¿Para qué somos buenos, Gorbachov?
Es como el 19 de septiembre de 2017. El día del terremoto que golpeó, de nuevo, a la Ciudad de México y dejó una cicatriz en La Condesa. Quienes habitaban la ciudad, recuerdan con precisión qué estaban haciendo en el momento del jaleo.
Así se siente el recuerdo de la caída del Muro de Berlín de 1989 para quienes vimos las noticias ese día. Fue la evidencia de lo que se percibía como una victoria global de la Perestroika encabezada por Mijaíl Gorbachov, quien murió ayer.
Así entendimos finalmente el peso de la caída de la fuerza de la URSS, incluso quienes en esos días estábamos lejos de la edad legal para votar.
Fueron días en los que las tiendas en México mostraban marcas paralelas de casi todo: algo parecido a los M&Ms acá los vendían bajo la marca Lunetas. Similares a los pantalones Levi’s, en tiendas París Londres ofrecían los de la marca Jordache.
El mercado mexicano estaba cerrado para unos cuantos, que vendían tanta calidad y precio como se acordaba con “alguien” en el gobierno. Así también se negociaba la democracia.
A Tepito y a Pericoapa llegaba la “fayuca” y los Snickers. Ahora lo primero ha desaparecido y lo segundo lo encuentran en el OXXO.
Para la gente, la URSS había perdido y Estados Unidos confirmaba su dominio que acá por Templo Mayor supo a TLCAN –el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, ahora sustituido por el TMEC– que en 1993 derribó el invisible muro fronterizo y permitió el libre flujo de todo menos de gente, entre la mayor potencia y México.
Los que ganaron construyeron ciudades. Guanajuato, Querétaro, Monterrey y Chihuahua perdieron parte de su esencia y seguridad, cedidas a cambio de torres corporativas y filas de autos BMW.
México también se convirtió en otra suerte de potencia. Transformó su economía rural y petrolera sujeta al triste relajo de los precios del crudo, en una quizás mediocre, pero más estable actividad, recargada en fábricas de cosas que compran principalmente los vecinos.
El mayor banco estadounidense, JP Morgan, hoy reconoce a México como el proveedor número uno de ese país en al menos 10 categorías: partes para vehículos; aparatos eléctricos; equipo médico; camiones y autobuses; accesorios para generadores; partes para motor; televisiones o pantallas y sus partes, textiles y máquinas de coser, embarcaciones comerciales y instrumentos de medición.
Hace poco visité una fábrica de electrónicos en Yucatán, entre otras cosas hacen justamente partes para “medidores de luz”. La mayoría de quienes ahí trabajan son mujeres.
La empresa se llama Falco Electronics y tanto los dueños, como quienes ahí dan forma a las cosas, parecen pedir que siga la fiesta. Ya ampliaron el negocio.
El crecimiento fue necesario porque ahora entre sus clientes está Tesla, de Elon Musk.
¿Pinta bien, pero es eso a lo que debe dedicarse México en el futuro? El momento se antoja para más, incluso para Falco.
JP Morgan insiste en que México ahora debería hacer semiconductores, esos chips que están escasos desde que inició la pandemia y cuyas plantas de fabricación requieren inversiones unitarias de 10 mil millones de dólares.
Intel ya tiene en el país talento trabajando en la parte intangible de esa manufactura.
Pero el mundo convoca a crear soluciones para un montón de problemas: epidemias, escasez de agua, contaminación del aire y del mar, educación para todos… resolver todo eso demanda servicios que alguien proveerá a un alto precio. ¿Para qué somos buenos, Gorbachov?
Tres periodistas mexicanos tuvieron la oportunidad de preguntarle en 1993 qué debían hacer los países con la economía. La entrevista fue archivada por el medio Este País (https://bit.ly/3CDU0Hg), va un fragmento:
“La opción para el siglo XXI no es la alternativa entre el capitalismo y el socialismo. No. (...) (Es) La afirmación del hombre libre, como un valor superior, supremo, con sus derechos y libertades, con la libertad económica, política, religiosa y, finalmente, la conjugación de todo aquello que estimula la producción, refuerza la motivación para una mejor producción. Y, por otro lado, la presencia del papel social del propio Estado que no deje a estas ideas liberales de la eficacia, realizarse a costa del menosprecio del bienestar social del pueblo. Se requiere una armonía (...) Cada pueblo va a tener su variante y no necesitamos un solo esquema”, respondió aquella vez a la pregunta del periodista René Delgado.