Hernán Bravo, entre la pasión y la contradicción
. A lo largo de la lectura, los textos van evolucionando en complejidad hasta volverse una declaración sobre el estado de la literatura actual, al tiempo que el propio Bravo advierte que corre el riesgo de volverse una “grenetina sin sabor”.
“La idea al escribir estos textos era que se trazara una autobiografía velada del lector o del crítico. La primera parte es una descripción de la infancia y adolescencia de ese lector en ciernes que rinde tributo a sus maestros. Luego adquiere madurez y entra en contacto con otras latitudes y tradiciones. Por último, en la tercera parte la cosa se complica y el lector se asume como un espectador de otras artes y problematiza al respecto”, explica Bravo sobre su obra.
“No tiene que ver con que los poetas se vuelvan panfletarios, prosaicos o de realismo sucio, sino apelar realmente a la realidad que exige el mismo texto, no estar buscando una idea absolutamente abstracta, nimia e incluso pedorra de la belleza que está ahí nada más habitando en el topus uranus”, aclara.
Eso sí, Bravo exige rigor a la palabra escrita. Afirma que hay libros que, además de no interesar a los lectores, tampoco reflejan el cuidado suficiente por parte de aquellos que lo escriben. Apuesta por un crítica empapada por un punto de vista personal, que deseche la objetividad académica y defienda sus posturas y las subjetividades en donde éstas se originan.
El autor afirma que es así como se puede detonar la discusión sobre los temas que aborda y, además, poderse leer sin estar subordinada a las obras que analiza. “La gran crítica está llena de grandes pasajes que deberían ser literatura a secas y leerse con la misma pasión que una buena novela, libro de cuentos u obra de teatro. ¿Por qué alguien decide dedicarse a la crítica? Porque decide defender una idea de juicios de valor, de criterios muy personales. Un crítico es todo menos objetivo”.