El extraño y sorprendente origen de la nostalgia
Aquel texto llevaba por título «Dissertatio medica de nostalgia oder Heimweh». Era la primera vez que apaercía aquel término de composición griega: «nóstos» hacía referencia al regreso; «álgos» al dolor. Este joven aspirante a doctor la utilizó para referise a una enfermedad o una tristeza provocada por el desarraigo de la patria. La anécdota la cuenta el filósofo Diego S. Garrocho en «Sobre la nostalgia» (Alianza), su nuevo libro.
«Con el paso del tiempo, el extraordinario éxito del neologismo sirvió para imprimir una nueva legitimidad a la nostalgia. La que originariamente fuera una enfermedad de la memoria de los soldados, comenzó a cobrar una cierta dignidad y llegó a gozar, incluso, de cierto prestigio», explica en el ensayo.
De hecho, en 1787 William Falconer llegó a asociar la nostalgia con la calidad de un país. Él sostenía que era propia de los suizos, que gozaban de un gobierno «moderado, libre y feliz» «Según Falconer, para poder añorar la patria hacía falta que se dieran unas condiciones mínimas de buen gobierno en la nación de origen», recuerda Garrocho en su libro.
Y más tarde, el 29 de agosto de 1806, C. Castelnau señaló en La Escuela de Medicina de Patrís que la nostalgia era una enfermedad de hombres honestos y sensibles.
Sin embargo, Garrocho insiste en sus páginas que el término llegó tarde, pero la sensación ya estaba en los albores de la cultura europea: en la «Odisea» o, también, en Platón, que fundó su filosofía sobre un profundo sentimiento de añoranza de un mundo perfecto del que los hombres habíamos sido arrancados para habitar nuestros cuerpos en esta realidad imperfecta.