León sin melena
Con todo este cruce de declaraciones lo que ha quedado claro es que el leonesismo como sentimiento no conoce colores políticos, porque no es un partido político; a lo sumo es una creencia y querencia de lo que llamamos viejo reino y que en unos siglos determinados de su historia nada tuvieron que ver con el condado de Castilla hasta que la cola de ratón se hizo cabeza de León. Caramba, ya salió de nuevo el «palabro». Leoneses, salmantinos y zamoranos, lo quieran o no, guardan un tronco común de pertenencia en un momento dado de la amplia historia peninsular.
Enarbolar la bandera del regionalismo excluyente, bien desde el punto de vista leonés, bien desde el vallisoletano, es un error político de bulto. A este debate le tendríamos que añadir Burgos como capital de Castilla, al menos la histórica, ¿o no?
Cómo les gusta enredar a estos prebostes provinciales para tener a la parroquia entretenida y al lado. España hace cuarenta años decidió darse forma en comunidades autónomas para solucionar el reclamo de cuatro autonomías «históricas» por aquello de haber quedado a medio desarrollar en la Segunda República. Es decir, el famoso «café para todos» de la Transición zanjada mediante atajo la cuestión de la España plural.