
· Cierra los ojos e imagina cómo sería tu vida si perdieras la empresa familiar. Reflexiona: ¿Qué harías si tuvieras que cerrar, o incluso vender, por necesidad? ¿Cómo afectaría esto tu vida, tus relaciones y tu patrimonio?
· Pregúntate: ¿Cuánta gente hay en el mundo que no tiene la oportunidad de crear riqueza; de ser dueño de algo? Escribe una lista de todas las cosas por las que puedas agradecerle a la empresa familiar y a los miembros de tu familia que son (o fueron) socios, consejeros o laboran (laboraron) en ella.
· Evalúa: ¿Hago tormentas en un vaso de agua cuando se trata de temas relacionados con la empresa familiar? A veces, ciertas situaciones llegan a parecer más graves de lo que son por el tiempo y las emociones que invertimos en ellas. Dar excesiva atención a “algo” te aleja de lo que sí es importante. ¡Cuidado!
¿Será posible aprender a valorar lo que tenemos sin necesidad de perderlo? Aprendamos a ser agradecidos y conscientes de la posición privilegiada de la que gozamos. Ser parte de una familia empresaria, potencia. Ser miembro de una empresa familiar, transforma. Así que, en lugar de quejarte por lo que está mal, sé agradecido por lo que está bien y aporta valor para cambiar lo que necesita mejorarse.
¿Así, o más claro?
La autora es Socia de Trevinyo-Rodríguez & Asociados, Fundadora del Centro de Empresas Familiares del TEC de Monterrey y Miembro del Consejo de Empresas Familiares en el sector Médico, Petrolero y de Retail.