Política de duelo
Uno de los mayores errores que podría cometer un país con los saldos de la pandemia que tiene México es suponer que se repondrá de ellos con los códigos políticos que recibieron a la enfermedad. A todos los problemas del país es imprescindible agregarle el componente sanitario. La inmensa cantidad de personas que han perdido sus ingresos y las miles de familias a las que la muerte sigue reduciendo, no admiten la dicotomía que habitamos desde hace tiempo. La posibilidad de no recuperar a corto plazo los empleos puede ser más preocupante que su pérdida.
La contención de los daños que está dejando la enfermedad solo puede ser política, solo que sin el entendimiento compartido de sus códigos nos refugiamos en la imposibilidad. Se puede gritar, mentir, calificar e ignorar con orgullo alrededor de la política, pero eso no se traduce en hacer política. Frente a la crisis, la estridencia cautivará pero tampoco será política. Es el analfabetismo político que confunde la capacidad de argumentar con la facilidad para recitar adjetivos.
En nuestro entorno se han alimentado nociones de sectores irreconciliables; los ellos, los nosotros. Todos se creyeron ajenos. Muchos olvidaron que viven juntos y la única forma de dialogar —de hacer política— era evitar reducirse a la calificación vaporosa y provocar el pensamiento. En su lugar, nos poblamos de satisfechos con los aplausos de propios. La enfermedad exige mucho más.
En el entorno político mexicano se han inventado enemigos y muchos inventos aceptaron el papel.
En el país de la enfermedad no curan las voces que se regocijan al despreciar a otros; voces poniendo motes que no soportarían y para quienes el convencimiento es una ofensa. Promotores de la abyección para quienes la etiqueta importa más que sus significados.
Abrazar etiquetas tampoco es hacer política, es apenas enaltecer pasiones. La política es conducir esas pasiones para dialogar con quien se comparte el mismo piso y tragedia.
En el entorno actual, es improbable cualquier asomo de convivencia política, pero sin ella no lograremos contener el daño. En el México de la enfermedad, la convivencia política no puede seguir siendo vista como una derrota.
La identidad que debemos asumir es la de un país en duelo que reconoce la embestida de la pandemia.
El amor por las etiquetas que tienen el Presidente y sus incondicionales no debe redactarse por encima de las víctimas en hospitales, funerarias y filas de la desocupación. Su antagonismo menos elaborado tampoco puede seguir respondiendo con estructuras equivalentes. Los costos de la pandemia no permiten más lo rupestre.
Si se admite lo irreconciliable y habitamos nuestro divorcio, el camino es la parálisis. En la parálisis se puede gritar frente a las pantallas, insultar al que piensa distinto o burlarse desde la tribuna más grande del país, pero nada de eso será política.
El código mínimo es el respeto por las reglas de la democracia, la razón y la ciencia. Las reglas políticas se insultan al suponer que la democracia es defendible con un discurso antidemocrático y que la política o la ciencia son meras ruedas de prensa.
En la puerta del hospital no podemos institucionalizar el analfabetismo político.
@_Maruan