La triste vida de Judy Garland, la estrella torturada de «El Mago de Oz»
Tenía 16 años, pero su Dorothy debía aparentar doce. Por entonces ya era adicta a las pastillas, que Metro Goldwyn Mayer le proporcionaba para no acusar el exigente rodaje: anfetaminas de día para aguantar despierta, barbitúricos de noche para descansar. La obligaron a utilizar ajustados corsés y gasas para disimular el pecho; sufrió acoso sexual durante el filme, donde su doble y entrenadora personal, Barbara Bobbie Koshay, la espiaba por orden del estudio. Vestida de azul y con sus cotizados chapines rojos, Garland sufrió el azote de Louis B. Mayer, que acentuó su inseguridad al llamarla «mi pequeña jorobada» durante el rodaje de la película, uno de los grandes logros del technicolor que cumple en agosto 80 años.
Por la película, la actriz ganó un Oscar especial, pero también infinidad de problemas. Su tendencia a engordar la sometió a una vigilancia constante por parte de productores y directivos de MGM, que le impusieron una estricta dieta a base de lechuga y líquidos que que acució su ansiedad e incrementó su adicción al tabaco, llegando a consumir ochenta cigarrillos al día.
«El Mago de Oz» encumbró a Judy Garland, de cuya muerte se cumple este sábado medio siglo, pero dibujó en su porvenir un legado de sombras. La actriz nunca se recuperó del todo de un tortuoso rodaje en el que otro ejecutivo la llamó «cerdo con coletas» y los Munchkins, esos enanos que poblaban el mundo ficticio del filme, se propasaron con ella.
Lo que había sido una productiva relación se rompió. Tras el éxito de la película, cuenta Víctor Matellano en «El Mago de Oz. Secretos más allá del arcoíris» (Lumière Pigmalión, 2019) que la MGM despidió de varios proyectos a Garland por no presentarse a los rodajes, cuestión que derivó en ataques de ansiedad e intentos de suicidio. Siempre bajo el foco mediático, sin la protección de una madre cómplice de esos excesos que marcaron la fragilidad y baja autoestima de su hija, Garland creció comparándose con otras estrellas y, como muchas de ellas, sufrió anorexia y problemas psicológicos y se entregó al alcohol.
También sufrió los altibajos de varias relaciones, acumulando cinco matrimonios, uno por cada década desde 1941. Aunque no fue el último, el más conocido siempre fue el que mantuvo con el director de cine y padre de los musicales modernos Vincente Minelli, con quien tuvo una hija, la también actriz y cantante Liza Minelli.
Después de quince años, MGM la liberó de un prolífico contrato en el que figuran más de veinte títulos. La intérprete, que tuvo en su día un grupo de vodevil junto a sus hermanas, volvió al cine en 1954 con «Ha nacido una estrella», pero no logró en esta ocasión el Oscar al que estaba nominada. Tampoco lo hizo en 1961, cuando la candidatura que le valió su papel en «¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) se quedó en eso, una candidatura. Al final, en las vitrinas de la octava mejor estrella femenina de la historia del cine, según el American Film Institute, brilla solo una estatuilla, el Premio Juvenil de la Academia (por «Babes in Arms» y «El Mago de Oz») que consiguió en 1940.
Como el «Over the rainbow», Judy Garland siguió cantando toda su vida la «canción triste».